A disfrutarla.
El amor en tiempos de encierro
Por Orlando Barone
Me atraen las historias de amor. Me atrae la historia de Berta André y
Rodolfo Barreda. Una maestra y un presidiario. Me atrae que sean dos
amantes mayores que ataron sus vidas estando él en la cárcel y
mientras ella visitaba a otro convicto. El amor es extraordinario. Y
si no es amor y es una mutua creencia, es más extraordinario todavía.
Porque creer que se cree es un estadio superior que sublima la
creencia. Es lo que nos pasa: seguimos haciendo proyectos como si no
nos pudiéramos morir ahora. Aunque sabemos que se puede. Suponiendo
que ambos fueran longevos y vivieran noventa años, les quedarían menos
de veinte para estar juntos. Si es que él se va a casa y el amor no
cesa. Y si él no la degüella y ella no lo envenena.
Una historia de amor en la senectud y entre perdedores, como en una
novela de Cheever o Denevi, es como ver brotar algo vivo inesperado de
una maceta yerma. A la gente buena le cae mal que quien mató ame. O
que lo amen. No hay peor verdugo que el público. El público no juzga:
condena. Y también torturaría, si lo dejaran. En los lugares más
próximos al antiguo cadalso donde iba a rodar la cabeza se apiñaban
los vecinos más notables. Había que verlos rezar mientras veían a sus
pies la cabeza chorreando. Se santiguaban sin sacar los ojos de la
sangre.
Por suerte están los prudentes comunicadores sociales. Los más
exitosos se especializan en conjeturas capciosas que orientan a su
audiencia: ¿Se portará bien el asesino? ¿O saldrá una noche a
despanzurrar al voleo por el barrio?
Bastaría verle esa mirada presuntamente torva para darse cuenta del
riesgo que él conllevaría fuera de la cárcel. Sin el prejuicio, esa
mirada podría ser la de un abuelo cualquiera. Pero esto no cuaja. La
historia exige malevolencia. El temor de los buenos vecinos de que el
desalmado que asesinó a la familia viva entre ellos se aviva. A nadie
se le ocurre que los buenos vecinos serán buenos hasta tanto no lo
sean. Nadie sabe de quiénes está rodeado y menos qué demonios cargan
adentro sin saberlo. Hasta que en la casa de enfrente se descubren
corazones de niños en el freezer. Cómo imaginárselo: si el señor
cuando salía con el perro nos saludaba y le acariciaba el flequillo al
nene. Al menos, Barreda ya produjo su catarsis y es más fácil que no
la repita. Para qué, si ya se dio el gusto. Otros todavía esperan
poder darse el gusto algún día.
Me atrae esta historia de amor. Ya sé, mañana podría ser de desamor.
Porque ese es el destino del amor. Los que duran son los pequeños. O
los que no son amor. Pero este encuentro de una mujer y un hombre en
un intersticio de la vida, es otra de las formas del amor que resiste.
Ambos podrían ser los protagonistas de una novela. Y esta podría
empezar con el encuentro de la pareja ya en casa. Imaginar que se
besan o no se besan. Con pasión o ternura. Depende. Acaso permanezcan
un rato mirándose en silencio. Afuera hay tantos que hablan y que
cobran por hacerlo, que hacer silencio es depurarse. Ella llora y él
acerca su mano para secarle las lágrimas. Están solos. La televisión
descreída tiene las cámaras al acecho en la puerta.
La televisión sólo cree en ella, no en lo que registra. Lo que
registra -cosas o gente- es mercadería. Apenas ella, él, o los dos se
asomen a la ventana, los escrachan.
¿Cómo fue la primera vez, Berta? ¿Barreda es romántico o ronca? En sus
casas el público consume lo que derrama la pantalla. Y estarán los
psiquiatras. Y los criminólogos. Que sus respectivos colegios los
absuelvan. Y los moralistas del vecindario, que no se resignarán a
aceptar la intrusión de un ex convicto. Bastante ya se aguantan a un
travesti, a un tipo tatuado en todo el cuerpo, y a una dominicana
indocumentada que sólo sale de noche. Pero no a un asesino.
La familia es sagrada. La novela sigue. El final sería abierto. Porque
lo más difícil para la pareja no será construirse, sino no ser
destruida por nosotros. Esta jauría insaciable a la que los medios
nunca alimentan lo suficiente.
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