Honoris Causa y en ese acto ( que será a las 1830 en el Salón de
Grados de la UNC) dictará la conferencia "El ojo de la aguja". Linda
posibilidad para escuchar a esta escritora y militante de la palabra y
un orgullo que nuestra Universidad también destaque han quienes se han
formado en sus aulas y también han enseñado en ellas.
Mañana a las 18 también Laura presentará el libro La construcción del
camino del lector de Editorial Comunicarte. Otra oportunidad para ver
a la escritora y, porque no, comprar este libro que nos cuenta la
experiencia de escritora, difusora y especialista en invitar a los
demás al placer de la lectura.
Por eso dedicamos este espacio a recomendar estas dos actividades que
hacen a la disfusión del placer de la lectura y la escritura. Un
placer que debería ser una tarea importante para todos ya que en la
lectura y en la disfusión de la literatura se juega una parte
importante de nuestro presente. Ya que son esos libros escritos por
Laura y tanta gente capaz los que nos permitiran crecer como personas,
como comunidad y como país.
Por eso nos enorgullece que la Universidad distinga a alguien que ha
dedicado su vida a esta actividad y que La incansable Karina
Fraccarolli que es decir COMUNICARTE nos permite tener ese texto donde
se resume esta celebración de la palabra.
Gracias a ellos y fundamentalmente a Laura que marcó la senda para muchos.
Para quienes no la conozcan comparto con uds su autobiografía. Buen
miércoles y a apoyar estas dos actividades por que asisitiendo a estos
eventos conjuramos la mediocridad reinante y la ignorancia que desde
tantos lugares nos imponen.
Autobiografía
Seguramente, mientras yo nacía un 5 de octubre de 1936, mi mamá
trabajaba atendiendo el notorio arribo y a la vez pensaba si mi abuela
podría darse vuelta sola en la casa con tanto trajín. Seguramente
lloraba al verme así, toda recién nacida y tan gritona y pensaba en mi
nombre, mientras también pensaba en el almuerzo de mi papá.
Mientras escribo esto y tomo un mate con peperina y espero que vengan
a retirar un paquete de una editorial y en el horno se dora una
calabaza cortada en rodajas, a la manera de mi abuela, quiero
compartir los mientras. Porque para mucha gente son una forma de vida,
sobre todo si se es mujer, se trabaja con chicos y a una se le da por
ser artista.
Mi vida tuvo, entre otras, dos facetas bien marcadas: la de laburante
y la de artista. Muchos creen que quien anda escribiendo, pintando o
cantando, muy laburante no es, porque el de artista no es trabajo. A
veces se dio la buena y una pudo hacer un poco de televisión, teatro y
libros. Otras veces, las más, fue el momento de los mientras, Mientras
soy docente, cuido de la famlia, hago notas periodísticas o talleres,
puedo también ser artista.
Me recibí de maestra con guardapolvos de tablas impecables y buenas
notas. En 1956 fui a trabajar a un pueblo del norte de Santa Fe. Tenía
un segundo grado con 56 alumnos que oscilaban entre los siete y los
diecisiete años. Daba clases, según el día, en la sala de música, en
ritmo de Febo asoma, o en una iglesia vieja que se había convertido en
palomar. Y las palomas eran comilonas. Y nosotros estábamos abajo.
En esa época escribía lo que me saliera en papelitos sueltos o en un
cuaderno de tapas duras que después se me perdió. Los papelitos jamás
se pierden. Estudiaba Letras en Córdoba, así que viajaba casi
veinticuatro horas para rendir. Eso no le gustaba nada al director.
Mis alumnos trabajaban casi todos en la cosecha del algodón y de la
caña. Y nosotros teníamos la obligación de darles deberes. Un día reté
a un gordito de rulos por no cumplir. Yo los perseguía, porque una
maestra de verdad tenía que ser severa, qué tanto. Pero el gordito me
dijo: ¡Qué deberes! Yo trabajo en el campo. A la escuela hay que venir
a descansar.
Entonces inauguré los cuentos. Pero no podía usar la biblioteca porque
el dire decía que los libros se gastaban. Llevé mis libritos de
infancia, muchos, queridos, ajados. También les pedí a los chicos que
contaran los cuentos que sabían. Y ese contar fue glorioso porque
salieron el lobizón, el zorro, el Pombero, ánimas, asesinatos varios,
adulterios en la familia, canciones de Italia, refranes, oraciones.
Nuestro pizarrón era la tierra del patio o la arena. Aprendí mucho. El
guardapolvo planchado se me fue derritiendo con el viento norte y
algunas lágrimas. A los chicos les dejé mis libros de infancia.
Me fui a Córdoba a terminar los estudios. Allí vinieron amigos,
amores, hijos, profesión. Movidas y ricas épocas de final de los 50,
60 y 70 durante los que la vida de artista se encontró a veces con la
del trabajo, y dar clases en la universidad significó para mí poder
montar una obra de teatro.
Pero el panorama político venía complicado. En los 70 actuaban las
Tres A y ya había personas muertas y desaparecidas. En 1976 llegó el
golpe militar con más desapariciones de personas, quemas y
prohibiciones de libros y manifestaciones artísticas, gente que se
exiliaba. Con mi familia nos trasladamos a Buenos Aires.
Cada lugar en que viví me dio lo mejor que tenía, se metió en mis
libros sin permiso. También están las marcas de la historia en todos
los que escribimos durante esas épocas, aunque no se hayan mencionado
siquiera las palabras proceso militar. Quizás alguien debiera
investigarlo alguna vez.
Hoy trabajo desde cada lugar para que todos podamos leer más cuentos,
novelas y poemas, es decir ficción y poesía, porque estoy convencida
de que esta práctica agiliza otras formas de conocer y de pensar. En
la ficción y en la poesía hay, además de ideas, nociones, sensaciones,
emociones, que pueden llevarnos a leer y sentir la realidad de otra
manera. A veces, a ver lo que no vemos y sin embargo está ahí.
Laura Devetach
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