esta repetición que tiene que ser recibida con bombos y platillos ya
que Tumberos modificó en muchos aspectos la manera de contar en
televisión.
Uno de los primeros diálogos fecundos entre el cine y la televisión en
donde realizadores cinematográficos pueden demostrar de lo que son
capaces cuando dirigen una serie de televisión. Y que esos mundos no
deben estar enfrentados sino mantener un diálogo fecundo.
En el mundo esto ya es moneda corriente y no soprende a nadie. Este
fue un experiemento alimentado por Tinelli ( sí el mismo del caño y
del festival del gato!!! aunque cueste creerlo) y le dió muy buenos
frutos.
No se equivocó en convocar a un gran director de cine que, hoy por
hoy, es uno de los mejores que tenemos en el país. Me refiero al gran
Israel Adrián Caetano que en su haber tiene la fundacional Pizza,
Birra y faso, la increíble y sincera Bolivia, un western de aquellos
ambientado en las calles de la provincia de Buenos Aires y que deja
sin aliento como lo es Un oso rojo y la imprescindible Crónica de una
fuga donde visita y resignifica los duros años 70.
Un gran director para contar una historia de violencia, encierro,
traiciones y odios que se dan adentro y afuera. De este lado de la
rejas y del otro. Un director que nos muestra desde las imágenes que
filma una manera de ser y que nos describe como sociedad.
Un elenco de aquellos donde Carlos Belloso y Germán Palacios son las
cabezas visibles donde todos brillan.
Cada capítulo de los 11 que tiene la serie es una joya dado que todos
los elementos se conjugan para contarnos una historia como se debe.
Una serie que será dificil de olvidar y que, a esta altura, ya es un
clásico y forma parte de la historia de la televisión. Y para
demostrar que nuestra televisión es de calidad.
Para aquellos que cuando se emitió la serie original eran muy chicos y
no podían acceder a verla esta es una excelente opción.
Y aquellos que se dediquen a estudiar cine, televisión y cuestiones
ligadas a estas áreas esta oportunidad debe ser tomada como un curso
intensivo de guión, dirección y puesta en escena. Algo que los
centros educativos dedicados a eso no hacen ni recomiendan ver este
tipo de series.
Comparto con los lectores dos entrevistas a Caetano ya que me parece
muy importante escuchar a uno de los grandes directores de cine
argentino de la actualidad además de conocer los entretelones de la
manera de producir y filmar en la Argentina.
Imperdibles las dos entrevistas.
Buena siesta, mejor tarde y esta noche a las 22:30 cuando empiecen a
escuchar cumbia sepan que Tumberos inicia de la mejor manera.
Ultimo consejo: no se pierdan los títulos de cada capítulo ya que en
cada entrega cambian y y son un placer que también se disfruta.
Tanto en cine como en la TV, Caetano logró, a pesar de las presiones
externas, imprimir su propio sello. Pero, a la vista del auge de lo
carcelario y lo marginal en TV, admite que "me da cosa que alguien
piense que soy el precursor de un género que hoy pone en pantalla
Policías en acción".
Por Javier Rombouts
"Tumberos trató de ser una metáfora de la historia argentina. Mucha
gente se quedó con la marginalidad en las cárceles, cuando eso era
lateral."Si la cámara lo tomara ahora, en el momento en que Israel
Adrián Caetano camina hacia la entrevista, antes de que salude y diga
disculpen por la demora, si en este preciso instante la cámara lo
siguiera por este mediodía soleado de Devoto, tanto el andar como la
figura de Israel Adrián Caetano aprobarían sin duda un casting para
personaje –principal, secundario, eso se verá después– de una futura
película de Adrián Caetano. Futbolero a morir, hincha de Peñarol e
Independiente –"en ese orden"–, el director de Pizza, birra, faso, Un
oso rojo, Bolivia, Tumberos y Crónica de una fuga, entre otras, es,
desde lo estético, lo menos parecido a un director de cine que se
puede encontrar en la Argentina. Pero basta que comience a hablar para
que la pantalla se encienda y aparezcan los títulos.
"El cine es al arte lo que el golf es al deporte. Tenés que tener
plata. Yo nunca estudié, me metí en el cine sin pedir permiso. Mi
única formación fue haber visto mucho cine. Y de chico me nutrí de
eso. En mi pasión por los géneros están todas esas películas que vi de
chico y algunas obsesiones personales. Creo que me interesa tanto mi
oficio porque tengo una forma muy lúdica de tomarme todo. La vida es
un juego, donde tenés que jugar y el riesgo es que pierdas y ya",
afirma.
–¿Y el éxito qué papel juega en este esquema de vida lúdica?
–Tener éxito es importante. Pero eso tiene que ver con las ambiciones
de cada uno. El éxito no es lo mismo para todos. Tiene que ver con las
metas que uno se impone. Y también con la inteligencia para saber
dónde estás parado para pedir más o pedir menos. La verdad, nunca en
mi vida creí que iba a dirigir cine. De hecho, hasta Crónica de una
fuga tenía cierta sensación de asignatura pendiente y rendía exámenes
frente a mí mismo en cada película.
–¿Todavía en Crónica...?
–Sí, todavía ahí. No creo que sea mucho haber dirigido cuatro películas.
–¿Tampoco en el cine argentino?
–Bueno, en el cine argentino es bastante. Pero hasta ahí rendía
exámenes. Después creo que aprendí a soltarme, a preocuparme menos por
cómo le va a la película o qué dicen las críticas. Lo que hago es
tratar, en la medida en que puedo, de ser honesto a la hora de hacer
una película. Honesto desde el trabajo, algo que en este país no se
respeta mucho. A mí me parece que eso hacían tipos como Torre Nilsson,
Lucas Demare, Daniel Tinayre y Leonardo Favio. Eran tipos de trabajo,
de oficio. Me siento muy identificado con ellos porque entraron al
cine sin pedir permiso, sin estudiar. Y a la vez teniendo la mejor
escuela, que es el trabajo. Después, es cierto, uno mira el trabajo de
los directores por la postura que tienen frente al cine, pero termina
juzgando sus películas.
–¿Cómo cree que lo juzgarán a usted por haber iniciado con Tumberos el
culto a lo carcelario en la televisión argentina?
–Es que en la televisión todo se recicla. La verdad, me da cosa que
alguien piense que soy el precursor de un género que hoy pone en
pantalla Policías en acción. Y bueno, de a ratos acepto ese lugar y de
a ratos es como que me parece que no tengo nada que ver con las cosas
que pasaron después de Tumberos. Lo que pasa es que cuando algo
funciona, todos salen a imitarlo. No hay un debate. Pero pasan cosas
raras: después de Pizza, birra, faso, también se empezó a hacer un
culto de lo marginal. Y sin embargo, esa película no fue un éxito. Fue
más renombrada que otra cosa. Metió sólo 120 mil espectadores.
–¿Le parece que Pizza, birra, faso no tuvo éxito?
–Tuvo un poco. Es como un equipo chico que sale segundo en el campeonato.
–¿Nada más?
–Bueno, como un equipo chico que sale segundo en la Libertadores.
A los quince años, Caetano soñaba con jugar en la primera de
Liverpool, el equipo uruguayo de fútbol. Era arquero y, si no se le
hubieran roto los ligamentos, hoy el cine tendría un director menos y
Uruguay un jugador –seguramente a este altura ex jugador– más. "Si no
me rompía, el fútbol no lo largaba ni loco", dice mientras trata de
contener los embates de su perro, que lleva el justificado nombre de
Animal, sigue cebando mate y contesta la siguiente pregunta, retomando
el tema de su primer largometraje. Alguien que las ataja todas.
"Cuando digo que no fue un éxito Pizza, birra, faso también quería
decir que no todo fue fácil. En esa época los críticos morían por
Subiela y Pino Solanas. Me acuerdo de Quintín hablando maravillas de
Subiela en los primeros números de El amante. Después le cayeron con
todo, lo hicieron percha. Pero eso es lo que pasa: endiosan algo y
después lo destruyen. Y también tenés a los directores que hacen
rancho, montan su kiosquito y dejan de asumir riesgos, perdiendo el
poder lúdico. El otro día leí que Mel Brooks quebró su productora a
fondo. Al punto que está haciendo algunas pequeñas producciones de
teatro para remontar. Bueno, ese tipo va a pleno. Acá los progres
tienen la plata en los bancos de Uruguay y de los Estados Unidos. Creo
que si sumo la cantidad de espectadores de todas mis películas, no le
llego a los talones a Nueve reinas. Pero ése es el cine como
industria. Después, en lo que se refiere a mí yo estoy enamorado de
todas mis películas. Y creo que sigo asumiendo riesgos. Para mí la
satisfacción no pasa por la cantidad de espectadores o por lo que diga
tal o cual crítico de mi trabajo", asegura.
–¿Y por dónde pasa la satisfacción?
–Por lo personal. Yo todavía me rehúso a currar con el cine. Y no
faltaron productores que me pidieron que facturara diez veces más mis
honorarios para quedarse con la plata. Bolivia estuvo parada por un
productor fantasma que quería inflar el presupuesto de 250 mil dólares
a un palo verde. Para mí lo satisfactorio es poder vivir del cine y no
robar. Porque el cine mueve mucha plata y si vos afanás, es como la
falopa, no podés parar. Y después, que a la gente que ve la película
le guste.
–¿Hasta dónde el público es una variable?
–En un cine como el nuestro es difícil. Porque muchas veces depende de
cómo se lance la película. Para mí Un oso rojo fue mal lanzada, y
después estuvo primera y segunda mucho tiempo en los videoclubes. Lo
mismo pasó con Crónica de una fuga: se estrenó en 25 salas cuando
tendría que haberse estrenado en 40. Superó las expectativas y la
gente se quedó sin verla. Yo presencié cómo un tipo iba y pedía una
entrada para Crónica... y como estaban agotadas las localidades
terminó viendo, no sé, Chatrán. Y la gente no te da una segunda
chance.
–¿Por qué pasa eso?
–Porque los productores no terminan de confiar y cuando las cosas van
bien, ya es tarde.
–¿Cree que está adentro del cine argentino o se ve como un tipo que
está disparando desde afuera?
–Al principio me sentía un francotirador. Pero fundamentalmente por el
lugar en el que me movía. Ahora, en cambio, me siento muy director. Me
parece que tengo la autoridad como para hablar de cine y el talento
para laburar haciendo películas. Es parte de una cuestión de
autoestima. Yo suelo tenerla baja y cuando subo, no paro. Para afuera,
algunos creen que soy macanudo y otros un creído de mierda. Pero, en
verdad, se trata de dónde estaba mi autoestima el día en que me
conocieron. Igual siempre están los que ven todo negro incluso cuando
soy macanudo. Son los que decían que me había vendido a la televisión,
que era un careta, cuando arranqué con Tumberos.
–¿Y usted cree que se vendió a la televisión?
–No, de ninguna manera. Es cierto que uno en este sistema nace con una
lata en la cabeza. Todos nos estamos vendiendo. Todos trabajamos acá.
–Entonces, ¿cree que traicionó al director aceptando dirigir en televisión?
–No, en Tumberos hice lo que quise. Tuve una libertad que supe usar y
de la que me sentí dueño. Además, tuve la impunidad del éxito.
–¿Se puede hacer lo que se quiere en una productora privada?
–Sí, yo con Tumberos terminé con capítulos absolutamente políticos,
donde tocaba temas como la guerrilla, la revolución y de fondo ponía
canciones de Daniel Viglietti. Creo que en el último capítulo Tinelli
me llamó y pidió que controláramos un poco lo que estábamos poniendo
en el aire, porque lo habían llamado por teléfono comentándole algunas
cosas que le parecían demasiado fuertes. Lo que pasa es que Tinelli no
veía Tumberos y si lo veía no lo entendía. De hecho, mucha gente no la
entendió. Se quedaron con la cuestión de la marginalidad en las
cárceles, cuando eso era lateral. Tumberos trató de ser una metáfora
de la historia argentina.
–¿El llamado fue para decirle que no pusiera algo en especial en la tira?
–No. A Tinelli no lo apretaron. Al que apretaron fue a mí. Me acuerdo
de que estábamos en un parate de la filmación y cayó una especie de
junta militar, unos ocho tipos vestidos de milicos, y uno preguntó
quién era el director. Cuando me presenté el tipo me empezó a decir
que tuviera cuidado con lo que mostraba, me dijo que le parecía
tránsfuga el tratamiento, que la gente tenía la cabeza chiquita y se
creía cualquier cosa. Yo le dije que sí a todo. La verdad, no iba a
confrontar. Pero fue un aprete clarísimo.
–Sin embargo, a la hora de hacer Disputas la relación con Ideas del
Sur no fue tan sencilla.
–Pasa que cuando tu carreta anda bien, todos se quieren subir, Y esa
manera de subirse es metiéndose. Yo había pensado en una serie volcada
por completo a la comedia, y mis referencias eran los uruguayos de
Telecataplum, Matrimonios y algo más, Moria, Olmedo. Pero los otros
pensaban algo distinto. Sebastián Ortega quería hacer una cosa muy
oscura con las putas drogándose todo el tiempo. Y Tinelli quería hacer
una comedia costumbrista. A esa altura eso era realmente un puterío.
Entonces, aproveché e hice lo que quise. Y ahí me cortaron las
piernas, como diría el Diego. Me rebotaron los dos primeros capítulos
y frené el rodaje porque me estaban internando pidiéndome todos cosas
distintas.
–¿Qué hizo cuando le rebotaron los dos primeros capítulos?
–Presenté la renuncia. Y no me la quisieron aceptar. Para mí el primer
capítulo quedó bien pero el dos y el tres son definitivamente una
porquería. Y los guiones cada vez se ponían más ordinarios.
–¿Cómo hacía para seguir poniéndole su nombre si le parecía una porquería?
–Tenía un contrato, estaba abrochado. El director no tiene el corte
final en la televisión. Igual, después era tal el caos que me
volvieron a dar rienda suelta. Pero era una serie que había empezado
mancada y quedó renga.
–¿Cómo se maneja con un productor que no entiende de cine pero tiene
el dinero para financiarlo?
–Primero, creo que hacer dinero es definitivamente un talento. La otra
vez estaba viendo un partido con mi hermano, era un domingo a la tarde
y los dos estábamos tirados en el sillón, tomando mate. Y yo
preguntaba en voz alta, cómo hace esa gente para producir y hacer cada
día más plata. Y mi viejo, que pasaba por ahí, me dice: "Por lo
pronto, un domingo no está tirado en el sillón mirando el partido y
tomando mate".
–Está bien, ¿pero cómo se pone de acuerdo?
–Discutiendo. Porque ojo, se puede discutir con ellos. Yo me saco el
sombrero frente a Ortega y Tinelli, soy un tipo muy agradecido del
laburo que me dieron. Lo otro que cuento son anécdotas, situaciones
propias del trabajo.
–¿Con los productores de cine es más fácil?
–No, es lo mismo. Pero la verdad siempre tuve buena onda. Pero la
película que más quiero es Bolivia, porque la produje yo e hice lo que
quise.
–¿Está bueno eso de tener tanta libertad a la hora de hacer una
película? ¿No hay que tener una gran capacidad de autocrítica para no
terminar perdonándose la vida en cada toma?
–Es una responsabilidad muy grande. Y uno debe ser en extremo
perfeccionista. En mi caso, que lo soy naturalmente, suele acarrearme
más de una frustración. Pero la libertad es algo dificilísimo de
manejar. De hecho, la mayoría de la gente prefiere vivir "en cana".
Esa relación paternalista que tienen con los políticos o con su empleo
o con el que le dice lo que tiene que hacer.
Entrevista: Adrián Caetano
"El mundo está patas para arriba"
El talentoso director de Un oso rojo -entre otras películas ásperas,
emotivas y personales- cree que "el mundo está patas para arriba",
regido por la obligatoriedad del éxito. Dentro de ese panorama, elige
"meterse en problemas" y defender su libertad para hacer cine antes
que acatar las recetas tiránicas de la industria.
Al mundo hay que darlo vuelta. El cineasta Adrián Caetano repite esa
idea una y otra vez, desde un bar de una esquina del barrio porteño de
Devoto, cerca de su casa. Le indigna y le duele el actual estado de
las cosas y eso transmiten también las películas que dirigió: Pizza,
birra, faso (junto a Bruno Stagnaro), Bolivia y Un oso rojo. En la
charla, Caetano salta de las fallas de la tele a las del sistema
capitalista porque está convencido de que hay que dar vuelta todo,
incluso lo que él mismo lleva aprendido. "¿Estuve muy disperso?",
pregunta antes de terminar esta entrevista en la que queda
inevitablemente claro que todo tiene que ver con todo.
-¿La realidad es tan hostil como lo reflejan tus películas?
-Creo que el mundo está patas para arriba. Están subvertidos los
valores: los niños molestan, los viejos también, el más débil pierde,
el más fuerte gana ... La gente de dinero cree que tiene dinero porque
se lo merece cuando, en realidad, tiene dinero porque hay un sistema
que permite que algunos tengan mucho y otros no tengan nada, y por
azar son ricos como por azar podrían haber sido pobres. Me parece que
ese tipo de pensamiento es un poco pernicioso. "Yo lo que tengo me lo
gané", dicen muchas veces. Sí, se lo ganó porque hay alguien que
plantea el mundo en esos términos; ahora si la norma no fuera ganar o
perder, no sé qué sería de ellos... De todas formas, yo sigo teniendo
esperanzas de que las cosas se enderecen; de lo contrario no estaría
vivo, ni haría lo que trato de hacer.Tengo tres hijos y trato de jugar
con ellos y de encontrarle el lado divertido a la vida, pero sé que
estoy en un lugar privilegiado que me permite hacerlas. Para mí las
cosas no están bien, sería una falacia decirte algo distinto. Para mí
el mundo está patas para arriba. Por eso, cuando puedo, trato de
meterme en problemas...
-¿Qué significa meterte en problemas?
-Me molestan el doble discurso, la injusticia, así que trato de
meterme en problemas cuando puedo, cuando mi conciencia de clase media
me lo permite y si mi cordura no me ata demasiado... Prefiero pasar
por loco y no por un cuerdo imbécil; prefiero pasar por indomable y no
por obediente.Trato de hacer las cosas como se deben hacer y eso es
meterse en problemas, porque todos los que dicen estar patas para
abajo me dicen que yo estoy patas para arriba. Claro que también hay
otra gente que trata de hacer las cosas bien, de decir lo que siente.
Yo trato de traicionarme todo el tiempo porque me parece que es una
búsqueda, que quizás conduzca a algún lugar interesante o tal vez a
ninguna parte.
-¿Así pensás también el cine?
-Sí. Es decir, quizás más que buscar problemas, lo que trato es de que
esos problemas queden en evidencia porque me parece que, de lo
contrario, todo transcurre en una tibieza que se me vuelve
insoportable.Y eso se aplica tanto a una forma de trabajo como a una
forma de filmar. Si bien para mí el cine es un oficio con el que trato
de mantenerme económicamente, de modo que no siempre hago lo que me
gusta y cuando intento hacer lo que me gusta es cuando más problemas
tengo. Con los productores, básicamente. Si antes hablábamos de patas
para arriba, los productores son personas que viven con los pies en el
techo: creen que la gente los sigue porque son talentosos, por
ejemplo.
-¿Cómo es esa forma de trabajo? Yo, en cambio, apuesto a una forma de
trabajo consensuada. El director debe ocuparse de coordinar, de que
las piezas ensamblen, y eso no amerita tener que estar en todo. Trato
de trabajar con el talento de la gente. No soy un director de esos que
dicen todo lo que hay que hacer. Me parece que una película es un
hecho conjunto. Lo más lindo que tiene el cine es lo mismo que tiene
el fútbol: que no gana uno solo. Yo trato de no decir "mi película"
sino "nuestra película". Una película no tiene un solo dueño; esa es
una mala enseñanza de las escuelas de cine. He visto directores
maltratar actores y esas personas aceptar ese maltrato solo porque el
director era el director. No creo en las jerarquías ni en las
relaciones desiguales, pero este es un mundo donde las desigualdades
están cada vez más aceptadas, incluso por las propias víctimas del
sistema.
No vivimos en un mundo donde la justicia es igual para todos, donde
las remuneraciones son iguales para todos, donde el trato es
igualitario... Yo no soy el gerente de una fábrica que tiene que
controlar que todo esté bien. El actual sistema pone al director en el
lugar del rey y termina vistiendo la ropa del emperador: todo el mundo
te dice sí, sí, sí y vos te sentís desnudo. El asistente cree que
tiene que decirle al director que todo está bárbaro cuando lo que debe
avisar es si las cosas están mal.Yo necesito saberme apoyado, porque
uno se siente más seguro trabajando con un grupo de gente que sabe de
lo que estás hablando, que comparte tu filosofía.
-Trato de trabajar con el talento de la gente. No soy un director de
esos que dicen todo lo que hay que hacer. Me parece que una película
es un hecho conjunto. Lo más lindo que tiene el cine es lo mismo que
tiene el fútbol: que no gana uno solo. Yo trato de no decir "mi
película" sino "nuestra película". Una película no tiene un solo
dueño; esa es una mala enseñanza de las escuelas de cine. He visto
directores maltratar actores y esas personas aceptar ese maltrato solo
porque el director era el director. No creo en las jerarquías ni en
las relaciones desiguales, pero este es un mundo donde las
desigualdades están cada vez más aceptadas, incluso por las propias
víctimas del sistema. No vivimos en un mundo donde la justicia es
igual para todos, donde las remuneraciones son iguales para todos,
donde el trato es igualitario...Yo, en cambio, apuesto a una forma de
trabajo consensuada. El director debe ocuparse de coordinar, de que
las piezas ensamblen, y eso no amerita tener que estar en todo. Yo no
soy el gerente de una fábrica que tiene que controlar que todo esté
bien. El actual sistema pone al director en el lugar del rey y termina
vistiendo la ropa del emperador: todo el mundo te dice sí, sí, sí y
vos te sentís desnudo. El asistente cree que tiene que decirle al
director que todo está bárbaro cuando lo que debe avisar es si las
cosas están mal.Yo necesito saberme apoyado, porque uno se siente más
seguro trabajando con un grupo de gente que sabe de lo que estás
hablando, que comparte tu filosofía.
-¿Lograste implementar ese modo de trabajo?
-Y... lo hice y no lo hice; a veces pude y otras solamente iba, ponía
mi cámara y filmaba. A mi obra la respeto y la quiero, pero no estoy
feliz con todo lo que he hecho. Porque no me importan solo los
resultados, me importa más cómo se llegó a esos resultados. Con Un oso
rojo, por ejemplo, el sistema de filmación me resultaba totalmente
ajeno. Me metieron en una caja y me dijeron: "Acá se filma tantos
días, se filma de esta forma y así es como se hace cine".Yo dudo de
que sea la manera de hacer cine. De hecho, no creo que haya una
fórmula. Es como decir "así se juega al fútbol", "así se cría a un
hijo"... Me parece que cada uno tiene su forma.
-¿En cuál de tus trabajos sentís que esa filosofía se plasmó?
-Creo que en Bolivia y, sobre todo, en Tumberos, en la tele. Porque
allí tuve mucha libertad, contra lo que podría suponerse.Y creo que me
dieron esa libertad porque nadie suponía que iba a ser un éxito. Por
eso después no hubo más espacio para que eso ocurriera. Cuando se
presentó la oportunidad de tener otra experiencia televisiva, como
Disputas, ahí ya todo fue muy diferente: ya no había libertad porque
la idea era "vamos a repetir un éxito" y no "vamos a reinstalar una
filosofía de trabajo". Y en la tele son más los fracasos que los
éxitos. Prendo la televisión y veo siempre lo mismo y termino creyendo
que lo que pasó fue mejor, que es un pensamiento terrible.Toman una
fórmula y la exprimen hasta agotarla. Acá viven matando a la gallina
de los huevos de oro. Dicen: "Vamos a llamar a este actor, a este
actor y a este actor, que la fórmula no puede fallar". Y falla. Cada
tanto, quizás, aciertan y eso lo confunden con éxito. Porque hacen
siempre lo mismo, porque llenan huecos, porque emparchan. Lo mismo que
pasa en el mundo, por eso falla. Porque no se prevé, porque se
emparcha, porque se ata con alambre; no se trabaja en la renovación
del funcionamiento del sistema. Pero hace rato que esto no está
resultando ya, y el sistema no tiene respuestas para eso.
-¿Cuándo empezaste a pensar el mundo en imágenes?
-Creo que desde siempre. El primer corto lo hice con amigos, pero
encarado de manera muy profesional, había ya un sistema allí. Tenía 19
años y se llamaba Visite Carlos Paz. Grabamos seis horas y terminó
siendo un corto de 12 minutos. En esa época filmaba, filmaba, filmaba
porque no sabía qué quería filmar, pero sabía que quería filmar. Hasta
que empecé a darle forma. Me parece una fórmula válida de trabajar,
que ningún productor aceptaría. Lo filmé con una cámara de video
familiar y lo edité en mi casa.
-¿Sirven las escuelas de cine?
-Para aprender las cuestiones técnicas. Pero igual me parece gracioso
que te den un título de director o de realizador. Es como si pudieras
recibirte de madre.Te podés recibir de médico, de ingeniero, de
arquitecto, porque rendís exámenes. Pero qué examen rinde un director
de cine. Su película, ese es el examen. Lo que yo aprendí son
cuestiones técnicas y ciertas filosofías de tipos que me transmitían
cosas. Tomé de algunos, algunas cosas; de otros no aprendí nada, y de
otros aprendí lo que no tenía que hacer...
-¿En qué maestro reconoces la filosofía que vos tomaste?
-En Leonardo Favio. Aunque no lo conozco personalmente, para mí es un
mito. Es un tipo muy sensible, que sufre y que se emociona con sus
películas, pero este sistema es tan perverso que no produce a Favio.
Porque el sistema prefiere al obediente y no al artista, y eso es un
disparate porque así no se construye ninguna cultura. En cualquier
país sería el niño mimado, sería Tchaikovsky en Rusia, un tipo que no
pararía de filmar y al que el Estado no dejaría de financiar...
Cuentan que para Crónica de un niño solo, Favio vio a un chico y dijo
"es ese". Hoy un productor le diría: "Hagámosle un casting, veamos si
puede actuar", y con eso mata toda inspiración. Para mí, de Favio
debemos aprender. Lo que no hay son reglas para aprender, lo único es
la pasión por el cine. En otro sentido, reivindico a Juan José
Campanella; a mí sus películas me gustan, más allá de que no tenga
nada que ver con lo que hago yo. Me parece que es alguien que quiere
comunicar algo, que tiene un mensaje aunque uno pueda decir que es
naif. Es honesto y al público le interesa saber qué piensa él y ver
que tiene esperanza. Campanella posee ese gran talento: comunicarse
con la gente.
-¿Se puede educar al espectador?
-Más que educar, yo diría que hay que darle opciones nuevas al
espectador, un abanico para que pueda elegir. Hay que permitirle que
elija, para uno también aprender lo que quiere el espectador. Si tomás
la cartelera de Clarín ves que, al final, chiquitito, aparece alguna
opción de cine alternativo; las páginas del diario están llenas de
películas del mainstream1. Es eso lo que hay que subvertir.
-¿Y a los chicos?
-A los chicos habría que darles cámaras, ver qué filman, qué enfocan.
Tengo tres hijos chiquitos a los que les doy mi cámara de video a ver
qué filman, qué es lo que les gusta ver. Se divierten. Y eso es
básicamente lo que tiene que enseñar una escuela.Tiene que enseñar a
hacer, más que a ser. Porque las personas en general quieren ser
médicas, no quieren curar enfermos; quieren dirigir, no filmar
películas. Entonces están pensando dónde van a colgar el diploma de
médico antes de pensar a quién van a curar, o dónde van a ir los
títulos del director, antes de rodar.
-¿Qué ven tus hijos a través de la cámara?
-Son niños: buscan, buscan, buscan; se asombran, se divierten... Es
una búsqueda constante y la búsqueda es vertiginosa, pero es más que
productiva para una sociedad. Es una revolución constante, todo el
tiempo preguntarse, todo el tiempo renovarse, todo el tiempo aprender.
Judith Gociol
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