jueves, 14 de agosto de 2008

La película del año está en Córdoba: mirarla es una obligación

El cineclub municipal Hugo del Carril pone en calidad de estreno una
película que podemos decir desde ya es una de las perlas de este año
cinematográfico.

La Cuestión Humana

Una película compleja, no apta para todos ni para cualquier cabeza,
con uno de los mejores actores franceses de la actualidad (pronto lo
veremos descollar en La escafandra y la mariposa de de Julian
Schnabel) al frente de este relato donde intenta descubrir los
pliegues del lenguaje y la condición humana.

Cuanto de humano tenemos nosotros y en que nos hemos convertido hoy
por hoy. Y esa situación aberrante y tecnócrata tiene un origen
particular. La cuestión humana de Nicolas Klotz.
La deshumanización de nuestra condición es puesta en pantalla durante
dos horas y media en donde uno queda estupefacto con lo que la
película nos plantea.

Sin lugar a dudas una película sin concesiones, adulta que nos
devuelve una imagen que, seguramente, muchos no quieren ver ni
siquiera reflexionar en torno a este mundo que Klotz disecciona.
Una película necesaria y obligatoria de ver.
Así si tienen ganas, tiempo y agallas se llegan a la sala de Bv. San
Juan 49. Una alta recomendación.
Por si no confían en mi efusivo comentario aca una lectura de la
película según la revista El amante.


La Question humaine

1. El tiempo debería detenerse. Ya no tenemos derecho a creer que su
avance acompasará el progreso de la historia. Los viejos ideales de
libertad, igualdad y fraternidad o, después, las rosas rojas del
socialismo que instalaría la justicia sobre la Tierra han caducado. La
historia no ha sido benigna con esas aspiraciones y ha disuelto el
tiempo en un presente continuo en el cual la esperanza ha sido abolida
y en el que las palabras de ayer –justicia, hermandad, solidaridad–
son anatemas. No hay futuro; sólo presente ingrato, tan obtuso que si
abrimos desde él la puerta al pasado sólo encontraremos lo peor, la
raíz del mal hoy hecha árbol. Y únicamente nos servirá para comprobar
que ese mal ha triunfado.

Si éste ha sido el resultado de la historia, lo que venga sólo puede
ser peor. Presente perpetuo y canallesco, un futuro en el que la
cuestión humana haya desaparecido será aún más vil. Por eso, el tiempo
debería detenerse.

Este ánimo sombrío, esta advertencia son formulados por Nicolas Klotz
y Elisabeth Perceval, su guionista y esposa. Es la cuestión humana la
que está en juego en este momento. La de la supervivencia del hombre
como tal. No la de la especie, amenazada por otros apocalipsis, sino
la del concepto de hombre acuñado por el humanismo: un individuo,
alguien consciente de sus actos y elecciones, capaz de vivir
armónicamente con los otros y de utilizar sus capacidades no sólo en
su propio beneficio, sino en el del conjunto. Un proyecto de vida que,
Klotz nos dice, está muerto en las propias sociedades que lo
generaron. La pátina democrática de ese mundo es sólo eso: una
película delgada y engañosa que encubre a una sociedad totalitaria y
rapaz. Desde el corazón de ese mundo opulento y egoísta, esta
película, rama desgajada del tronco del viejo humanismo, viene a
descorrer ese moderno velo de Maya, esa apariencia.

2. Como una imagen. Pero ni siquiera la apariencia es grata; apenas
una imagen, falsa, del mundo de orden y eficiencia en el que vive
Simon (el notable Mathieu Amalric), psicólogo a cargo de las
relaciones humanas de una empresa alemana asentada en Francia, una
imagen que enseguida se disipa; él es uno de los apóstoles de la
excelencia, un modismo al uso para suavizar las salvajes prácticas
empresariales modernas: despiadados tests de selección de empleados,
prácticas paramilitares de despersonalización para el entrenamiento
del personal, una racionalización que prescinde de miles de
trabajadores son la verdad detrás de la apariencia. Fuera del trabajo
su vida transcurre en la penumbra de un departamento ambientado con
esterilidad posmoderna y sus neuróticas relaciones con dos mujeres.
Cuando le encomiendan indagar sobre el equilibrio psicológico del
señor Just, director de la empresa, los engranajes que mueven la
maquinaria de ambos –la empresa y Simon– se hacen autónomos y en su
girar emancipado van desarmando todo sentido: el de las vidas de
Simon, del director y de quienes los rodean, y el de la propia
narración que se quiebra y reconstruye con cada espasmo de la
monstruosa maquinaria corporativa.

La cuestión humana es desde ese momento una investigación sobre la
verdad y la apariencia, un viaje a un pasado tenebroso en el que como
última ratio se agazapa la bestia nazi; también la constatación de que
ese pasado se reproduce en el presente y se propone como modelo de
futuro. Como en un relato chestertoniano, todos son investigados e
investigan a los otros, las certezas se van disolviendo y son
reemplazadas por los dolores íntimos y las miserias públicas,
escondidas en algún archivo de la historia.

La propuesta de Klotz no es nueva y hasta tendría algo de lugar común
si la formulara de otra manera, eligiendo un camino distinto al de
este relato quebrado, que nunca se rinde al descanso de lo lineal en
su búsqueda de la verdad oculta detrás de la apariencia: la dinámica
del capitalismo necesita en su avance de formas de producción y
control cada vez más totalitarias. No es necesario un imaginativo
Simon que las desarrolle; mucho más simple es que aplique, sin saberlo
al principio, las de la vieja maquinaria nazi, siempre disponible. A
medida que Simon descubre la raíz de los métodos que aplica y la red
de ocultamientos y genocidio que están en la génesis de la empresa, su
vida se transforma en un viaje vertiginoso hacia el pasado y la
desintegración (como en La flecha del tiempo, novela de Martin Amis en
que la razón de su protagonista se disolvía acompañando su regreso a
un pasado concentracionario). Ese viaje es, en la pantalla, la
explosión de un espejo; fragmentos girando en el espacio que arrojan
imágenes parciales, encuadres expresionistas que parecen desgajados
del tronco narrativo central pero que terminan esclareciéndolo; al
mismo tiempo son la expresión del ánimo disociado de Simon, o del
señor Just y de todos los habitantes de ese mundo en que lo humano es
una estrella menguante.

3. Juegos de gatos y ratones. La cuestión humana deviene en una
especie de policial en donde el investigador es víctima y victimario,
un juego perverso en el que todos irán ocupando esos mismos roles; al
comienzo Simon somete a su novia a un vaivén histérico de seducción y
abandono, pero ella lo desarma con su voz (en La cuestión humana,
volveremos sobre ello, la música actúa como una herramienta de
desguace de la personalidad). El señor Rose desconcierta a Simon al
revelarle los desequilibrios psíquicos de Just. Éste a su vez
personifica a la aflicción en su forma más primaria. La extraordinaria
máscara de Michael Lonsdale, las pausas de su discurso, el aura de
ausencia que es capaz de generar, la manera en que parece desarticular
cada uno de sus músculos faciales y cargarlos de pesadumbre terminan
componiendo la imagen de un ser víctima de una tristeza y un
desconcierto terminales, pero que conserva reflejos de lo que fue: un
ejecutivo feroz y eficiente. Su dolor en estado puro, el peso de su
pasado, interpelan a Simon y lo desnudan de su ciencia pragmática; ese
dolor y esa culpa echan sombra a su vez sobre el implacable Rose, y
así sucesiva o simultáneamente, todos caen como palos de bowling ante
el golpe de una arrasadora bola fétida, hasta dejar a la vista la
ligazón del pasado totalitario con el presente de apariencia
civilizada. La progresiva toma de conciencia del protagonista de
Recursos Humanos, la noble película de Laurent Cantet, parece al lado
de la radicalidad de la película de Klotz un trabajo voluntarioso y
bienpensante.

4. Lo que se ve y lo que se oye. ¿Cuál es el punto de vista de La
cuestión humana? Sin duda el del psicólogo Simon, pero la
multiplicidad de sus ángulos, sus bruscos cortes que interrumpen la
continuidad de las escenas que llevan el hilo narrativo, espejan
también la totalidad del mundo que malamente lo contiene. La cuestión
humana es un big bang narrativo, una explosión desde la oscuridad en
camino a resumirse otra vez en ella.

La música subvierte, altera el orden y vuelca de adentro hacia afuera
las grietas humanas de todos los agonistas de la película. Si, como
dijimos, Simon es subyugado por el canto de su novia, más adelante la
música electrónica de la disco propiciará paupérrimas ceremonias
colectivas que descargan la angustia y el aturdimiento de Simon y de
las sombras que bailan a su lado, todos solos y cercados por una
escenografía de rejas y alambres tejidos. Esas escenas se cargan de un
clima carcelario que los personajes, digitados por el diapasón
hipnotizante de la música, asediados por una cámara asfixiante,
bailarines autistas, poseídos por un frenesí de zombis, jamás
advierten.

La música incidental comenta dialécticamente, discordando o
armonizando, las acciones de los protagonistas. La música llamada
clásica es la que acompaña la pasión del señor Just, modelo tardío de
aquel romanticismo que se pervirtió en nazismo, sensibilidad en estado
puro; su nervadura es acariciada o golpeada (para sus nervios
expuestos el resultado es el mismo) por las notas musicales que lo
arrojan al grado primario de la sensibilidad, más allá del bien y del
mal pero consciente de cada uno de los extremos; la música es para él,
a diferencia del resto, una herramienta de conciencia, un recordatorio
de que el infierno existe y el cielo está perdido.

Pero también está Arie Neumann, el sobreviviente, el que desde el
anonimato parece manejar los hilos que podrían desatar esta madeja
maligna. Su presencia en el final es el testimonio de un pasado que
quizá tenga un resquicio de futuro. Un testigo de otro tiempo y otros
valores que nos recuerda que La cuestión humana es, en palabras de
Nicolas Klotz, un homenaje a Tiempos modernos, aquellos de Chaplin en
los que los engranajes de la máquina, en plena aceleración, todavía
permitían la fuga hacia una modesta felicidad.






Trailer - Video de la película.

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