sobre como somos como país, como Nación, como cultura nacional y
popular ( y lejos estoy de esa militancia de Kabotaje que hoy domina
ciertos círculos y cénaculos de nuestras instituciones supuestamente
democráticas) y el País que logramos construir.
La foto que acompaña la nota que me fascina es de Marcos López y se
llama El mártir. Nada es casual dentro de esta operación mis queridos.
La desaparición de los dinosaurios
La profecía es un arte complicado, casi impracticable: los grandes
profetas pertenecen al mundo de los mitos y las religiones, aunque
algunos intenten demostrar, frente a cada catástrofe, que ya estaba
anunciada por Rasputín o Nostradamus –para no hablar de los
pronosticadores astrológicos locales o, siquiera, de los meteorólogos.
Más interesante es el mundo del arte y la literatura porque, como no
pretenden hacer ciencia, pueden terminar haciendo magia: de allí esa
reiterada convicción con la que la vida insiste en imitar al arte, y
de allí la minuciosidad con la que las clases dominantes argentinas se
parecieron al señor Lanari, el inolvidable personaje de Cabecita
negra, de Germán Rozenmacher, que reclamaba, en 1962, el uso de "la
fuerza pública y el ejército" para reprimir a tanto negro insurrecto.
A veces, claro, esa capacidad visionaria del arte falla. La música
popular puede creer, por ejemplo, en algún momento de desbordante
optimismo, que se desalambrará la tierra cuando se la tenga, sin
imaginar la existencia de un pool de siembra sojero o que Emiliano
Zapata iba a devenir el Torito Alfredito. O puede imaginar que los
dinosaurios van a desaparecer, sin saber que la resistencia y la
capacidad mimética de los grandes reptiles argentinos es infinita: el
diario La Nación sigue fiel a su brontosaurismo, Mirtha Legrand
almuerza inconmovible, la UCR se imagina viva y cletista, mientras
Charly García se extingue en una clínica de adictos.
No es por su capacidad profética, empero, que Charly es lo que es para
nuestra cultura. En lo de los dinosaurios le erró por mucho,
transportado de optimismo –como tantos de todos nosotros– por la
primavera democrática. Pero durante veinte años fue el mayor creador e
innovador de nuestro rock –que era entonces, como no lo es ahora, la
locomotora de toda la música popular, la que marcaba las líneas de la
transformación y de la creatividad. El que inventó sucesivamente el
folk acústico, la balada pop, el rock sinfónico, la modernidad sonora
de los ochenta: mientras miraba las nuevas olas era parte del mar, un
clásico a los treinta y dos años. Fueron veinte años increíbles e
intensos, los que van de Vida a Tango 4; desde 1991 hasta hoy hay
mucho que no me gusta, salvo insistir en las recopilaciones o en las
colecciones –como hice ayer, conmovido ante la juventud de las fotos
de Vida y el iconismo tan pavote de Confesiones de invierno, pero
también ante la potencia de Películas o La grasa de las capitales.
Todos ellos, apenas, cuatro clásicos de la música popular argentina
del siglo XX.
Como buen ídolo popular, es altamente probable que Charly sea un tipo
muy complicado: pedante, intolerante, machista (pero la llevó a María
Gabriela Epumer a tocar la guitarra, en un rock tan macho como éste),
reaccionario; su menemismo no servía ni para espantar burgueses. Pero
los ídolos populares no están para ser modelos ni para liderar nada:
están, pavada de función, para nuestro goce. Y luego se consumen en la
llama del deseo, porque soportar tanto placer transferido es muy
pesado –pregúntenle a Maradona, otro genio tan atravesado como Charly.
Y aún más: una de las cosas que la sociología de la cultura ha
descubierto es que la música no viene a reflejarnos, sino que viene a
constituirnos, a inventarnos. La canción popular no "refleja nuestra
realidad": la inventa y a la vez nos construye gozando y soñando y
sufriendo y amando –y vaya aquí mi homenaje para mi amigo Marcelo, que
se enamoraba rasguñando las piedras. Nosotros, los de cuarentaypico,
simplemente fuimos inventados por Charly García, entre pocos otros.
Y parece que los ídolos del rock se queman en su propia llama si son
honestos y consecuentes, y deciden que si no pueden sustraer su música
al mercado por lo menos van a sustraer su cuerpo al destino del
caretaje: esa llama es el exceso, la desmesura de la transgresión, del
sexo, droga y rock & roll. Sin rescates ni yogures light. En esa
consecuencia, claro, redimen nuestra cobardía: se sacrifican por todos
los que no podemos ni sabemos ni nos animamos a ser como ellos. Y
luego, en la caída, son víctimas del morbo del mismo mercado al que
dieron opíparamente de comer; de estrellas se transforman en basuras
condenadas por los hipócritas y por las cámaras clandestinas que
insisten en transmitir el derrumbe.
El aeropuerto de Río de Janeiro se llama "Antônio Carlos Jobim". El de
Buenos Aires se llama brigadier nomeimportacómo. Charly se muere de
rock, y la alegría sigue siendo sólo brasilera.
Hola, me pareció interesante el comentario sobre Charly. Es verdad que muchas de las transformaciones estéticas del siglo xx en nuestro país se las debemos a el. Yo particularmente prefiero la etapa Say No More. Sin más ¡Larga vida al blog! . Te recomiendo un blog sobre rock: www.elmundoentrelasmanosvirtual.blogspot.com . Muchas gracias.Santiago Ramos.
ResponderBorrargracias por comentar y loque decis
ResponderBorrarpuede ser que ayer hayas hablado por radio universidad en el programa furia nacional??
hablabas de este sitio , gracias y ya te pondre como enlace