mejor, de pedir lo imposible y de jugar a toda hora.
Porque el niño que llevamos dentro siempre lo tengamos a flor de piel
y nos acompañe todos los dias de nuestra existencia.
Feliz día y aquí un regalo del más grande todos que nos dice algo para
tenerlo siempre en cuenta.
Cosas de grandes
Jorge Lanata
"No hay ningún motivo válido para engañar a los niños"
Bertrand Russell
Nunca sabemos, exactamente, qué hacer con ellos. Tienen tanta luz que
nos cuesta verlos. A veces los tratamos como adultos, otras como
tontos, y ellos no paran de ponernos a prueba porque necesitan saber
cómo es el mundo. A veces los inventamos, en lugar de descubrirlos,
porque inventar es, siempre, más tranquilizador: sabemos dónde llegar
y caminamos hasta ahí. Descubrir es azaroso. Les enseñamos a caminar
para pedirles luego que se queden quietos, les pedimos que sueñen,
pero con horario de oficina ("Ahora ya eres grande, hijo mío. Deja de
fantasear", le dice el padre al protagonista de La historia sin fin).
A veces son la excusa demagógica perfecta:
–Yo aprendo mucho de mis alumnos de cinco años… –dice la maestra que
parece tener poco para enseñarles.
–Lo único que no hago es emborracharme con el pendejo –dice el padre
que no pudo ser tal y, culposo, decidió ser amigo de su hijo.
Casi siempre los condenamos al amor condicional: voy a quererte si sos
lo que quiero, si te parecés a mí. Nos desespera verlos como personas:
pueden ser, como mucho, versiones mejoradas del software original, una
especie de papámamá 2.0, pero sólo compatibles con nosotros.
Nos divierte que jueguen a ser grandes, pero que sólo jueguen:
–¿Tenés novia? –le pregunta la vecina al nene de ocho años.
–¿Tenés novio? –le preguntan a la beba de tres, que no conoce la
palabra pero sabe que al decir que sí, todos estallarán de risa.
En el colegio es peor: todos les plantean preguntas ajenas y muy pocas
veces intentan ayudarlos a responder las propias. Los niños intuyen
que se trata de repetir letras ajenas y así lo hacen, desesperados por
la aprobación; así premiamos al niño-monstruo, al mejor adaptado, al
más extraño, al peor extranjero de su propia niñez, al que habla como
un ingeniero civil a punto de jubilarse.
–¡Seremos como el Che! –gritan con el puño en alto los niños cubanos,
pañuelo rojo al cuello y gorra militar.
Los niños con respuestas de adultos siempre son niños tristes. La vida
me empujó de la infancia a la juventud, y sé de qué se trata: ni el
sueño ni la vida se recuperan, lo que no fue se convierte en
melancolía del pasado, imaginaria tristeza por lo que no estuvo.
Fui también padre separado y recorrí con Bárbara todas las plazas de
la ciudad: allí pude ver, por primera vez, cómo los adultos insultan a
los niños:
–¡Mirá el boludo éste! –grita un padre.
–¡Dale, tarado, saltá! –ordena otro.
He escuchado, también, a padres con educación terciaria, defender la
teoría del "chirlo correctivo": si el chirlo corrige un error menor,
la trompada remediará uno más importante, y una descarga eléctrica uno
grave, ¿no? La delgada línea que sostiene el respeto es muy difícil de
reconstruir: el insulto –ni hablar, claro, del resto– vuelve presente
la sensación de abuso físico: soy más grande que vos, puedo callarte.
La relación con ellos está plagada de cortocircuitos: el padre que
protesta por la corrupción pero falsifica los vales de nafta del
trabajo, la madre que pontifica sobre el amor y le cuenta a la hija de
sus coqueteos. A veces actuamos frente a ellos como si no estuvieran
ahí, mirando. Como si no entendieran lo que ven. Son chicos.
Decidimos, por comodidad, que los van a educar en el colegio. Nos
equivocamos. Nada logrará el colegio que la casa desautorice; en el
mejor de los casos el colegio hará posible que caminen por la selva
evitando el peligro, o que sepan descubrir un atajo. El resto, la
vida, el amor, la muerte, la confianza, la soledad, los sueños,
suceden en la casa.
Y todo lo demás: también queremos matarlos, disolverlos en ácido, son
insoportables cuando gritan o se encaprichan, nos ponen a prueba todo
el tiempo y es terrible descubrirse extorsionándolos ("O hacés tal
cosa o…") y es atroz, absolutamente atroz, que no haya manual alguno,
ninguna regla, ninguna ley, ningún saber incuestionado que dé una
solución. Pero el otro día alguien me preguntó si creía en Dios, y
solté sin pensarlo un segundo:
–Claro que creo. ¿Cómo no voy a creer? Existen los chicos.
De modo que perdón a los niños por no estar a su altura y ojalá algún
día nosotros, los grandes, seamos merecedores de ese nombre
hermoso lo escrito por la nata, habria q relerlo todos lso dias para no olvidarnos... o regularmente.. mas caundo seamso mas grandes y padres tal vez.
ResponderBorrarhoy me pusieron en la revista peinate.. fijate
ya me fije muy bueno che
ResponderBorrarte felicito y me saco el sombrero...
segui asi y hasta el largo no paras....
abrazo