sábado, 16 de agosto de 2008

Regalo de sábado.

Buen sábados para todos.
Aca ando desde temprano luego de una noche primaveral en donde el
reecuentro con viejos y queridos amigos fue la marca de un bello
viernes.
Medio trasnochado me dispongo a producir lo que en unas horas dire en
la radio y me topo con esta nota que hoy se publica en el suplemento
cultural del diario El País ( Babelia) que cada día sale mejor y que
hace añorar porque por estas tierras no tenemos un suplemento asi,
pero bueno más allá de la queja matinal me gustó leer este texto del
escritor y guionista Marcelo Birmajer rescatando el trabajo que se
hace cuando se produce cine.
Asi que me gustó compartirla con uds.
Y a leer a Marcelo ya que es un placer sus Historias de hombres
casados son altamente recomendables. Sino quieren leer lo pueden
encontrar en canal Encuentro los sábados a la noche presentado y
hablando sobre Cine y Literatura, por ejemplo hoy le toca el turno a
Apocalysis Now. la cita es a las 22 horas y repite los jueves a las
00:00 horas.
No me digan que no les avise.

Cine y dinero
MARCELO BIRMAJER


Ya han pasado más de siete años desde que el director Daniel Burman se
apareció por mi estudio del barrio de Once con una idea, seis páginas
de monólogo del personaje principal y un contrato. Así comencé a
escribir el guión de la película El abrazo partido. Escribí aquella
primera versión del guión, como casi todo lo que escribo, sin
esperanzas. En rigor, de haber podido apostar, lo habría hecho en
contra: la falta de financiación era un fantasma tan presente como en
tantos otros proyectos que pasaban a mejor vida sin haber probado
ésta.

Le di vueltas a la idea en mi cabeza, hice la vuelta de perro al
barrio, como hago siempre que no se me ocurre nada, y finalmente me
fui a Chile a presentar un libro que por lo menos había terminado.
Esto fue a mediados de 2001.

De regreso, en pleno vuelo, encontré la trama, la historia de amor.
Para festejar, me compré en el free shop la que no sabía sería la
última botella de Chivas Regal del 1 a 1: un peso, un dólar. Marché
directo del aeropuerto a mi estudio, y cuando la botella llegó a la
mitad, el guión ya era un hecho. Pero entonces el país se descalabró:
los bancos no permitían sacar el dinero, habíamos perdido todos
nuestros ahorros, durante un par de semanas no supimos quién era el
presidente.

El guión surfeó la realidad nacional: ganó el Premio Coral al mejor
inédito en el Festival de Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, y
el empuje de la SGAE y el Canal +.

La película comenzó a rodarse cuando el país todavía no definía su
nuevo rumbo. Ya completa, ganó dos Osos de Plata en la Berlinale de
2004: el Gran Premio del Jurado, y al mejor actor. Aquella historia
que terminó de escribirse en un país arrasado por la crisis, ahora
recorría el mundo.

La literatura puede ser escrita en cualquier circunstancia, sin más
concurso que el del autor: no hace falta ni un peso para concretarla.
Incluso puede llevarse a cabo en circunstancias extremadamente
penosas: se escriben relatos en las cárceles, o en un edificio en
llamas. El cine, por el contrario, precisa de ingentes cantidades de
dinero mucho antes de que se haya rodado siquiera la primera escena.
Se pueden hacer películas sin actores, pero no sin inversores. Alguien
tiene que poner la pasta.

En este contexto, ¿cómo un país con recurrentes crisis económicas,
como la Argentina, ha sido capaz de asombrar al mundo con obras
cinematográficas como Un oso rojo (Adrián Caetano), El bonarense
(Pablo Trapero), o El hijo de la novia (Juan José Campanella)?

Mi teoría, tal vez un poco mística, es que las buenas historias tienen
vida propia. Cuando una historia exige ser contada, es como un amor
inconveniente: no se puede impedir ni aunque deshereden a los
enamorados.

Suele mencionarse a Hollywood como una competencia maligna para el
cine latinoamericano. Y es cierto que existen algunos factores, tales
como la disposición de salas, que habría que revisar en forma
constante. Pero yo considero que la libre elección del público es
mucho más poderosa que cualquier promoción. El actor cómico Guillermo
Franccella, por ejemplo, lleva más gente a los cines de toda Argentina
que cualquier secuela de La Guerra de las Galaxias.

Hollywood, en mi opinión, ha resultado mucho más una fértil influencia
que un problema para el cine latinoamericano. También ha sido
hospitalario con directores, guionistas y actores de nuestro
continente.

Los problemas son mucho más causa de nuestros propios conflictos
internos que de cualquier novedad externa. Películas como la cubana
Fresa y chocolate (Tomás Gutiérrez Alea), o la uruguaya Whisky (Juan
Pablo Rebella, Pablo Stoll), continúan concitando elogios cuando
muchos de los tanques hollywoodenses de entonces han sido
rigurosamente olvidados.

La gran deuda pendiente de los latinoamericanos para con nosotros
mismos no es precisamente artística. Nuestro cine no es dadivoso en
efectos especiales, pero este límite nunca ha impedido proyectar
ficciones de la más diversa índole: desde retroficción, como la
singular La antena, de Esteban Sapir, hasta toda clase de
reconstrucciones realistas históricas. También las hay de superacción,
y con mucho éxito de público en Argentina, tales como Peligrosa
obsesión (Raúl Rodríguez Peila) o Comodines (Jorge Nisco y Daniel
Barone). Y si de pronto se viniera la moda de crear películas
intergalácticas en Latinoamérica, creo que fatalmente el dinero para
producirlas acabaría llegando de algún lado, siempre y cuando alguna
historia imprescindible lo convocara. Es mucho más lo que se produce
que lo que deja de producirse.

La gran pregunta, entonces, no es cómo hemos sido capaces de llevar al
mundo nuestro cine a pesar de nuestras recurrentes crisis, sino por
qué no somos capaces de utilizar nuestro talento para consolidar
sociedades donde las crisis dejen de representar desequilibrios
desesperantes.

En estos días estoy dando punto final a un guión sobre la vida de uno
de los más grandes boxeadores argentinos, Oscar Natalio Ringo
Bonavena. Ocurrente y atractivo desde sus primeras subidas al ring,
Bonavena alcanzó el pico de su fama internacional en 1970, con una
pelea épica contra Cassius Clay, en el Madison Square Garden, de Nueva
York.

La película, que será rodada por Carlos Sorín, y protagonizada por
Rodrigo de la Serna -con producción de Sebastián Ortega-, cuenta la
vida de Bonavena hasta la pelea con Clay. Pero ahora los
norteamericanos, incidentalmente, reconstruyen la última parte de la
vida del boxeador argentino. Una producción hollywoodense cuyo eje es
Joe Conforte, el dueño del resonante burdel Mustang Ranch, en Reno,
Nevada, reconstruye el asesinato de Ringo. Lejos de considerarlo una
competencia perniciosa, para el productor ésta es una excelente
noticia: Hollywood pondrá en el candelero al personaje argentino de
nuestro filme.

El cine en lengua española, latinoamericano e ibérico, se ha desatado:
cada año, desde hace ya varios años, suelta alguna perla consistente y
duradera. Esto es para festejar y proseguir.

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