de Clausura de los Juegos Olímpicos nos hizo comenzar el día de manera
única y espectacular esperando que la magia de los sueños y la alegría
nos dure toda la semana.
Que la pasen lindo y disfruten del texto y del día.
Sátira de las profecías nacionales
Por Orlando Barone
Las profecías acerca del planeta y del Universo son desalentadoras. El
ecosistema no resiste: lo indigesta hasta el pedorreo ambiental de las
vacas y de los chanchos. Sin contar el "globlalicidio" de los recursos
no renovables y otros estigmas colaterales no queridos por el verdugo
que los produce. No son menos sombrías las profecías argentinas:
oscuras como la noche más negra del vampírico conde de Transilvania. Y
no hace falta leer ninguna carta astrológica del Fondo Monetario ni
las predicciones abisales de diagnosticadores benignos. No hay
publicación, comentario público ni blogs pudorosamente apolíticos y
económicamente neutros que no auguren lo que auguran acerca del
probable y triste final del Gobierno. Con o sin anestesia. Con o sin
voluntad de los involucrados. Concertado o desconcertado. No lo
desean, claro. La democracia no se permitiría hacer germinar un
inconsciente privado o colectivo políticamente incorrecto que pudiera
dañarla. Ciertas ilusiones no se confiesan. Avergonzarían el purismo
republicano.
Pero lo que las profecías ignoran o esconden es si después de esta
"dictadura hegemónica", desde otra dirección, vendrá una más efectiva
que hará cundir el alborozo. O el arrepentimiento. No hay monarquía ni
cesarismo que una sociedad sana tolere. En eso está lo mejor del ser
argentino.
Pero la nigromancia no cesa: se reproduce alentada por corazones
agradecidos a la vida que nos ha dado tanto, pero inequitativamente.
Sobre todo la desigual distribución de los dones ideológicos que a
algunos los convierte en "populistas" sin retorno. Y capaces de
reestatizar hasta el vuelo del libre pensamiento. Y de condenarlo a
volar cautivo en una aerolínea, por el solo mérito de ver el fuselaje
identificado con el símbolo celeste y blanco.
Los hados nativos son afanosos. Auguran, vaticinan, predicen. Junio y
julio fueron meses que dieron por cumplidas las profecías de autoría
unipersonal que escoraron la línea de navegación del Gobierno.
Ludovica Squirru nunca llegó a tener aciertos como esos. Pero así como
se desgrana el porvenir a través de la borra del café, ella debería
actualizarse y revelarlo a través de los granos de soja.
Si el desastre aéreo de Barajas que enlutó a España hubiera tenido por
destino Ezeiza o Aeroparque, no alcanzarían los soportes mediáticos de
todos los géneros para condenar al Gobierno y reverdecer el reinado
del profeta negro aeronáutico por antonomasia. Nilda Garré sería
Chabán y Yabrán conjuntamente. Lo que todavía no se cumplió -y eso que
se viene pronosticando desde hace varios años- es el augurio de
colapso energético. Miren que se lo ha estado llamando con entusiasmo.
Sería de tal desolación que ni siquiera alcanzarían las velas de las
iglesias ni todos los fósforos en sotck en los supermercados para
alumbrarnos. Además de apagarse hasta las luces malas del campo.
Muchas de tantas predicciones son autenticadas por el límpido fallo de
las consultorías que trabajan ad honórem para salvarnos. Siempre
reaparecen; y con la voz intacta y la memoria del disco rígido carente
de remordimientos. Son notables los denodados esfuerzos de quienes
crítica y solidariamente - a pesar de la falta de libertad de prensa-
tratan de que el Gobierno emboque alguna sola cosa. Pero no obtienen
resultado: no la emboca. Y no va a embocarla aunque de casualidad la
emboque.
Si por error la Presidenta enviara al Congreso un proyecto de la
oposición confundiéndolo con uno propio, la oposición lo votaría "no
positivamente"; refinada negación contemporánea y de efectos más
efectivos que el "no" grosero y ordinario.
Para que por azar la "opinión pùblica" -la que se hace pública-
pudiera aplaudir alguna iniciativa de la Presidenta, esta no debería
tener más iniciativas; desvaneciéndose junto a los pliegues de sus
pañuelos de seda sin dejar rastros. Y sin pronunciar discursos en voz
alta ni baja, ni tampoco callarse. Nada. Porque no se va a creer que
el gobierno produzca algún beneficio nunca. Aunque lograra que todos
fuéramos democráticos, ricos y felices.
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