jueves, 12 de junio de 2008

Muere, maldito diario papel

para seguir pensando el papel de los medios gráficos,
aqui una nota de Eduardo Blaustein.


ÚLTIMAS PROFECíAS SOBRE LA EXTINCIÓN DE LA PRENSA GRÁFICA


Hace tiempo vienen poniendo fecha fúnebre y la última predicción es
muy precisa: en 2043, sentenció un experto, ya no habrá humanos
abriendo un diario hecho en celulosa. Los agentes de la extinción no
son sólo internet o los nuevos modos de consumir información. Hay
quienes apuntan que la profunda crisis de credibilidad de la prensa
–muy particularmente en los EE.UU.– también tiene la culpa. Y que ésta
a su vez se relaciona con presiones económicas a favor de una nueva
consigna: "Más rápido, más barato, menos riguroso".

Profetizar en este mundo en apariencia racional es una actividad libre
y gratuita. Si todavía se emiten documentales seudoinquietantes sobre
las grandes pegadas de Nostradamus, es natural que cada tanto la
comunicación global trompetee profecías improbables.

En los últimos tiempos una de las más socorridas es la que le pone
fecha de defunción a la prensa gráfica y su reemplazo por la
reluciente prensa digital, a la que se pone en el lugar de digna y
merecedora ganadora de la contienda. Esta vez la predicción proviene
de alguien con una trayectoria respetable: el periodista especializado
Philip Meyer, también catedrático de la Universidad de Carolina del
Norte. Meyer es minucioso: dice que el año fatídico será 2043. A
partir de entonces ya no habrá diarios de papel para los humanos.

Medio mundo, desde el primer estallido de la era informática, alguna
vez ha dicho algo parecido. Bill Gates hace años plantó la lápida en
el 2020. Y en los últimos días adhirieron con sus matices altos
escribas de The New York Times y The Economist. Consultado por los
augurios, José Luis Cebrián, mítico fundador de El País de España, fue
escueto. Sugirió preguntar "quién es nuestro asesino, porque muertos,
lo que se dice muertos, ya lo estamos".

Hay tendencias, cifras, transformaciones, que dan crédito a la
profecía. Aun cuando los números y modos de acceso a la digitalización
y la web son desiguales e inciertos según el lugar del mundo en que se
ponga la lupa, el primer enemigo presunto de los diarios de papel es
el crecimiento fenomenal de la red y lo que ésta captura en términos
de nuevas demandas de lectura, publicidad y clasificados.

Hace mucho tiempo que la venta de diarios entró en un ciclo histórico
de descenso. José Luis Cebrián suele repasar estos datos: contra los
16.000 diarios que existían en Estados Unidos a principios del siglo
XX hoy quedan menos de 2.000 (menos de 1.500 según otras fuentes); en
la Unión Europea la caída de ventas oscila entre los 500.000 y el
millón de diarios; el periódico de papel no tiene cómo resistir la
oferta informativa que suman la web, la telefonía celular, los medios
electrónicos y los diarios gratuitos; el hombre promedio –un hombre
virtual– apenas si presta poco más de media horita a la lectura de
información.

Hace pocos años el corresponsal en Nueva York de La Vanguardia de
Barcelona, Andy Robinson, escribía: "El promedio de ventas de los
diarios ha caído un 14% desde 1990 para situarse por debajo de los
65.000 ejemplares. Cayó el 0,9% en 2004, y un 1,5% para las ediciones
del domingo. El 60% de los estadounidenses leía normalmente un diario
en 2004 frente al 70% en 1994. El número total de diarios en EE.UU. se
mantiene en torno a 1.450. Pese al leve repunte en 2004, los ingresos
por publicidad siguen por debajo de los 50.000 millones de dólares de
2000".

Más datos citados por The New Yorker: "Los periódicos de papel
perdieron el 42% de su valor de mercado en los últimos tres años",
"desde 1990, desapareció un cuarto del empleo en los diarios
americanos"; "sólo el 19% de los estadounidenses de entre 18 y 34 años
suelen mirar diarios", "sólo el 8% de los menores de 35 años cree que
apelará a un periódico en el futuro", "menos del 20% de los americanos
cree 'todo o la mayor parte' de los reportajes que ve en los medios de
comunicación; y menos de un quinto cree lo que lee en los diarios
impresos".

UNOS CUANTOS ASESINOS. Días atrás un artículo de The Economist,
utilizando argumentos ya esgrimidos por el magnate australiano de la
prensa amarilla, Rupert Murdoch, volvió a hacer ruido con las
profecías. Es apenas cuestión de tiempo, afirmó el semanario, cuando
se hizo eco de la fecha fijada por Philip Meyer en su reciente libro
The vanishing newspaper.

The Economist aportó un dato sobre los consumos británicos que replica
el clima cultural de los EE.UU.: los jóvenes británicos de 15 a 24
años dicen que por conectarse a internet redujeron en un tercio la
lectura de diarios. La pregunta que plantea Cebrián acerca de quién
será el asesino tiene algo de mecánica pero es necesaria. Y si es por
asesinos puntuales, los criminales son varios: el consumo de
información vía web (aun cuando apenas el 5% de la población mundial
tiene acceso a la web), el alto costo del papel, el desplazamiento de
las pautas publicitarias hacia el espacio digital y el crecimiento
fenomenal de los diarios gratuitos.

Juan Antonio Giner, director de una importante consultora de medios
británica, señala que el crecimiento de los diarios gratuitos tiene
que ver con su módico formato de pocas páginas bien presentadas, la
lectura fácil, el uso de un menú elemental de noticias en resumidas en
textos breves y el hecho de ofrecer muchos servicios (ofertas de
empleo, guías de medios y espectáculos, consumo) en lugar de dedicar
espacio a la espantosa política o al análisis emplomante. El
espacio/tiempo de la lectura: veinte minutos compactos de un viaje en
transporte público. Esta pesadilla a lo Fahrenheit 451 se expande en
aquellos estudios según los cuales la gente –categoría difusa– sólo
quiere saber "qué hacer para enriquecerse y dónde ir al cine".

Los relatos proféticos, con alguna inercia, parecen sugerir que sólo
quedan siete locos en el mundo con ganas de leer, que las versiones
digitales son la alternativa sensata por el mero hecho de ser última
novedad, que los jóvenes –que traen la Buena Nueva– marcan tendencia
en sus demandas de adaptabilidad, rapidez de actualización,
interacción. La exigencia es: dinosaurios de papel, adaptaos. Dicho al
estilo Bill Gates, y dejando afuera entre otras cosas la realidad de
miles de millones no conectados, el mundo que se viene es el de la
conexión permanente, el del papel electrónico (ver nota en esta
página), el de la cibersatisfacción garantizada de toda necesidad de
entretenimiento, educación e información.

Y ese mundo que se viene será bipolar, al menos mientras subsistan los
decanos de la prensa mundial: existirán por un tiempo diarios de papel
de calidad (con buenos artículos de opinión, buenas crónicas y buen
análisis) que tendrán poca circulación, serán más caros y
personalizados y estarán hechos para una minoría dirigente. Lo demás
serán complejas galaxias web.

En el paisaje crepuscular, antes de la muerte final, podrán convivir
también los diarios gratuitos y algunos tabloides berretas. A nadie
parece escandalizar esta división clasista y fragmentada de la
comunicación del futuro. Pero también están aquellas hipótesis de
futuro más matizadas, como la que sugiere el –entre otras cosas–
tecnólogo irlandés John Naughton, que prefiere usar la metáfora de un
ecosistema complejo y de mutuo enriquecimiento entre los mundos de la
gráfica, los blogs, los muchos mundos digitales.

NO SE MUERE TAN FÁCIL. Con la misma amabilidad con la que se anuncia
el no va más de los diarios impresos se sostiene igualmente que no
será tan sencillo acabar con genealogías y herencias culturales que
llevan siglos de arraigo. Las futurologías tecno, fascinadas por cada
nuevo dispositivo que aparece en el mercado, suelen dejar de lado las
complejidades culturales.

Los diarios sobrevivieron a la aparición de la radio, el cine y la
televisión; se adaptaron a ellos y desde hace años dan una batalla
difícil para adaptarse también a internet. Claro que, en un mundo
incierto, las nuevas apuestas pueden hacerse de un modo horrible. Dice
Juan Antonio Giner, el director de International Media Consulting
Group:

–Al comienzo, muchas empresas se equivocaron creyendo que internet era
un new media, y en esa creencia se construyeron nuevos edificios,
redacciones y gerencias separadas, y hasta sociedades independientes.
Fue una gran locura, alentada también por las grandes consultoras de
management general que no saben de negocios periodísticos y
confundieron los canales de distribución con los contenidos.

Y entonces, dicen los gurúes, sobrevivirán los diarios en los que se
destaquen la reflexión, la elaboración rigurosa de los datos, "la
interpretación adicional y profunda". Dicho por Cebrián: "Si el diario
logra mantener su capacidad de reflexión y diálogo, seguirá siendo
imprescindible, tanto si se produce como papel o a través de impulsos
digitales en una pantalla de cristal líquido".

Importa entonces lo cultural antes que lo tecno. Y hay un dato
fundamental que estalló sobre todo en los EE.UU.: la profunda crisis
de credibilidad del periodismo estadounidense que también ayuda a
erosionar el antiguo reino de la prensa escrita y del periodismo en
general.

Hace ya tres años un instituto con sede en Washington, el Proyecto por
la Excelencia en el Periodismo, alertó sobre el hecho de que el modelo
según el cual "los informadores se preocupan principalmente por la
verificación de hechos" cedió ante otro "en el cual se da información
sin hacer grandes esfuerzos para comprobar su veracidad".

En un mamotreto de 600 páginas se sostenía que la epidemia de
"publicar cualquier cosa y dejar que se compruebe o no después" se
genera parejamente en la televisión por cable, la radio o los blogs.
Antes que por los brillos tecnológicos, la nueva época de la
comunicación –decía el informe– es la de la consigna "más rápido, más
barato y menos riguroso". Un tipo de lógica que "hace mucho más fácil
manipular a la opinión pública bien sea en interés del gobierno, de
grupos de presión o de empresas".

ES LA ECONOMÍA, NERD. En un artículo publicado en la revista Mother
Jones, Eric Klinenberg, investigador de la Universidad de California,
usó el título "No es internet lo que mata a la prensa libre" para
poner el foco no en los últimos gritos de la tecnología sino en los
procesos de concentración de medios, particularmente intensificados en
los tiempos de George W. Bush. "Menos de 300 de los 1.500 diarios de
la nación siguen siendo de propiedad independiente –escribió
Klinenberg– y más de la mitad de todos los mercados los domina un
único periódico.

El número de empleados en periódicos ha caído cerca de un 20% desde
1990". La consecuencia de esos procesos de concentración, según el
razonamiento, es que estimulan "estrategias de 'cortar y eviscerar',
que generan beneficio a corto plazo a costa del tipo de periodismo que
destapó Watergate, escuchas ilegales e innumerables casos de
corrupción política".

"Lo que los ejecutivos de periódicos no exageran –decía también
Klinneberg– es la presión que reciben de los analistas de inversión y
grandes accionistas, que exigen beneficios extraordinarios
constantemente crecientes y castigan a las compañías que no logran
obtenerlos."

El artículo incluía una frase de Tim Rutten, columnista de Los Angeles
Times, un diario que ante la crisis de su tirada anunció en 2005 que
intentaría recuperar lectores mediante "artículos más cortos y más
historias de famosos". La cita decía: "Un periódico que es indiferente
a su balance no es rentable; un periódico que sólo piensa en su
balance es un negocio que no merece la pena".

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