sábado, 28 de junio de 2008

Las venas abiertas de América latina

Para pensar la tarea del escritor en estos lugares que nos toca habitar.
una crónica que hoy publica Babelia en su apartado de América Latina.

Escribir detrás de los tiros de Río de Janeiro
João Paulo Cuenca


La semana antes de embarcarme a Madrid para la Feria del Libro fui a
una fiesta en Leme, barrio de clase media de Río. Pasé parte del
tiempo en el balcón, solo, bebiendo cerveza. Miraba las ventanas de
los apartamentos del otro lado de la calle y los pequeños cuadros
iluminados me mostraban familias comiendo, casi todas frente a un
televisor.

Poco después de las siete de la tarde, a lo largo de los extensos
corredores de hormigón que en Leme y en Copacabana separan los morros
del mar, empezaron a oírse unos tiros. Primero estampidos producidos
por pistolas y luego intermitentes balazos de fusil. El carioca medio
es un connaisseur cuando se trata de identificar el ruido producido
por las armas de fuego: sabe distinguir el sonido de un revólver
calibre 38 del de una ametralladora antiaérea, o del de un AK-47, el
fusil ruso que, por estos pagos, le ha robado la popularidad al AR-15.

En Leme, donde un apartamento en la avenida Atlántica con vistas
infinitas al mar puede valer algunos millones de euros, hay una favela
en estado de guerra. No contra la policía, sino contra otra favela
controlada por el bando rival que pretende invadirla. Cuando hay un
intercambio de tiros en la Zona Sur que dura más de diez minutos,
surgen los agentes del orden. Y esto fue lo que sucedió: aparecieron
vehículos de la policía a gran velocidad, con sirenas zumbando y
fusiles ostensiblemente apuntados para fuera.

Dentro de los apartamentos, simulamos indiferencia ante el ruido de
los tiros y de las granadas que ahora empiezan a retumbar. La
anfitriona ofrece más cerveza, hace un comentario gracioso ("¡eh!, hoy
la fiesta va a acabar más tarde...") y aumenta el volumen de la música
para eclipsar el inconveniente bullicio que llega de fuera. Antes de
que todo aquello llegue a transformarse en noche buñuelesca e
interminable, decido, desoyendo todos los consejos, irme de allí.

Ya en la calle, anduvimos bajo las explosiones y la mira de las armas
como si no nos importásemos. Para distraerme de las balas, invento
oxímoros, escribo haikus en silencio, silbo una sonata de Schubert,
pienso en la distancia que me separa de la mujer que perdí. Algunos
abandonan la timidez y corren por las calles, pero la mayoría
caminamos despacio, con la cabeza erguida, los ojos fijos mirando
hacia adelante. Otros beben en las tascas donde los omnipresentes
televisores transmiten la repetición de un partido de fútbol.

Me acordé de ese poco más que banal episodio ya en Madrid donde
participaba en una mesa sobre Realidad social en América Latina y su
impacto sobre las letras. En una de las intervenciones se dijo que
muchos escritores latinoamericanos daban la espalda a la dura realidad
de sus países. Se citó el término "Belíndia", acuñado por el
economista Edmar Bacha para definir el contraste social en Brasil, y
se insistió en que algunos escriben como si estuvieran en Bélgica,
olvidándose de la "India" que hay en el seno de sus países, escapando
de una supuesta responsabilidad social en su literatura. (En el caso
de Río de Janeiro, donde la desigualdad tiene ese lado, digamos, más
belicista, podría hablarse de "Beliraq").

Después alguien preguntó, con un sentido del humor claramente
involuntario: ¿no sería inmoral que un escritor huya de su país, de la
violencia de su país?

Antes de que diga que pedir responsabilidad social y posicionamiento
moral a escritores es lo mismo que esperar talento o capacidad
inventiva de un cura, preciso decir que en mis novelas y cuentos nunca
nadie sintió hambre.

Y además, nadie disparó nunca un tiro en una favela.

Escribo crónicas para periódicos desde hace cinco años, sobrevivo en
Río de Janeiro desde hace treinta y, prácticamente, nunca me ocupé del
tema. Podría decir que esta ha sido la primera vez (y tal vez la
última). No me siento obligado a hacerlo. No siento que deba retractar
algo que no forme parte de mi extravagante proyecto literario, cuyo
rumbo está determinado exclusivamente por mí, y hasta hoy no me he
sentido influenciado por eventos tan vulgares como un tiroteo. Por
suerte, otros escritores brasileños contemporáneos, como Sérgio
Sant'Anna, Bernardo Carvalho, Joca Reiners Terron, Daniel Galera y
otros muchos más especímenes originales que podría citar aquí,
comparten esa misma libertad de espíritu.

Cuando escribo, tan extranjero soy en Madrid como en Río de Janeiro o
en París, donde me encuentro ahora. Brasil, país que adoro y detesto a
partes iguales, me interesa en la medida de mis curiosidades y de mis
mutantes obsesiones. Nada debo a Brasil y nada me debe a mí Brasil,
impuestos aparte.

El gran escritor de esta nación insular, y uno de los mayores del
planeta de todos los tiempos, se llamaba Machado de Assis y era un
carioca mulato, descendiente de esclavos. Pasó décadas siendo tachado
de alienado y despolitizado porque, supuestamente, nunca se
comprometió con los problemas sociales de su país, por entonces,
preabolicionista. Lo cierto es que Machado nunca necesitó ser
didáctico o panfletario, cosa que, lamentablemente, muchas veces se
espera de un escritor, sobre todo si es tercermundista. Las
contradicciones de aquella sociedad estaban presentes, y no podían
dejar de estarlo, en todas y cada una de sus palabras.

La libertad de no colocarse bajo ningún paraguas folclórico o
ideológico y salir a la calle, perdido en medio del tiroteo, huyendo
de la frívola fiesta en la que pudimos permanecer, obviamente no es
confortable. Pero me es muy querida esa sensación de incomodidad, y
creo que toda una generación de nuevos escritores latinoamericanos se
ha expresado a través de ella, con la libertad de escribir, incluso,
sobre sus aldeas y sus propias guerrillas. No como escritores
latinoamericanos, sino como escritores, punto. Escritores terráqueos,
si se prefiere.

En mi caso puedo decir que no escribo sobre tiros, nunca sobre los
tiros, pero, si estoy sin suerte, sí bajo los tiros. Que se reflejan
explícitamente o no en mi literatura y en mi sanidad mental. -

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