como debe ser explicado.
El director de la revista Artefacto donde cruza nuevas tecnologías y
filosofía, el mejor biógrafo que ha tenido Baron Biza (padre), un buen
compilador de la Prosa Plebeya de Perlongher y el mejor docente que he
tenido en mis frustrados estudios de posgrado.
Asi que a leer se ha dicho esta nota que asombrosamente publica
Pagina/12 (más alla de su oficialismo acérrimo de los últimos tiempos
no se puede negar que el diario siempre ha dado lugar a los
intelectuales mas respetables de este país para sus columnas y sus
reportajes, esa tradición por suerte no la ha abandonado, recomiendo
en el mismo diario el texto de Gonzalez que esta para discutir)
"El dolor está en otro lado"
El problema de la Argentina no es el hambre, sino "la injusticia
distributiva", y sus víctimas no son los productores rurales, sino los
sectores sociales más empobrecidos, dice Ferrer. Vincula las formas
que asume el conflicto con una nueva etapa de la democracia.
Por Javier Lorca
"Quizás el hecho de que asociaciones rurales antes enfrentadas hayan
unido fuerzas no responde únicamente a los intereses en común, sino
también a que los principales dilemas políticos de la época
inmediatamente posterior a la dictadura militar importan menos que
antes." Christian Ferrer, ensayista, profesor de la Facultad de
Ciencias Sociales (UBA), esboza la idea de que los modos que asumió el
conflicto entre el Gobierno y el sector agrario se vinculan a la
herencia de la crisis de 2001 y a que "las expectativas políticas del
electorado" tienen una relación cada vez más débil con el pasado
dictatorial. También plantea su desacuerdo con los colegas suyos que
han advertido la existencia de un "clima destituyente" y señala un
aspecto silenciado en el debate.
–El conflicto agrario, ¿manifiesta un antagonismo entre proyectos
sociales opuestos o sólo es una puja por la apropiación de rentas
extraordinarias sin cuestionar el modelo dominante?
–Es una disputa por la renta, y no por migajas sino por tajadas de una
torta tamaño familiar de la que comen muchos. En comparación con los
países del "Primer mundo", Argentina es pobre, porque el modelo de
necesidades y expectativas económicas proviene del Norte. En
comparación con Africa y Asia, Argentina es riquísima. Pero los
compatriotas ambicionan el estilo de vida de quienes viven en Miami o
en Barcelona, no el que permiten actualmente Cuba o India. No es
hambre el problema de Argentina, sino la injusticia distributiva de
riqueza de un país que puede nutrir, con sus exportaciones de
alimentos, a 300 millones de personas. Es curioso que los productores
de oro en cereal se presenten como víctimas de las decisiones
económicas tomadas por el Gobierno por cuanto constituyen un sector
social al que puede considerarse, desde el año 2001 en adelante,
ganador nítido de la vuelta de campana dada por la nave argentina.
Desde entonces bailan el tango patrio –en el exterior– al ritmo
contante y sonante de 3 pesos por un dólar. Es cierto que la gente del
campo hace esfuerzos, pero eso rinde sus frutos, y es cierto también
que las camionetas 4x4 les sirven para ingresar a sus campos
pavimentados de soja, pero eso no los hace pobres, muy por el
contrario. La cantidad de hectáreas que posee o alquila un pequeño
productor local lo transformaría, en numerosos países del mundo, en un
terrateniente. Una cuestión de escala. El dolor y la incertidumbre
están en otro lado, comenzando por los compatriotas que tuvieron la
mala suerte de nacer en zonas urbanas y rurales donde las semillas
transgénicas nunca dan brote alguno y que encima están sometidos a
intendentes, legisladores y gobernadores inútiles, ignorantes y
mezquinos, siguiendo por los empleados, obreros, cuentapropistas y
desempleados que viven al día, y terminando con todos aquellos que no
pueden garantizarse adecuados tratamientos médicos, odontológicos,
dietéticos, turísticos y hasta cosméticos. Puede ser que el "campo" se
divida entre "grandes" y "chicos", es decir que no todo es igual en la
pampa gringa, pero la pobreza también es múltiple, y se multiplica aún
más. En todo caso, las víctimas del "modelo dominante" son muchísimos
más que las 200 mil personas congregadas en torno del Monumento a la
Bandera.
–¿Comparte la caracterización de que la situación actual está
atravesada por un "clima destituyente"?
–No, son cucos poco convincentes. Sucesivos espantapájaros que no
resultaron tales han sobresaltado al progresismo en los últimos diez
años: Duhalde, Ruckauf, Blumberg y ahora De Angeli abollando la
cacerola. La tesis del golpe de Estado es cortina de humo, alarmismo
infundado o gimnasia intelectual de mesa redonda, y se corresponde
simétricamente con las denuncias arrebatadas de "represión
kirchnerista" voceadas por sus contrincantes. Este país no es Suiza,
ni siquiera Uruguay, y el Gobierno abusa, a veces, de la intimidación,
pero si aquí hubo un hecho grave, eso fue el asesinato de un maestro
en la provincia de Neuquén, gobernada por un candidato a la
presidencia de un partido de la oposición. Las últimas represiones
importantes en el país sucedieron durante el gobierno de Eduardo
Duhalde y en el final del gobierno de Fernando de la Rúa. Otra cosa es
que unos y otros anden a la búsqueda de escaramuzas de resultado
incierto. ¿"Clima destituyente"? En Argentina la política parece
reducirse a eso: horadar, minar los puntos fuertes del adversario. La
centralidad política que ha asumido este conflicto se debe a que el
vendaval del 2001 se llevó puestos a los principales partidos
políticos –a excepción del peronismo– que no lograron recuperarse en
las elecciones de octubre del año pasado. Justamente por eso los
opositores, y unos cuantos peronistas rezagados o insatisfechos, se
han lanzado como cuervos hambrientos a picotear de las sobras que
inevitablemente dejará la pugna entre los productores rurales y el
Gobierno. La política no admite el vacío y el campo, momentáneamente,
lo llenó, lo que permite al Gobierno designar un enemigo y
constituirse en torno a él. Es una apuesta –y una maniobra pobre– que
no carece de riesgos, pero es ineludible que todo culmine en una mesa
de negociaciones entre socios ofendidos, lo que no excluye el aderezo
de la necedad, que es el atributo psicológico mejor repartido entre
las clases dirigentes del país.
–¿Cómo se inscribe el conflicto en el devenir de la democracia argentina?
–Quizás el hecho de que asociaciones rurales antes enfrentadas hayan
unido fuerzas no responde únicamente a los intereses en común, sino
también a que los principales dilemas políticos de la época
inmediatamente posterior a dictadura militar importan menos que antes.
Ahora importa exportar soja para los chanchos chinos o transformar al
maíz en biocombustible, un insumo vital para dueños de automóviles, es
decir una tecnología cotidiana que está entre las principales causas
de muertes en calles y rutas de todo el mundo. En todo caso, la
memoria histórica, en este país, es de corto alcance porque los
argentinos prefieren huir hacia adelante. Lentamente, el recuerdo de
la dictadura está dejando de dar forma a las expectativas políticas
del electorado. Además, el conflicto es un síntoma de que algo puede
haberse fracturado en el vínculo de amplias clases medias con el
Gobierno. Ya sucedió antes: con Alfonsín, después de los sucesos de la
Semana Santa de 1987, con De La Rúa luego de la renuncia de su
vicepresidente. Antes aún, con la dictadura, al final de la Guerra de
las Malvinas.
–Más allá de las diversas posturas que han aflorado, ¿el conflicto
revitalizó la intervención de los intelectuales en el debate político?
–No sé. Abunda el posicionamiento, el narcisismo, la moralina, o el
discutir por comas y comillas. Tampoco ayuda a comprender la situación
la superfluidad de concederle al Gobierno un aura de populismo de
altiplanicie o de costa caribeña, error simétrico al de quienes gustan
de unir en un panteón pulcro a los gobiernos de Chile, Brasil y
Colombia. Se puede jugar al dominó, pero lo cierto es que son procesos
sociales y políticos, incluso étnicos, no del todo equivalentes.
Quizás algunos se sienten concernidos por la fragilidad de fondo de un
gobierno al que juzgan preferible a otros, pero si en él hay una dosis
de debilidad es más por demérito propio que por acción de los
adversarios, o porque su origen, en el 2003, fue fruto de
circunstancias históricas en las cuales la virtud y la tómbola fueron
inescindibles, o bien porque este país se parece más a un toro de
lidia que a una vaca lechera.
–¿Qué temas han estado ausentes en el debate?
–Llama la atención un silencio compartido por unos y otros: nadie
cuestiona a las políticas internas del gobierno chino, que por cierto
es una de las peores dictaduras del mundo ahora objeto de deseo tanto
de exportadores como de retencionistas. China está gobernada desde
hace sesenta años por el mismo partido monopólico que a comienzos de
la década de 1960 dejó morir de hambre a casi dos millones de personas
por causa del fracaso de la política económica conocida como "gran
salto hacia adelante", que pocos años después provocó el asesinato de
un millón y medio de opositores en la época de la "Revolución
Cultural", además de los doce millones de personas que fueron
obligadas a hacer trabajos forzados en villas rurales a modo de
educación "proletaria"; el mismo régimen que hace casi veinte años
masacró a los estudiantes congregados en la plaza Tien-An-Men y que
este mismo año reprimió, una vez más, al pueblo tibetano. Se sabe:
negocios son negocios. No es algo nuevo: en la época del general
Videla y del economista Martínez de Hoz el país se negó a unirse al
embargo cerealero contra la Unión Soviética promovido por los Estados
Unidos basándose en el lema "El enemigo (comunista) de mis amigos
(liberales) es mi cliente". Lo peor de todo son los falsos moralistas
de la oposición, abundantes en programas periodísticos de la
televisión y en columnas de opinión de varios periódicos. Que a
notorias dictaduras se les venda trigo, carne o soja por motivos
pecuniarios o políticos, o porque al país así le conviene, es
comprensible, pero que tantos moralistas de fin de semana se irriten
por la visita oficial del tiranuelo de Guinea Ecuatorial a Buenos
Aires o por los raptos de prepotencia del comandante Chávez en tanto
callan sobre los desmanes del nuevo cliente internacional de la
Argentina resulta un ejercicio de hipocresía. Es gente de lengua
bífida que prefiere negociar con dictadores de verdad y no con sus
parodias en miniatura.
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