sábado, 4 de octubre de 2008

La Russo de aquellos sábados

La quiero, la respeto, me enojé hace unas semanas con ella por algo
que dijo en un taller de escritura y aún así la sigo leyendo, ya que
es una de las pocas minas periodistas/ editoras/ escritoras que aún
bucea en las aguas profundas del lenguaje y sus efectos discursivos.
Y por que es ella una muchacha de los años setenta con todo lo que esa
definición y concepto implica es la más indicada para hablar de
aquellos años y como algunos fantasmas vulven aunque muchos no quieran
eso.
A disfrutar la Russo de los sábados ya que esa contratapa no la
deberías haber abandonado nunca Sandrita.
Buen sábado.

Setentismo
Por Sandra Russo
Después de todo cada vez que se habla de "setentismo" de lo que se
habla es de un falso setentismo; ni siquiera de un falso recuerdo,
sino más bien de una abstracción generada en la lengua a través de una
operación de poder.

Sería mejor dejarlo claro. Cada vez que se habla de "setentismo",
todos, los que estamos a favor o en contra de cualquier cosa,
entendemos algo en lo que no necesariamente pensamos. A esa palabra
que es usada en el habla común argentina como un desprendimiento de
discursos que bajan desde la política y los medios, la lengua le ha
hecho flecos, o satélites, o flechas. Esas segundas capas de sentido
no guardan una relación ajustada con lo que pasó en los '70, sino más
bien un recorte manipulado por el poder. Santucho es un nombre
setentista. Camps, no.

El tiempo ha sido encapsulado por el poder. No por el poder
gubernamental solamente, porque ya es tiempo al menos de incorporar
generalizadamente la idea de que el pensamiento crítico se inscribe
como tal contra el poder, pero el poder hace décadas que se ha
diversificado y es como esa escultura que Marta Minujín hizo para el
Tafirol. Tiene muchas caras. Opera por sobre el poder político, sin
negarlo ni compitiendo con él en la esfera pública.

Pero no es ni un gramo menos peligroso que el poder político. Todo lo
contrario. El poder político es el que participa de la democracia. El
otro participa de todo.

No voy ahora con la cita de Marx sobre la tragedia y la farsa porque
ya la sabemos de memoria. Pero incluso el hecho de que esa frase haya
ido pasando este año de boca en boca, indica una percepción general de
que hay cosas que están repitiéndose, que estamos acosados por la
sensación de un raro déjà vu, cuando en realidad la etapa que estamos
viviendo se caracteriza por rasgos muy diferentes a los que enmarcaron
al verdadero "setentismo".

La Mesa de Enlace recuerda a los patrones camioneros chilenos que
encendieron la chispa para el golpe de Pinochet. Se puede considerar
esa imagen válida para una argumentación, o se puede creer que no es
"ajustada" por diversos motivos, pero nadie discute la verosimilitud
de, al menos, la evocación. Eso no forma parte de lo que hoy se tilda
de "setentista". Nadie diría que Buzzi es "setentista". Precisamente,
lo que irrita de su perfil a los que no lo quieren –porque Buzzi
genera rechazos viscerales– es que salpica con gestos "setentistas"
(sí, haberse embanderado con una abuela de Plaza de Mayo) un rol
claramente reaccionario. Sus representados fueron, junto con el
Gobierno, los grandes derrotados de la puja por la 125.

Con la reapertura del caso Rucci, esa percepción volvió. Nadie citó la
frase, pero quedaría bien combinada con los recuerdos que trae el caso
Rucci (cuyos familiares con toda lógica quieren saber quién lo mató).
En este caso, una de las grandes diferencias con los setenta es que la
dirigencia sindical se mantiene del lado de la institucionalidad. Es
una diferencia sustancial. Lo que vuelve es entonces no un suceso
nuevo que replica uno anterior, sino un recuerdo fuerte, que sirva
para tirar tierra vieja sobre nombres de hoy. La de Rucci es una de
las páginas más negras, más irracionales del peronismo. Una vertiente
horrible para su desmesura. Todo lo oscuro sale en cuanto se abre
fuego.

Lo oscuro es imparable después que se abrió fuego. Incluso en
circunstancias legítimas, incluso del lado bueno, que según quién
puede ser cualquiera, esa última instancia que quema todas las naves
democráticas y habilita además a atenerse a oscuridades impensadas de
propios y ajenos, tiene que haber habido muchas otras derrotas
democráticas anteriores para que un crimen como el de Rucci ocurriera.
Tantas, que ya exceden lo político y entran en lo existencial.

El crimen de Rucci es "setentista". No se le llama "setentista" a un
Falcon verde, ni a una mujer que mandó postales de Para Ti a Europa
para desmentir la campaña antiargentina, ni a los morochos con lentes
y sobretodo que eran servicios, ni a los policías infiltrados en las
universidades que andaban con libros de Paulo Freire para hacer hablar
a los perejiles, ni al señor del promedio que decía "yo, argentino".
Todo eso quedó en los setenta, pero el setentismo se redujo a una
partícula de olor fuerte, a una intención soterrada, a una explicación
que no requiere más palabras. "Setentismo" huele a pólvora. Y me
permito no oler pólvora por ninguna parte, vamos.

La lengua se jacta más de lo que obliga a decir que de lo que prohíbe
decir. La lengua madejada por el lenguaje político y periodístico
chorrea significados colaterales que siguen soplando el oído de la
gente aun cuando las palabras se extinguieron. En materia intelectual,
Barthes distinguía entre "descomponer" y "destruir". Asumía que la
tarea del intelectual es "descomponer" la conciencia burguesa, no
"destruirla". No por una elección, sino por dialéctica: sin
condiciones prerrevolucionarias, como no las había en la Francia del
'50 ni en casi ninguna parte hoy, la "destrucción" implica un salto al
vacío. "Mientras que al descomponer, acepto acompañar esta
descomposición, descomponerme yo mismo en la misma medida: desbarro,
me aferro y arrastro conmigo." Esa es la razón por la que es bueno,
cada tanto, descomponer palabras.

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