sábado, 25 de octubre de 2008

El alimento de los dioses

Más palabras de gente que trabaja con la escritura.
parte de lo que Margaret Atwood  comentó al recibir su premio y creo que nos vienen tan bien como la lluvia intensa que hoy nos hizo pasar un sábado diferente.
Para pensarlo
 

El arte existe desde que existe el ser humano, como testifican las maravillosas pinturas de las cuevas de Altamira. La creación artística es un síntoma de nuestra humanidad: todo ser humano es intrínsecamente creativo, como tan bien demuestran niñas y niños.
La escritura de obras de ficción es un arte del tiempo: a través de ella los
acontecimientos se suceden, se ponen en marcha cambios; en otras palabras, la
ficción cuenta historias. Y, a través de esas historias, nos conocemos a nosotros
mismos y a los demás. Un país sin historias sería un país sin espejo: no
proyectaría ningún reflejo, y ello llevaría, en el mejor de los casos, a una
existencia fantasmal, sombría. «¿Quién soy?», se preguntarían los ciudadanos. Y
no habría respuesta. Un país así tampoco tendría corazón, pues la escritura es un
arte de las emociones. En una era de especialización, sólo el arte puede
mostrarnos la totalidad del ser humano en sus muchas variantes.
Todo, en nuestras sociedades, se ve influido no sólo por la tierra que nos sustenta,
sino por el mundo imaginativo que construimos, y en el que habitamos. Incluso
nuestras instituciones aparentemente más sólidas se sostienen en las ideas que
tenemos de ellas, en nuestra fe en su existencia. Los bancos se desmoronan
cuando perdemos la confianza en ellos, tal como se ha visto recientemente. Y lo
mismo sucede con las naciones. La función del arte, en cierto modo, consiste en
imaginar lo real y, al hacerlo, dotarlo de ser. En estas condiciones, conviene
recordar la humanidad que compartimos, una humanidad que muestra su mejor
rostro a través de la inventiva y el valor, de la flexibilidad de pensamiento y la
generosidad, y a través de la capacidad de sentir alegría allí donde amenaza el
peligro. Una sociedad rica en artes también es rica en estas cualidades. Los
economistas no pueden ponerles precio, pues no pueden cuantificarse. Sin
embargo, sin ellas las cosas no nos irán nada bien. Es preciso que nos reimaginemos a nosotros mismos. Y no sólo a nosotros mismos, sino nuestra
relación con el planeta que nos sostiene.



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