era la vida real que se trasmitía en vivo y en directo.
Muchos estabamos allí mirando y siendo testigos de un momento único en
la historia del país. Incluso el gordo Lanata que aquí nos cuenta lo
que todos vimos pero sólo él sabe contarlo.
La importancia de un NO dicho a tiempo.
Un antropólogo en la tribu de zulúes
El rostro desencajado, las contorsiones en el sillón y el nudo en el
que se transformó el jefe del bloque oficialista Miguel Pichetto
también quedará en la antología del Senado: sufría como en una final
del mundo por penales, se frotaba las manos, buscaba algo en su
bolsillo una y otra vez y pensaba –seguramente– en los insultos que
acababa de escuchar del presidente Kirchner por teléfono, mientras lo
hacía único culpable de todo.
A las cuatro y diez Cobos pidió, antes de que se ratificara la
votación y se viera compelido a desempatar, el uso de la palabra.
Desde pasada la medianoche circulaba un rumor que, en ese momento,
comenzó a sonar verosímil: Cobos vota que no y renuncia –me dijeron
dos fuentes distintas hablando desde dentro del recinto–. Cobos
comenzó a hablar pausado y refirió a un viejo incidente durante su
colimba en el Sur, en años del conflicto por el canal de Beagle.
Hablaba lento, y desde el corazón. Estaba nervioso, pero no hacía
mucho por ocultarlo. Todo el recinto del Senado lo escuchaba en un
silencio religioso. Verlo fue conmovedor: había ahí una persona; entre
tanto animal político, negociador de raza, vendedor profesional de
ilusiones, había aparecido una persona que podía decir con pudor que
tenía miedo, que vivía contradicciones.
Un antropólogo hablando en medio de la tribu de zulúes que estaba a
punto de meterlo en la olla hirviente. Dijo lo lógico, lo que
cualquiera de los cientos de miles que miraban por la televisión
hubiera dicho: el país está partido, una ley así no vale la pena, hay
que consensuar, no se muere nadie, etc., etc. Pichetto se retorcía
como un cascabel con dolor de estómago. Pidió un receso. Un cuarto
intermedio para encontrar una solución.
El delegado de K citó la Biblia: –Hagamos lo que haya que hacer, y que
sea rápido.
María Eugenia Estensoro agradeció la sinceridad de Cobos y le dijo que
le hubiera gustado acompañarlo en el receso. El resto quería sangre.
Cobos volvió a hablar. Más lento aún. Dijo que no era un traidor. Dijo
que creía que Cristina iba a entenderlo. Quise adivinar a Cristina, en
ese momento, en Olivos, pero mi imaginación fracasó. Después dijo que
No. Una persona les dijo que No. Fue increíble.
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