alcance de nuestras manos y ojos.
Interesante comentario de un escritor y analista cultural mexicano
publicado en Babelia.
Entre la imprenta y el 'zapping'
Carlos Monsiváis
En la América Latina de hoy, ¿qué papel desempeñan la novela, el
teatro, el ensayo, la poesía? Funciones muy diferentes a las ejercidas
hace apenas una generación. Ante el Internet, el predominio de las
imágenes, la proclamación (falsa) del fin de la Era de Gutenberg, y el
vigor del analfabetismo funcional, el público se recompone, se amplía,
se reduce. Y a los diagnósticos al respecto los acompañan el pesimismo
y su complemento directo, el triunfalismo, confiados tan sólo en las
fuerzas del mercado.
Lo más señalado de este momento es la globalización de la literatura y
de las artes en general, pero este proceso, iniciado en el siglo XIX,
lo obstaculizan las devastaciones sucesivas de los países. Cito
algunas:
- La caída incesante de la economía en la que a las mayorías toca (un
caso de "abismo revolvente").
- Las crisis políticas sobredeterminadas por el mundo financiero.
- El neoliberalismo que incorpora a las naciones a "la obsolescencia planeada".
- El imperio de los medios electrónicos.
- El fracaso reconocido en forma unánime del proceso educativo
(público y privado), hecho a un lado por el culto a la tecnología y
por la sobrevaloración del éxito económico, la única prueba aceptada
de acceso a la educación...
- El tipo del tipo de best sellers que se definen como "los libros que
le gustan a quienes no gustan de la lectura". (Por fortuna, lo light
no es el único campo de los best sellers).
- La tendencia académica de las especializaciones absolutas que suele
ignorar el placer de la escritura y la lectura.
- La gran importancia formativa del cine que lleva tiempo desplazando
a la literatura como criterio de modernización.
- El abandono creciente de la fe en la imaginación individual, hecho a
un lado por la manipulación tecnológica. ("En donde estuvo la
conciencia, aparecen los efectos especiales").
- El peso de la demografía y el tamaño de las ciudades.
En este panorama, muy poco del legado típico parece firme, la
repetición de fórmulas hace las veces de ánimo crepuscular, y las
demandas de la educación media representan a la tradición. Ahora, el
mayor peligro para la novela no es el culto de las imágenes (que
obliga en demasiados sitios a sólo considerar novela a la telenovela),
ni el desdén tecnológico por la letra escrita, ni siquiera la
incomunicación cultural entre los países latinoamericanos, sino la
catástrofe educativa, robustecida por el desplome de las economías y
el desprecio neoliberal por las humanidades. El neoliberalismo es, por
definición rápido, el encumbramiento de una minoría depredadora, y por
ello se privilegia a la educación privada al margen de los niveles de
calidad, y allí, con énfasis, la aptitud tecnológica es la cima, lo
que se traduce en el menosprecio por el humanismo, la adopción
ornamental de la cultura, y la burocratización en materia educativa.
Persiste el impulso cultural de una minoría, se vigoriza el fin de las
prácticas mnemotécnicas en la educación primaria (el gusto por la
poesía se inicia en su memorización), sigue el deterioro de la
profesión magisterial, desaparece la mayoría de los contextos
culturales, que habían sido el idioma compartido de los países de
habla hispana. Ahora, quien desee la difusión masiva deberá en cada
libro incluir los niveles informativos prevalecientes. Si se acude a
los conocimientos culturales "de antes", deben explicarse de inmediato
porque los diccionarios son sitios del destierro. Los niños y los
jóvenes no incluyen por lo común la lectura entre sus aficiones
básicas, sin que esto consolide en lo mínimo a las profecías
desoladoras sobre el exterminio de la lectura. El libro persiste pero
ha pasado de necesidad pública a demanda de sector, salvo casos
excepcionales, precisamente ahora en su expansión posible.
En la educación sentimental y sexual, sin embargo, el rock, el sonido
de la modernización, el hip hop, el rap y las infinitas variantes de
la tecnología aplicada jamás desplazan del todo a la cumbia, la salsa,
el vallenato, el tango, el bolero, la canción ranchera. Más allá de la
calidad de parte del rock y de las promociones industriales permanece
el canon de modelos de vida, de mitos que ajustan las sensaciones de
éxito y de fracaso, de pautas de la conducta consideradas impensables
unos años o unos minutos antes.
¿Qué reemplaza a las guías tradicionales de las metamorfosis
individuales y colectivas, a la poesía, la novela, el teatro? Con lo
anterior no insinúo siquiera que la poesía y la narrativa hayan
perdido sus facultades liberadoras y creativas; por el contrario, de
la literatura continúan desprendiéndose las grandes atmósferas
formativas, lo que certifican por ejemplo la trilogía de los Anillos
de Tolkien, la poesía de Sylvia Plath y Jaime Sabines, las novelas de
Coetzee y García Márquez. Sin embargo, en lo que a las mayorías se
refiere, el influjo mítico de los libros se ha evaporado en buena
medida, concentrándose en los sectores minoritarios que no se expanden
según los ritmos de la demografía, aunque sí determinan las
adaptaciones de cine y televisión.
Al irrumpir las leyes del Mercado, los géneros fílmicos y televisivos
se modifican con rapidez. El cine-cómic que inicia la serie de Star
Wars seduce profusamente en el mundo entero, pero ya tienen nombre los
atributos de su fascinación, los efectos especiales, anuncio de la
jubilación inevitable de la magia que atrapa a cada generación
infantil. En la mayoría de los filmes de éxito desbordado, el hechizo
radica en la alta tecnología, y la belleza o la obviedad de las
imágenes son la substancia de la dependencia de la pantalla.
En su turno, los efectos de la televisión, ante profundísimos a corto
plazo y por acumulación, suelen carecer del brillo del prestigio
íntimo, aunque esto ya se transforma gracias al muy buen nivel de las
series sobre la vida cotidiana, abordada desde la franqueza o desde la
derrota de la censura como se quiera (los primeros "clásicos": Sex and
the City, The Sopranos, 24 horas, Queer as Folk, Oz, Six Feet Under).
Y lleva tiempo que los productos latinoamericanos no permiten que las
personas, aun las menos críticas, consideren a la televisión su
cómplice ideal: "Si en el mismo espejo se contemplan todos mis vecinos
y mis parientes, yo no puedo ser Narciso". Y al no existir como
antídoto a la televisión los llamados dramáticos en el camino a
Damasco ("Saulo, Saulo, ¿por qué no me apagas de vez en cuando?"), se
difuminan las posibilidades televisivas de constituir otra vanguardia
del comportamiento.
Todavía se cumple el apotegma de Marshall McLuhan: "El medio es el
mensaje", pero casi siempre el medio es también la moraleja. -
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