jueves, 4 de septiembre de 2008

Recordando al padre de la historieta argentina en su Día.

Hoy es el Dia de la Historieta en homenaje a la aparición de Hora
Cero, publicación donde empezó a asomar tímidamente una de las obras
trascendentales del género: El eternauta.
Por ello desde acá nos sumamos al Día de la Historieta, un género con
muchísima historia, un excelente presente y, creo yo, un mejor futuro.
Por los jóvenes que se interesan por él, por los nuevos temas y por la
calidad de dibujantes y guionistas que tenemos aquí y en el país.
Habrá festejos en el Buen Pastor y en el Centro Cultural España
Córdoba con muestras y charlas diversas. Hoy el cultor del género en
esta ciudad Ivan Lomsacov lo cuenta detalladamente en el suplemento
cultural de La Voz, por si quieren saber.
Desde aquí nuestra celebración será recordando la historia de quien
escribió la obra cumbre del género y quien preanunció la tragedia que
en pocos años nos llegaría a cubrir a todos.
Una historia terrible que merece ser conocida y estudiada. Para saber
como fueron aquellos años y como el autoritaritarismo maltrata al
arte y sus artistas.
Comparto este dossier que en el diario El país le dedicó semanas atrás
contando la histroia que muchos acá no se atreven a hacerlo todavía.
Es largo y denso pero vale la pena. Allí donde dice tebeo estamos
hablando de comic o historieta.
Buen jueves y a cuidarse del frío.

El desaparecido HGO (una historia argentina)
Manuel Rivas

Un caso estremecedor de aniquilamiento de una familia de gente
progresista, de artistas. Entre 1976 y 1978, los militares de la
tétrica dictadura argentina persiguierion, secuestraron, torturaron y
asesinaron a Héctor Germán Oesterheld –el fantástico guionista de 'El
eternauta', un personaje que creó escuela y ya es todo un clásico del
cómic– y sus cuatro hijas. 'El eternauta' fue su gran creación
premonitoria del horror.

En el lenguaje de El Eternauta, Héctor Germán Oesterheld (HGO) cumple
ahora 87 años. Hijo de padre alemán judío y de madre vasco-española,
HGO nació en Buenos Aires el 23 de julio de 1919. No hay fecha para su
muerte. En la historia dramática de la humanidad, tal vez el eufemismo
más terrible es el de "desaparecido". El dictador argentino Videla es
autor del siguiente aforismo: "No están vivos ni muertos; están
desaparecidos". HGO es un desaparecido. El número 7.546 (en la lista
Conade, Comisión Nacional de Desaparecidos). Se sabe que en la
Nochebuena de 1977, sus captores le dejaron cinco minutos de visión,
sin capucha, que saludó uno por uno a sus compañeros de cautiverio y
que cantó con un joven detenido-desaparecido la canción Fiesta de Joan
Manuel Serrat. De forma premeditada, sus hijas también fueron hechas
desaparecer, por este orden: Beatriz (19 años), Diana (23), Estela
(24) y Marina (18). HGO es uno de los más extraordinarios creadores de
aventuras del siglo XX. Cambió el perfil del héroe. El Eternauta, su
principal creación, una estremecedora ficción premonitoria, atraviesa
las fronteras políticas y de los géneros literarios y se erige en un
clásico para mayor número de lectores cada día. Una obra homérica del
cómic que interpela al género humano.

Lo dijo El Negro

"Después de leer a Oesterheld ya no admitiríamos leer cualquier cosa".
No lo dijo cualquier crítico boludo en un rapto magnánimo. Lo dijo El
Negro. Lo dijo Roberto Fontanarrosa. Respetado por cualquier barra,
canallas o bostas, y en cualquier cancha de fútbol o literatura.
Incluso al fondo y a la izquierda, en cualquier redacción, donde se
suelen sentar los censores. Y los cínicos. Eso lo dijo Enrique Medina,
lo del lugar donde se sientan los censores. Tuvo el valor de ir allí,
a la oficina de censura, justo antes del golpe, a preguntar por su
libro Las hienas, qué puntería. Y después recibió una llamada de
teléfono: "¡Sos boleta!". Qué manía con los eufemismos. El miedo que
meten los eufemismos. Mejor que te digan: "Se te ha acabado el permiso
del enterrador". Bueno, a lo que íbamos. Hay dos factorías
maravillosas en la historia de Argentina: el fútbol y la historieta.
El Negro Fontanarrosa era un experto en ambas. Creo que el mejor
cuento de fútbol que leí fue la historia de Cardaña, el número 5 del
Peñarol, primero apodado El Hombre y más tarde, con mayor precisión,
El Hombre de Neanderthal. Cardaña, bruto y sentimental, va a visitar
por caridad al hospital a un niño en estado grave y aquel hincha
botija, con los días contados, recibe al ídolo como se merece: "¡Hijos
de puta! ¿Cómo pueden perder con esos chotos del Nacional?". Así era
El Negro escribiendo. No cedía ni un centímetro. Ni una lágrima
gratis. Fue él quien vino a decir: "Y después de Oesterheld, ¿qué?".

Escribir como un loco

Cuando estudiaba geología en la universidad, ya trabajaba de corrector
y escribía historias como un loco. Cuando trabajaba como especialista
en "oro y platino" para el Banco de Crédito Industrial de la República
Argentina, hacía notas de divulgación y escribía historias como un
loco. Cuando andaba por los montes y las llanuras como un Robinsón
Crusoe escribía historias como un loco. Le ofrecieron trabajar en Pato
Donald y aceptó, porque no era un apocalíptico de la cultura y lo que
le gustaba era escribir historias como un loco. Y escribió literatura
infantil, mucha con el seudónimo de Sánchez Puyol. Fue un tiempo de
esplendor para el género en la Argentina de los años cuarenta y
cincuenta, con Gatitos y Bolsillitos. Le gustaba escribir para la
infancia. "Siempre al bebito se le trata como tonto". Sería también
una edad de oro para la historieta argentina, cuando fundó con su
hermano Jorge la editorial Frontera y con dos publicaciones periódicas
que harían historia. Hora Certo y Frontera rondaban los 100.000
ejemplares. ¿Y qué hacía HGO metido en la industria cultural? Escribir
como un loco. En treinta años, los guiones para al menos 150 series de
historietas en los que colaboró con medio centenar de dibujantes.
Siempre prolífico y exigente. ¿Por qué eligió la historieta? ¿Podía
haber sido un gran escritor? Es muy enriquecedor hablar con Martín
Mórtola y Fernando Oesterheld, sus nietos. "Quería romper ese dilema
tramposo de alta y baja cultura. No tenía prejuicios elitistas. Quería
llegar a la gente y no lo consideraba incompatible con la calidad. Ésa
es otra de las lecciones de El Eternauta, una obra de vanguardia que
llegó a la gente, una gran aventura, y una literatura extraordinaria".
Guillermo Saccomanno, en Escritura y memoria, plantea un sugerente
paralelismo: "Si el Martín Fierro, un poema criollo y popular, pudo
plantarse como la gran novela fundadora de nuestra literatura, ¿por
qué no tirar de la cuerda y afirmar lo mismo de esta historieta que se
llamó El Eternauta?". Borges estaba cautivado por el universo
Oesterheld. Además, HGO era un extraordinario suministrador de
ciencia-ficción… Y no tan de ficción. "Leía las revistas científicas
más avanzadas de todo el mundo", recuerda Elsa Sánchez, su mujer.
Llenó Argentina, y otros países, de gente interesante. Ray Kilt,
Sargento Kira, Indio Suárez, Bull Rocket, Ernie Pike, Ticonderoga,
Randall the Killer, Sherlok Time… Y el grupo, el héroe colectivo, de
El Eternauta. Cuando pasó a la clandestinidad, y se sabía perseguido
por Los Ellos, ¿qué hacía Oesterheld? "Escribir como un loco". Lo
cazaron, lo hicieron desaparecer, lo chuparon. ¿Qué hacía Oesterheld?
Ana María Caruso, desde el cautiverio del centro clandestino de
detención llamado Sheraton, consigue escribir una carta que figura en
el informe Nunca Más de la Comisión Nacional de Desaparecidos: "Ahora
está con nosotros El Viejo, que es el autor de El Eternauta y El
Sargento Kirk. ¿Se acuerdan? El pobre viejo se pasa el día escribiendo
historietas que hasta ahora nadie tiene intenciones de publicarle".
Escribía como un loco.

Barro en los borceguíes

Nadie que haya leído El Eternauta admitiría leer después cualquier
cosa. Le habrá cambiado la mirada. Es una de esas obras que responden
a la demanda de Kafka, la de "morder en la estupidez". O a la de
Cioran: "Un libro ha de ser un peligro".

–¿Qué hacer? ¿Qué hacer para evitar tanto horror?

¿Quién grita eso? Es el guionista, Oesterheld, al final de El
Eternauta. No está fuera, sino dentro, en una viñeta. Una de las
rupturas de Oesterheld fue implicarse en la obra como personaje. Un
atrevimiento formal, que acabará teniendo muchas implicaciones.
Estamos en 1957. Francisco Solano López (Buenos Aires, 1928) lo hace
reconocible. Lo dibuja con sus trazos. Al comienzo de la trama, El
Eternauta se le aparece al guionista en la buhardilla donde trabaja y
le relata su historia de aventurero perdido en la eternidad. Al final,
El Eternauta consigue regresar a su hogar, con su mujer e hija, que le
reprochan haber tardado media hora en ir a buscar pan. ¿Media hora? El
guionista, es decir, Oesterheld, nuestro HGO, trata de disuadir a El
Eternauta. ¡Todo lo que le ha contado, todo lo que se avecina! La
nevada mortal. La invasión dirigida por un poder oscuro, Los Ellos,
que utilizan para sus propósitos a los monstruosos Cascarudos y a los
inteligentes Manos, esclavos del miedo, que a su vez convierten a los
humanos supervivientes en hombres-robot. Pero El Eternauta ya no
reconoce al guionista. Ha perdido la memoria del futuro al volver al
pasado. La memoria es transferida al guionista. ¿Quién es ahora El
Eternauta?

Estamos en 1957. HGO grita desde el tebeo: "¿Qué hacer? ¿Qué hacer
para evitar tanto horror?". Es en la primera versión de El Eternauta.
En 1969 habrá una segunda versión, dibujada por Alberto Breccia, y en
la que las coordenadas geopolíticas son más concretas. La publicación
resulta muy polémica. La revista Gente fuerza el final. El Eternauta
empieza a ser un personaje inquietante, demasiado verosímil. En 1976,
con dibujo de Solano López, se publica una prolongación de la
aventura, una segunda parte. Se trata de un proceso muy accidentado.
Guionista y dibujante apenas se ven. A HGO le pisan los talones Los
Ellos. Dicta capítulos desde cabinas telefónicas. Las últimas veces
que acudió a la editorial Récord, donde iba a publicar El Eternauta
II, siempre andaba a deshoras, como una silueta. Sólo lo delataba "el
reguero de barro seco de sus borceguíes" en la alfombra. Y es que HGO,
entre otros lugares, buscaba refugio en la isla de Tigre.

La tecnología del infierno

Habían llegado Los Ellos, como llamaría El Eternauta a los dictadores.
En el prólogo de Ernesto Sábato para el informe Nunca Más, donde se
documentan los horrores de la dictadura y la usurpación del Estado por
una mafia uniformada, se dice: "De nuestra información surge que esta
tecnología del infierno fue llevada a cabo por sádicos pero
regimentados ejecutores". Entre miles de desaparecidos, la "tecnología
del infierno" se llevó a HGO y a sus cuatro hijas. Habían pasado a la
clandestinidad cuando comenzó la dictadura argentina, que se
prolongaría durante siete años crueles (1976-1983). El único cuerpo
que pudo recuperar Elsa fue el de Beatriz. Ella, con 19 años, fue la
primera víctima de Los Ellos. El 19 de junio de 1976 llamó a la madre
y se citaron en una confitería. Dos días después, en un tren, camino
del trabajo, un joven trajeado, muy nervioso, se acercó a Elsa para
decirle que su hija había sido secuestrada por una patota o "grupo de
tareas" del Ejército. Elsa Sánchez de Oesterheld comenzó el
peregrinaje para recuperar a Beatriz. Pero, en verdad, había caído una
"nevada mortal" sobre Argentina. Se encontró con muros de silencio.
Con conocidos que la desconocían. Incluso un sobrino y sacerdote
poderoso, Jorge Oesterheld, hoy portavoz de la Conferencia Episcopal
argentina, prefirió "mirar hacia otro lado". Elsa fue consciente
también de que se había convertido en un "peligro" para sus hijas.
Todos sus movimientos eran vigilados para llegar a ellas y a HGO. De
alguna forma, ella también era una desaparecida en aparente libertad.
El exterminio programado de la familia de HGO siguió adelante. El 4 de
julio de 1976, en Tucumán, cayó Diana, de 23 años, embarazada. El 27
de abril de 1977 fue secuestrado HGO. El 14 de diciembre del mismo año
desaparece Estela, de 24 años. Su última carta lleva esa fecha. En
ella dice: "Mamita: Marina hace un mes que no está con nosotros".
Significa: Marina ha desaparecido. Tenía 18 años.

La tortura metafísica

Inspirados en el nazismo, el franquismo y la guerra argelina, Los
Ellos, con sus patotas de Gurbos, Cascarudos, Manos y Hombres-Robot,
aplicaron la tecnología del infierno a una escala industrial. Para
hacer desaparecer los cuerpos utilizaron una variante diferente de la
incineración: los vuelos de la muerte. Quizá calcularon que la
desaparición submarina de miles de personas sería inodora, inocua,
imperceptible. El mayor detective de la historia, Sigmund Freud, había
escrito: "Censurar un texto no es difícil, lo difícil es borrar sus
rastros". Los verdugos ignoraban que el cuerpo humano es también un
texto. Y ésa es la verdad de fondo de El Eternauta, su potencia
pasados tantos años. "La persistencia de El Eternauta es en sí misma
una práctica de la memoria", escribe Judith Filc. En el primer
aniversario del golpe militar, el 24 de marzo de 1977, otro genial
eternauta argentino, el escritor Rodolfo Walsh, compañero en muchos
sentidos de HGO, envía por correo y distribuye clandestinamente la
Carta abierta de un escritor a la Junta Militar, uno de los pasquines
de denuncia más estremecedores de la historia, en el que da a conocer
al mundo la dimensión del genocidio, con 15.000 desaparecidos en aquel
entonces. "Han llegado ustedes a la tortura absoluta, intemporal,
metafísica". La palabra metafísica aquí, asociada a la tortura, pierde
toda su abstracción para expresar lo inconmensurable del horror
carnal. Una de las veces que registraron su antiguo domicilio, donde
sólo vivía Elsa, el oficial cascarudo al mando del "grupo de tareas"
explicó que andaban a la caza de Héctor, El Judío. Elsa replicó que
era hijo de un estanciero alemán y madre española. Añadió: "Y si es
judío, ¿qué?". Entre los precedentes que inspiraron a Los Ellos para
poner en marcha la "tecnología del infierno", la tortura y
desaparición forzada de miles de personas como HGO y sus cuatro hijas,
figuran métodos nazis como el decreto Nacht und Nebel, derivado de la
orden de Hitler: "En la noche y en la niebla". El texto de este
decreto, reconstruido en el tribunal de Nuremberg, desaconsejaba la
entrega del cuerpo del eliminado a su familia. Se trataba de
"diseminar el terror" para minar toda resistencia. En el tiempo en que
fue detenido HGO, en 1977, el general Ibérico Saint Jean, gobernador
de la provincia de Buenos Aires durante la dictadura, y bajo cuyo
mandato se produjo la Noche de los lápices (desaparición y asesinato
de un grupo de adolescentes), declaró en público y esta vez sin
eufemismos: "Primero mataremos a los subversivos; después, a sus
simpatizantes, y por último, a los indiferentes".

Entre los miles de desaparecidos figuran cien poetas, escritores y
guionistas de historietas. Otro de Los Ellos, un colega militar del
general Ibérico, el entonces jefe del III Cuerpo, Luciano Menéndez, y
responsable de la mayor quema de libros, efectuada el 29 de abril de
1976, declaró: "De la misma manera que destruimos por el fuego la
documentación perniciosa que afecta al intelecto y nuestra manera de
ser cristiana, serán destruidos los enemigos del alma argentina". Los
Ellos, como Creonte, castigando más allá de la muerte. Gritándole a
Antígona, a las hijas de Oesterheld: "Si tu naturaleza es amar, ve
entre los muertos y ámalos. Mientras yo viva, no mandará una mujer".

Torturar a Ernie Pike

Cuando creó Ernie Pike, uno de esos grandes personajes que cambiaron
el perfil del héroe, para hacer tipos complejos, de madera humana y no
de palo, los primeros episodios los dibujó Hugo Pratt. Y él se quedó
perplejo cuando vio la historieta: El rostro de Ernie Pike,
corresponsal de guerra que siempre pone en duda las versiones
oficiales, era el suyo.

Eso también lo supieron ver los torturadores. Reconocieron en HGO a
Ernie Pike. Así que le pegaron duro a Ernie Pike.

Elsa Sánchez de Oesterheld me cuenta otra historia que la dejó sin
habla. Hace unos años, en 2002, al término de un acto, se le acercó
una mujer que había estado detenida-desaparecida en la Esma (Escuela
de Mecánica de la Armada, desde donde se calcula que se hicieron
desaparecer cerca de 5.000 personas) y que había sobrevivido al
cautiverio. Era médica de profesión y le contó que un día Alfredo
Astiz, oficial de la Esma, conocido como El Ángel de la Muerte, sacó
de un cajón de su mesa un libro y le dijo, más o menos: "Toma, lee
esto. Es el mejor libro de Argentina". Se trataba de El Eternauta.
Allí, uno de los personajes se lamenta: "Todos desaparecidos… como si
no hubieran existido nunca".

Un encargo para HGO

Estamos en 2008. El 23 de julio, de vivir, Héctor Germán Oesterheld
habría cumplido 87 años. Su condición terrenal es la de "desaparecido"
forzado. Fue secuestrado por uno de esos eufemismos criminales
denominados "grupos de tareas" y estuvo recluido en al menos tres
cárceles clandestinas, es decir, no-lugares, Campo de Mayo, El Vesubio
y Sheraton, donde se le conocía como El Viejo. Los indicios, las
evidencias circunstanciales, hacen suponer que HGO murió a principios
de 1978. No hay cuerpo. La negación era la respuesta sistemática a los
miles de recursos de hábeas corpus. Por lo que se sabe y va sabiendo,
HGO, al principio, sufrió maltrato y tortura. Después, promovido por
un militar, hubo un intento de implicarlo en la escritura de una
biografía del liberador San Martín. Al fin y al cabo, Oesterheld había
triunfado como biógrafo. Ya en 1951, cuando hacía literatura infantil,
Perón quiso que le escribiera una biografía. Supo decir que no. Su
mujer, Elsa, piensa que desde que escribió La vida del Che, ilustrada
por Alberto Breccia y su hijo Enrique, HGO estaba marcado. Se publicó
en 1968, en plena dictadura de Onganía. El editor le había propuesto
que apareciese como obra anónima, pero Héctor respondió: "Un personaje
como el Che no merece que su trabajo se haga a escondidas". Tuvo un
éxito fulgurante. La primera edición se agotó en un mes. Pero la
editorial fue allanada. Breccia y Oesterheld, amenazados de muerte.
Luego ocurrió algo curioso. Una llamada desde la Embajada de Estados
Unidos. Le propusieron algo similar, una biografía de ese estilo, tan
viva, tan directa, pero dedicada a John F. Kennedy. HGO declinó. Ya
estaba preparada la de Evita. No se editó. Se habían acabado las
biografías. ¡Y ahora en el cautiverio le vienen con San Martín! No se
sabe adónde llegó ni qué fue de las notas. ¿La vida de San Martín
contada por Oesterheld? Los Ellos se habrían dado cuenta del desliz:
de realizarse la biografía, tendrían que hacer desaparecer a San
Martín. Las estatuas se pondrían a hablar. Tendrían que arrojarlas al
fondo del mar.

Una extraña visita

La mayor tortura a la que debieron de someter a Oesterheld, además del
tormento físico, fue mostrarle las fotos de sus hijas muertas. Allí
estaban Los Ellos, al estilo Creonte, castigando más allá de la
muerte. Mostrando los cuerpos sucesivos de Antígona. A Elsa sólo le
devolvieron el cuerpo de la primera eliminada, Beatriz, de 19 años.
"La que más se parecía al padre". Después cayó Diana, de 23 años, con
su pareja, Raúl. La tercera fue Marina, de 18 años. Sobrevivía Estela,
la mayor, de 24 años. Existe un testimonio de cuando estaba cautivo en
la cárcel clandestina del Campo de Mayo. Juan Carlos Scarpatti contó:
"Yo no lo conocía personalmente y… bueno, me llamó la atención. Lo vi,
digamos, como golpeado, o sea, como con mucha angustia y… bueno, me
acerqué, le pregunté qué le pasaba. Me dijo que le habían mostrado las
fotos de las hijas…muertas". Pero la noticia de la caída de Estela y
de su marido, también llamado Raúl, la tuvo cuando los carceleros del
Sheraton le dijeron que tenía una visita especial. El hotel Sheraton,
eufemismo del chupadero, el no-lugar, era otro centro de detención
clandestino, situado en un sector oculto de la comisaría de Villa
Insuperable, dentro de la ciudad. Era el 14 de diciembre de 1977. La
"visita especial" era de un niño de tres años. Su nieto Martín. Ese
día habían matado a los padres. El recuerdo de Martín ahora es el de
haber estado sentado horas con su abuelo "en un pasillo horrible con
paredes de látex azul brillante". No podemos dejar de verlo como un
episodio de El Eternauta arrancado a la realidad. El Viejo y el nieto
que apenas ha podido conocer, juntos en un no-lugar, en un chupadero
de gente. Hay 800 niños robados en la época de Los Ellos, de los que
sólo 90 han podido ser devueltos a sus familias originarias. Otra
ramificación de la "tecnología del infierno". De hecho, dos nietos de
HGO y Elsa, bebés de Diana y Marina, forman parte de los
desaparecidos. La aparición de Martín en el chupadero, el que alguien
decidiera llevarlo con El Viejo, a quien se suponía muerto, tiene una
interpretación morbosa, pero también se puede ver a la luz de El
Eternauta. Tal vez fue cosa de un Mano. Los Manos, subalternos muy
inteligentes de los Ellos, se hacen desobedientes cuando deja de
funcionar la "glándula del horror". Por una vez, Oesterheld dio una
dirección. La de los padres de Elsa. Y de allí, Martín fue llevado con
la abuela. Antígona, desde la muerte, enviaba una señal.

El gorrión peleador

Ana di Salvo, psicóloga, compañera de cautiverio de HGO en el centro
de detención ilegal de El Vesubio, me cuenta que se mantenía distante,
desconfiado. Eso fue en mayo del 77, así que no hacía mucho que lo
habían detenido. "Nos dijeron: 'Va a venir El Viejo'. Yo, al
principio, no sabía quién era. No sabía la historia de El Eternauta.
Él tenía un problema en la piel, granos en la cara y en la cabeza.
Había una doctora entre las chicas prisioneras y le ofrecimos una
pomada. Pero él no quiso. Desconfiaba. Una noche en que hacía mucho
frío, dormía en un suelo de madera, le dimos una frazada. La aceptó.
Pero con desconfianza. Por la mañana se lo llevaban y lo traían a la
noche. Comentó que lo tenían haciendo una historia sobre San Martín.
Le hablé de mi hijo Luciano. Le pedí un poema, una pequeña historia
para él. Pero no hubo tiempo. Después de estar desaparecida sin
explicaciones durante 73 días, me devolvieron a casa. Todo el tiempo
pensando que te van a matar. Y en el trayecto, ante el paisaje, uno de
los secuestradores comenta: 'Buen sitio para venir a cazar'. Y yo, no
sé cómo, le digo: 'Hay que respetar la veda'. Se quedó perplejo. Las
cosas suceden así. Mi hijo Luciano, a la vuelta, me rechazaba. Pensaba
que lo había abandonado a propósito. Un día le compré un cuento
infantil titulado Chipió, el gorrioncito peleador. A Luciano le
gustaba mucho la cara de aquel pajarito. Aprendió a leer con él. Me
reconcilió con él. Yo no sabía que lo había escrito El Viejo. Usaba
seudónimo. Muchos años después, en una exposición sobre Oesterheld, le
conté la historia a Martín, su nieto, y él me dijo: 'En ese cuento
estaba lo que mi abuelo escribió para tu hijo".

La última carta

Lleva por fecha el día que la asesinaron, el 14 de diciembre de 1977.
La última carta de Estela a su madre. Es breve, escrita con una
intensa premura, pero sin desaliño, con una caligrafía que intenta no
desfallecer. Cada carta, cada nota, en aquellos días, tenía una
textura nerviosa. Da la impresión de que la carta a Elsa es también
una carta necesaria que Estela se escribe a sí misma. No es difícil
imaginarla murmurando hacia dentro, empujando el trazo para darle a
Elsa la noticia de la muerte de Marina sin nombrar la muerte. Como en
El Eternauta, el tiempo de la carta es un Continum 4, una especie de
futuro del pretérito: "Marina ya no está con nosotros y ese dolor ya
no hay nada que lo pueda mitigar, pero quiero que sepas que murió
heroicamente como vivió". Consonantes y vocales se apiñan en un
presente recordado: "Creo que tenemos que estar orgullosos de ella,
como de Bi (por Beatriz), de Di (por Diana) y de Dad (por Héctor), y
quiero que sepas que estoy orgullosa de vos (por Elsa)". Esta última
afirmación tiene mucho significado. Va más allá de la cortesía filial.
Todos los citados han desaparecido. La feliz camada de Beccar está a
punto de ser exterminada. Elsa, la madre, antiperonista, tan racional
como intuitiva, "muy celta", dice ella, no les ha acompañado en su
compromiso revolucionario. Ha discutido con dureza con HGO, con el
hombre que ama. Sí, está de acuerdo con él. Es una juventud
maravillosa. Culta, rebelde, linda. La mejor generación que tuvo
Argentina. Como Héctor, Elsa comparte su música, salta de Mozart a
Janis Joplin, ¿por qué no?, sus gustos artísticos, su estilo de vida
libre, una sexualidad sin tabúes, su aversión a la injusticia. Todo
eso, dice Elsa, lo compartía. Pero ella, la mujer que fue tan feliz en
Beccar, en aquella casa que era a la vez como el taller del artista
romántico, donde "todo bullía y cantaba", donde todos llegaban y nadie
quería marchar, nadie quería apagar la luz, las chicas no querían ir a
fiestas ni a clubes, donde encontraban "gente tonta", no, no, querían
estar allí, en Beccar, con sus amigos y los de los padres, dibujantes,
músicos, artistas, escritores, gente que traía historias; ella, que
conoció el paraíso, pudo distinguir bien el traqueteo de la maquinaria
del horror que se acercaba. Sí, discutió con HGO. No acababa de asumir
aquella metamorfosis en el Oesterheld que quería y admiraba, el hombre
tranquilo, ilustrado, progresista y más bien libertario, por la
influencia de sus amigos anarquistas españoles exiliados, con esa
mirada antidogmática que es la de sus héroes. HGO no era nada
elitista. Su propia opción literaria, el guión de historieta, lo
demuestra. Pero denostaba el populismo peronista. HGO cambió.

Su obra principal contiene también las huellas de una biografía
subyacente. Entre el primer Eternauta (1957) y la segunda versión
(1969) hay una revolución óptica. Las referencias geopolíticas se
hacen muy concretas. América Latina es abandonada a su suerte. Y
Ellos, los oscuros poderes cósmicos, son las grandes potencias. HGO se
radicalizó, pero también el suelo se movía a los pies. Las hojas del
calendario se caían de miedo y asco. El golpe de Aramburu, en 1956,
con la Operación Masacre, que contará de forma genial Rodolfo Walsh.
El golpe de Onganía, en 1966, con la noche de los bastones largos,
cuando fueron cruelmente apaleados los profesores y alumnos de la
Universidad de Buenos Aires, mientras eran conducidos a los coches
celulares. El mandato de Lanusse, en 1972, con la masacre de Trelew.
En todo este calvario de desdichados fastos y calamitosas salvaciones,
el país vio una "chispa de esperanza" en la gran movilización cívica
que arrancó con el cordobazo. A continuación, y acudiendo a la
oftalmología, podríamos decir que se pasó de un estrabismo divergente
a otro convergente. Y el punto de convergencia fue otra vez Perón.
Gran parte de la izquierda argentina se injertó en el tronco
peronista. Para muchos era la esperanza posible. Una alianza frente a
Los Ellos. Y allí estaba HGO con sus hijas. Elsa, no. Elsa mantenía la
distancia cuando de la música se pasaba a las palabras. Y allí estaba
también Rodolfo Walsh con sus hijas Vicky y Patricia. Casi siempre se
cita A sangre fría, de Truman Capote, como obra inaugural de la
narrativa del "nuevo periodismo". Es por ignorancia hemisférica. La
primera fue Operación masacre, de Rodolfo Walsh, en 1957, el año en
que nació también El Eternauta. Walsh, de origen irlandés, era
entonces también antiperonista. Prefería jugar al ajedrez que la
política e incluso la literatura. Pero un día, camino de casa, oyó el
grito de un soldado moribundo: "¡No me dejéis solo, hijos de puta!".

Pero la vuelta de Perón, el gran día de la resurrección nacional,
pasará a la historia por la "matanza de Ezeiza". Allí, en el
aeropuerto, se inició el exterminio de la "juventud maravillosa". Más
de treinta muertos y trescientos heridos en el que iba a ser el día
más feliz. El halago se convirtió en condena: la "juventud imberbe".
Perón falleció cuando se acercaba el día de la "nevada mortal". El
prócer había regresado con la momia de Evita y con un espectro de
Evita, Isabel, manejado por un siniestro prestidigitador, el
secretario López Rega, organizador de la Triple A, que mezcló la
brujería con la producción industrial de la muerte. Se multiplicó el
doble empleo. Muchos que ejercían de día de jefes de policía ejercían
de jefes de la Triple A de noche. Hasta que vino el gran eufemismo. El
Proceso de Reorganización Nacional. Es decir, el golpe militar con
toda su red de poderosas complicidades. Era el régimen de Los Ellos. Y
se puso en marcha, a pleno rendimiento, la "tecnología del infierno".
Walsh denuncia: "Las 3 A son hoy las 3 Armas, y la Junta que ustedes
presiden no es el fiel de la balanza entre 'violencias de distinto
signo' ni el árbitro justo entre 'dos terrorismos', sino la fuente
misma del terror que ha perdido el rumbo y sólo puede balbucear el
discurso de la muerte". La carta de Estela a Elsa terminaba diciendo:
"Hay mucho por dar todavía en esta vida y muchas razones para seguir
adelante". Ese día, después de enviar la carta, la cazaron.


Oesterheld,Hugo Pratt y Elsa

"Él escribía a mano. Odiaba la máquina de escribir. Por eso aprendí
taquigrafía y mecanografía. Para ayudarle. Después de casarnos,
pasamos cuatro años en un departamento chico, en el barrio Desarrollo.
Él entonces investigaba minerales. Amaba la naturaleza áspera, dura.
La estepa donde no había nada.

Cuando lo conocí era un misántropo.

Nacieron una tras otra las nenas. Ya dibujaba. 'Papu, dibujitos'. Les
hacía monigotes todo el tiempo. Leía todo. Recibía revistas en alemán,
italiano, inglés, francés. Tenía muchísima información. Le interesaban
los descubrimientos científicos, todo aquello que se movía en el
límite de la ciencia-ficción. A Borges le encantaba charlar con él.
Las chicas se enteraron. Un día se fueron los cinco. Y allí estuvieron
con él, en la penumbra de la Biblioteca Nacional.

Sí, tenía conocimientos extraordinarios, enciclopédicos. Un día, Hugo
Pratt le muestra muy ufano unos dibujos. Un nuevo héroe. Un soldado en
la época de la conquista del Oeste. Héctor le dice: 'Está muy bien,
pero tendrás que volver a dibujarlo. No puede llevar ese tipo de arma.
La culata no era así'. Hugo se sentó, suspiró, gritó: '¡Lo mato, lo
mato! Dime, Héctor Oesterheld, ¿a quién le va a importar cómo era la
culata?'. 'A mí', respondió Héctor.

Todo estaba lleno de libros. También el garaje. Todo. Leía sesenta o
cien historias a la vez. Así que Héctor se levanta. Va hacia el
garaje. Un pandemonio. Cuando me ponía a arreglarlo, él se
desesperaba. Revuelve en la maraña. Y al final vuelve con lo que
buscaba en la mano. Se lo pasa a Hugo.

–Aquí está –le dice–. Así debe ser el arma.

Era muy deportista. Jugaba al tenis. El fútbol le gustaba, pero para
verlo. Tenía una fijación con el estadio del River. Cuando iba al
centro, siempre se pasaba por allí. Y es en ese estadio donde
transcurre una batalla decisiva de El Eternauta. Fue un tiempo
idílico, un paraíso, la casa de Beccar. Eso ya lo conté, ¿verdad?

Cuando llegaron los dibujantes italianos, eso fue antes, también fue
una época maravillosa. Entre ellos, Hugo Pratt. ¡Medio locos, los
tanos! Era un lindo muchacho. Tenía un carisma único. Todos los días
se caía por casa. Venía con apetito. Le preparaba algo para cenar.
Había amigas que me preguntaban: '¿Vos no te enamorás de este chico?'.
Todas se enamoraban…".

¿Y?

Elsa, la Elsa que recuerda, también está ahora en la cocina preparando
algo para cenar. Uno se imagina allí, en el quicio de la puerta, en
Beccar, a Corto Maltés, el mítico personaje de Pratt. Murmuro: "Tal
vez era él el enamorado". Elsa escucha en silencio. Y zanja la
conversación sobre amores con un gesto irónico, una interjección
trazada en el aire.

La memoria

Marcelo Brodsky, el artista y fotógrafo creador del parque de la
Memoria de Buenos Aires, se enteró de la desaparición de su joven
hermano Rubén en una llamada desde una cabina telefónica. Él estaba en
España, exiliado. El universo tuvo, de repente, la dimensión de una
cabina. "La ausencia de un desaparecido nunca termina. ¿Cómo se les
cuenta a las nuevas generaciones? ¿Cómo se narra semejante horror? En
el parque de la Memoria, cada recorrido es una nueva forma del
recuerdo. Caminamos entre estelas que se apoyan, que se sostienen,
donde lo colectivo es un entrelazamiento".

A la hora de hablar del hermano, Brodsky juró que lo haría como si
estuviera oyendo a Julio Fusik, en el Reportaje al pie del patíbulo:
"Que la tristeza no sea nunca asociada a mi nombre".


La eternauta

Cuando Elsa y Héctor se casaron, él trabajaba para aquel banco de
crédito minero, analizando muestras de metales preciosos. Gran parte
de su trabajo lo hacía sobre el terreno. Le gustaba andar. Recorrer
solitario los grandes espacios. El viento patagónico en la cara. "Es
un trabajo duro, puede ser destructiva esa soledad del geólogo, conocí
gente que se alcoholizó", dice Elsa. "Pero él amaba esa relación
solitaria con la naturaleza. Amaba todo en la naturaleza. Los
caracoles nos comían las rosas y yo le decía que les pusiera veneno,
pero Héctor exclamaba: '¡También ellos tienen derecho a vivir!'. Yo le
decía: 'Oye, que la celta panteísta soy yo, pero no quiero que me
coman las rosas'. Le ofrecieron un buen trabajo, pero eso significaba
la separación. Y fue cuando se decidió por el mundo editorial".

Elsa nació en Buenos Aires, en una familia de emigrantes gallegos
llegados de una pequeña aldea, Loño, cerca de Santiago. Cuando Elsa
pasó por Loño, en 1983, se fijó en el hórreo de madera del que tanto
le había hablado el padre. Esperaba algo más monumental. "Qué pasa?",
le preguntó su tío. "Está despintado". "Es que tu abuela no quiso que
lo tocaran. Que lo dejaran tal como lo había pintado el hijo".

El hijo era el padre emigrante de Elsa. HGO pasó por aquella aldea en
1962, en un "desvío" de un viaje a Alemania. Hay una foto en la que se
le ve retratado como el Robinsón que era, camuflado en la hierba de
campesino segador. En Argentina, los padres de Elsa laburaron duro
para salir adelante, pero tenían otro rasgo: amaban la música con
locura. La ópera y la clásica. Escuchaban cada concierto en la radio
de galena. El tío Pedro llevaba siempre una flor en el ojal. La madre
de Elsa leía a Lorca. Lo había visto en un teatro bonaerense,
abarrotado, recibido por una multitud en la calle de Corrientes. "Yo
me parezco mucho a papá. Soy Vicente Sánchez en mujer, tremendamente
impulsiva. Yo era un marimacho. El varón equivocado de la familia.
Tuvimos un golpe terrible. Murió mi hermana mayor cuando yo tenía 12
años. Estudié música. Y danza clásica. Y samba. Es verdad que todos
querían bailar conmigo. No, Héctor no era muy bailarín. Yo tenía 17
años y él 24 cuando nos enamoramos".

Elsa habla y habla como un cuerpo abierto, que contiene su vida y la
de otros. Su mirada corre más que la flecha del tiempo. Desde el
apartamento bonaerense se escucha cada poco el paso de un convoy
ferroviario. Los trenes, la luz cambiante del día, todo parece
esforzarse para seguir la velocidad, la intensidad del recuerdo de
Elsa, que estaba hablando feliz de su adolescencia bailarina, danzando
con las palabras, y de repente se gira y dice: "Hasta los psicólogos
se estremecían. Toda la experiencia psicológica no servía para
enfrentarse a nuestro caso. Me preguntan cómo he resistido, cómo estoy
viva. No lo sé. Estoy aquí por una extraña obligación. Yo ya he
gastado todo el miedo del mundo".

A la altura de nuestros ojos, en un estante del mueble

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