lunes, 1 de septiembre de 2008

¿Leer sirve para algo bueno?

Una nota de opinión del escritor madrileño Luisgé Martín que nos
incita a pensar sobre este tema.
Asi que se los dejo a disposición para que lo hagan.
Que sigan con un buen lunes.


La ópera ha sido considerada siempre el espectáculo artístico más
completo y refinado. Aúna música, literatura y teatro. Para
disfrutarla hay que ser una persona cultivada y tener educadas todas
las capacidades estéticas. Es necesario, además, poseer una
sensibilidad especial. Podríamos decir, por lo tanto, que los amantes
de la ópera forman parte de un linaje extraordinario. De una
quintaesencia humana. En febrero de 2001, sin embargo, los socios del
Círculo del Liceo de Barcelona -quintaesencia de la quintaesencia-
decidieron rechazar el ingreso en el club operístico de las diez
mujeres que, después de siglo y medio de absoluta hegemonía masculina
abolida en unos nuevos estatutos, habían solicitado la admisión. Entre
esas mujeres -por si alguien duda de sus méritos- estaba Montserrat
Caballé. Es decir, los seres más sensibles, los que se conmovían hasta
el retorcimiento del alma con la música de Verdi, con la voz doliente
de María Callas o con las quejas de amor de Madame Butterfly, se
comportaban en la vida real como gañanes de taberna.

Este suceso, excesivo y paradigmático, es un exordio vistoso, pero
resulta fácil encontrar diariamente muchos otros ejemplos que nos
obligan a plantearnos si la cultura contribuye a iluminar las ideas o
si, por el contrario, sirve sólo para empachar las mentes y emponzoñar
los ánimos. Uno de nuestros novelistas jóvenes más eximios, a quien se
le debió de aparecer una virgen en algún camino de Damasco, como a
Fernando Arrabal, escribe cada semana en los periódicos sesudos y
floridos artículos en los que igual pone en cuestión la teoría de la
evolución -"siempre me ha llamado la atención la rotundidad con que se
suele negar la intervención del misterio cuando se trata de explicar
el origen del hombre; pero lo cierto es que, si existe un momento en
la historia del universo en que parece más que probable la
intervención del misterio, es precisamente el momento en que el hombre
irrumpe en el mundo"- que describe con extraño discernimiento las
sociedades modernas -"matrimonios deshechos porque sí a velocidad
exprés, hogares desbaratados con el menor pretexto o sin pretexto
alguno, hijos desparramados y convertidos en carne de psiquiatra,
abortos a mansalva, nuevas fórmulas combinatorias humanas negadas a la
transmisión de la vida, etcétera"-. A algunos otros escritores, no
menos eximios, les vemos participar en tertulias televisivas diciendo
disparates y simplezas que sólo mejoran las de los invitados de Salsa
rosa en el rigor de la gramática y en la riqueza del vocabulario. Y
aquellos a los que no se les ha aparecido ninguna virgen ni han sido
invitados a ninguna tertulia no pueden tirar tampoco la primera
piedra. En el sector editorial y en el mundo literario -un castillo de
hombres cultos, de cultivadores de ese gran bien espiritual que es la
lectura- se encuentra la mayor concentración de individuos biliosos,
marrulleros, hipócritas, envanecidos, desequilibrados y tortuosos que
conozco. Incluyéndome, por supuesto, a mí mismo.

La gran obra de la literatura española cuenta la historia de un pobre
hombre que, empachado de libros, salió a recorrer el mundo escudado
por un analfabeto que no había leído ninguno. Todos conocemos las
peripecias que les ocurrieron. Todos sabemos quién creaba los
problemas y quién los resolvía luego; quién era soberbio y quién
humilde; quien contemplaba la realidad y quién veía únicamente sus
propias fantasías y vanaglorias. Que cada cual elija un modelo, pero
que no haya excusas: todos los libros son de caballerías.

No quiero hacer menosprecio de corte y alabanza de aldea, y ni
siquiera estoy seguro de si soy abogado de dios o del diablo, pero
desde hace años tengo la sospecha de que la lectura es menos benéfica
de lo que se proclama continuamente con altavoces y pregoneros. O
incluso que es dañina, que resabia. Hay dos virtudes que nadie le
puede negar: su ejercicio produce un placer estético que sólo es
superado por los que producen los de la música y la sexualidad; y
desarrolla, instrumentalmente, las capacidades de comprensión y de
construcción textual, que sirven para leer el prospecto de un
medicamento, para redactar una carta o una reclamación, o para poder
estudiar mecánica de automóviles o mecánica cuántica. Es decir, la
lectura tiene una utilidad sensorial -si hay utilidades así- y una
utilidad práctica -valga el pleonasmo-, pero tal vez no tenga ninguna
utilidad ética, que es la que más se pregona. "Los libros nos hacen
libres", decía uno de los eslóganes publicitarios con los que el
Ministerio de Cultura trataba de concienciarnos de los beneficios de
leer. "El nacionalismo se cura viajando y leyendo", proclamaba Juan
María Bandrés en aquellos años en los que se pensaba aún que las
barbaridades de ETA eran cometidas sólo por ignorantes sin formación.
Como Sócrates, en suma: "No hay hombres malos, sólo hay hombres
ignorantes". Y continuamente escuchamos hablar con desprecio o
conmiseración de aquellos que no leen o que leen productos como El
código Da Vinci o La catedral del mar y no a Borges, a Paul Auster o a
Vasili Grossman, que son algunos de los autores que al parecer nos
hacen más libres y menos abertzales.

Es decir, los apóstoles de la lectura hemos creído siempre que a
través de ella se crearía un mundo más justo, más tolerante, más
inteligente y más pacífico. Más humano, en suma. Hemos creído que
alguien que se conmoviera con las desdichas adulterinas de Anna
Karenina y el Conde Vronski no podría luego, por ejemplo, llamar
alimañas a quienes cometen una infidelidad o se divorcian. Que quien
se emocionara sumergiéndose en el alma insatisfecha de Emma Bovary no
sería capaz de pegarle una paliza a su mujer o de negarle el ingreso
en el Círculo del Liceo a Montserrat Caballé. Que aquel que se
estremeciera al conocer la vida de Primo Levi en Auschwitz o la de
Anna Frank en Ámsterdam no tendría ya nunca la desvergüenza de -pongo
por caso- votar a Batasuna, apoyar la guerra de Irak, defender
Guantánamo o enmascarar con palabrería libertaria la dictadura cubana.
Hemos creído siempre, en fin, que los libros eran el manual de
instrucciones de la naturaleza humana y que quien leía terminaba
descifrando sus mecanismos y mejorando su rendimiento. Pero a la vista
está que hemos creído mal.

A los niños y a los adolescentes les instigamos casi enfermizamente a
que lean, anunciándoles las siete plagas si no lo hacen. Pero habría
que preguntarse si esa obsesión está justificada por tantas plagas
como decimos. ¿Son menos corruptos los que leen? ¿Son menos despóticos
en sus trabajos o en sus casas? ¿Respetan más las señales de tráfico?
¿Sienten menos cólera, saben dominarla mejor? ¿Tienen mayor
clarividencia política? ¿Son menos violentos? Hace años leí un
artículo -seguramente de algún norteamericano extravagante- en el que
se sostenía que entre los individuos de mayor nivel cultural estaban
más extendidas las prácticas sadomasoquistas. No quiero poner de
ejemplo a Hannibal Lecter, pero creo que la duda es razonable.

Son no obstante los razonamientos desvariados de este texto, sin duda,
la mejor prueba de que leer -lo hago mucho- no siempre trae provecho.
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