viernes, 12 de septiembre de 2008

El cineclubismo está de luto.

El cineclubismo pierda a una de sus piezas fundamentales y a un
luchador constante de esta actividad.
Recuerdo sus venidas a córdoba y como en sus charlas me infundió la
pasión y el amor por el cine.
Un grande que amaba el cine, que lo cuidaba, lo difundía y lo
enseñaba. Un cinéfilo de verdad que no era soberbio, sino más bien un
amante del cine que quería que todos amarán el séptimo arte.
Luchador incansable, nos dejó un legado único, que seguramente
algunos jóvenes seguirán.
Aquí nuestro sencillo homenaje a un grande de nuestro cultura nacional.

Salvador Sammaritano, quien acaba de morir a los 78 años como
consecuencia de una hemorragia gástrica, fue, para muchas generaciones
de cinéfilos, el defensor del cine de arte en la Argentina: desde la
fundación del Cineclub Núcleo, el Negro Sammaritano supo encontrar y
dar a conocer cineastas y films que rompieran la barrera de lo
simplemente comercial.

Además, ejerció el periodismo, la crítica y la docencia
cinematográfica, fue polemista, conductor televisivo –peleándole a una
gran timidez– y funcionario público: llegó a ser subdirector del INCAA
(durante la gestión de Antonio Ottone) y director del Enerc, la
escuela de cine del instituto. Su rol más importante fue el de creador
de espacios para aquellos realizadores y films que no tenían cabida en
el circuito comercial.

Para Sammaritano, todas las películas nacían iguales. Admiraba los
géneros clásicos como el western, tenía debilidad por las
cinematografías europeas y las obras de difícil difusión. En 1952, fue
uno de los fundadores del Cineclub Núcleo, una iniciativa que surgió
de asistentes a otro gran cineclub nacional, el de Gente de Cine, que
desarrollaba sus funciones en las trasnoches del cine Biarritz, en la
calle Suipacha. Con un grupo de amigos de su barrio de Colegiales,
Sammaritano realizó una primera función de Núcleo con la proyección de
La carreta (The Covered Wagon, James Cruze, 1923), un western épico.

Sin una sede fija, durante años Núcleo supo esquivar la censura y
proponer a su público no sólo films que no llegaban al circuito
comercial sino también obras difíciles, muchas veces vistas con malos
ojos por los guardianes oficiales de la cultura.

En un gran reportaje que le realizó Mona Moncalvillo en la revista
Humor, en 1983, recordaba lo difícil que era pasar films como La vía
láctea, de Luis Buñuel, en alguno de los lugares donde se reunían los
socios del cineclub de sede siempre itinerante –actualmente las
funciones se realizan en el cine Gaumont-Espacio Incaa Km 0–.

Ingmar Bergman, Alain Resnais, la Nouvelle Vague, el cine de Europa
del Este en los 60, autores clásicos como Eisenstein y –entonces–
modernos como Wenders. Pero la actividad de Sammaritano, un hombre de
origen humilde con una enorme cultura –y no sólo cinematográfica– no
se restringió al cineclub.

Fundó la revista Tiempo de Cine, donde se formó toda una generación de
la crítica argentina en los 50 y 60 y, en los 80, cuando volvió la
democracia, condujo en las noches del domingo por ATC el programa –qué
otro nombre– Cineclub, en cuya primera emisión se animó a pasar
(subtitulada y sin cortes, toda una revolución siglos antes de que el
cable fuera la realidad cotidiana) Los visitantes de la noche, de
Marcel Carné, metáfora contra el fascismo realizado durante la
ocupación alemana en Francia. Gracias a Cineclub, la pantalla chica
tuvo dosis de Tarkovsky, Bergman, Godard, Hitchcock y hasta John Ford.

El ciclo desapareció del aire con la llegada de Carlos Menem a la
Presidencia de la Nación. Su trabajo como difusor –desde Núcleo, la
función pública o la docencia– fue constante y dejó una huella enorme.

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