lunes, 15 de septiembre de 2008

“Collas de mierda”: alguna vez muchos lo habrán dicho.

Para ver cuan racistas, cuán xénofobos somos.
Ya lo dejó plasmado el gran Adrián Israel caetano en su imponente
Bolivia y este texto de sandra russo lo complementa.
Nos quejamos de lo que pasa en otros lados pero no vemos lo que
hacemos cuando transitamos la avenida Colón y algunos barrios de
nuestra ciudad.
Buen lunes y esperemos podamos despertarnos ante esta violencia silenciosa.

Los ecos que llegan desde Bolivia: de un racismo inadmisible e implacable.
Por Sandra Russo
El excelente documental de Emilio Cartoy Díaz, Bolivia para todos, que
emitió Canal 7 y que sigue circulando en debates y encuentros para
analizar la crisis que se agudizó radicalmente esta semana, permite
tomar nota sensible de lo que las palabras y las fotos no llegan a
transmitir. Las notas de la televisión tampoco. Cabe preguntarse ahora
que las papas queman y hay muertos, desde dónde se mira la crisis
boliviana. Los noticieros hablan del tema de una manera pasteurizada,
como si se tratara de "querer" o "no querer" a Evo Morales, presidente
legítimo y relegitimado.

Uno de los hallazgos del documental es haber registrado no sólo el
aquelarre del racismo más repugnante, sino la manera en que la propia
televisión boliviana fue adaptándose para informar sobre la rebelión
de los departamentos "blancos". Un docente que vio el documental me
decía el sábado que se había sentido estúpido de pronto, al advertir
que había "comprado" la información en sachet que dan los grandes
medios: se había hecho la idea de que Santa Cruz, Pando, Beni,
Cochabamba, en fin, los lugares desde los que se reclama la autonomía,
eran "opositores en bloque", territorios ficticios en los que el
rechazo a Morales brotaba de mayorías con otras ideas e intereses. Y
precisamente porque en cada uno de esos departamentos hay miles y
miles de partidarios de Evo Morales que están siendo censurados,
perseguidos, amenazados y ahora asesinados, como los militantes de
Pando, es que la crisis tiene otra cara, una mueca monstruosa que sin
embargo no sale por tevé.

En el trabajo de Cartoy Díaz también se puede ver cómo la pantalla
partida de la televisión boliviana comenzó a producir un efecto
erosionante del poder presidencial. Normalmente, cuando habla un
presidente su investidura reclama la pantalla entera. No fue eso lo
que le cedió la televisión, que comenzó a dividir los planos y a
incluir ventanas en las que, al mismo tiempo que se veía a Morales, se
veía también a los prefectos de Santa Cruz o Cochabamba diciendo lo
suyo. La pantalla se desmembró antes que el país. La pantalla fue la
primera en bajar la estatura presidencial. Y esa pantalla nos recuerda
otras pantallas partidas. Que cada cual recuerde.

El desprecio sin fondo que los bolivianos blancos sienten por los
collas y por las diferentes etnias originarias del país es una
herramienta política que tiene como objetivo y presa el capital. En
ese sentido, no hay desprecio histórico sin botín en el medio. Los
sentimientos colectivos de manipulación, doblegación y exterminio
siempre han servido de impulso para que los portadores del odio puedan
quedarse con todo. El racismo, en fin, es apenas un instrumento
económico. Pero sostenerlo, sentirlo, experimentarlo, demanda una
preparación de siglos que permanece intacta. Las que hoy tratan de
imponerse en Bolivia son subjetividades melladas en su forma y fondo
por una visión del Otro Degradado, expropiado de sus derechos y
reivindicaciones. ¿La democracia? Una excusa reemplazable por alguna
otra forma de gobierno que deje cada cosa en su lugar.

"Fuera collas de mierda", rezaba una pared en Santa Cruz. No era sólo
una pared. Eran muchas paredes. Eran gritos también. Mucha gente como
la gente gritando "fuera collas de mierda". Lo que se cocina en
Bolivia no es sólo un golpe de Estado en alguna de sus formas
posibles. No es sólo un intento desesperado de los dueños del dinero
por retener sus privilegios y su statu quo. Es un extracto de infamia,
una muestra del veneno histórico inoculado año tras año en un país que
hasta hace poco tenía un presidente que no hablaba bien el castellano,
y no porque fuera colla.

La cocina ideológica y emocional de la reacción contra Evo Morales
hace pensar en que cada crimen que tuvo o tenga lugar en Bolivia es de
lesa humanidad.

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