Sin dudas es el estreno de la semana pero no auguro que esté en cartelera más de una semana ya que Lucrecia Martel hace películas no muy masivas, pese a que es la que más se acerca a nuestra propia esencia, a nuestra manera de ser y fundamentalmente la que intenta de mostrarnos desde una poética particular, provinciana ( y por eso mismo universal) como los argentinos hemos hecho un culto al miedo, al silencio y al terror en sus formas más esenciales, más cotidianas.
Si algo la caracteriza es esa visión del miedo y del terror que hace mella en sus personajes y los descarrila hacia horizontes no pensados, no deseados.
Es lo que le pasa al personaje central de La mujer sin cabeza actuada magistralmente por María Onetto.
Además es la última película en que aparece María Vaner como la tía Lalá que es la única que le cree y oye la verdad de Verónica.
Una cita con un cine distinto, diferente, muy argentino ( entendiendo en esto temas que hacen a nuestra idiosincracia tratados una mirada provinciana y que engloba las distintas regiones que forman este bendito país)
Es por ello que elegimos para acompañar este comentario la crónica del estreno de la película en la ciudad de Salta y lo que allí ocurrió.
Disfruten de su lectura y por supuesto a ver la película con esta advertencia: vayan sólo aquellos que hayan visto La cienága y La niña santa y les haya gustado o al menos interesado su narrativa y la estética de sus filmes.
Martel invita a un cine que implica pensar y reflexionar sobre nuestra esencia y hasta ahora viene acertando bastante bien en sus enfoques. A veces esas imágenes devuelven cosas no muy lindas sino más bien horrorosas y allí creo, está el acierto de su cine y la madurez de su apuesta.
Crónica del estreno de La mujer sin cabeza en Salta.
Si Lucrecia, en vez de crear desde Salta para el mundo lo hubiera hecho desde Paris para Europa, habría sido ovacionada y comparada con el Alain Resnais de "Hace un año en Marienbad" o con el mismísimo James Joyce del "Ulyses".
Pero no. La Europa otrora cosmopolita se muestra cada vez más incómoda con lo extranjero, con lo diferente, y prefiere encerrarse en el autoelogio y en la presunción de que sólo dentro de sus fronteras anida el talento.
Por supuesto que no todos los europeos padecen de esta preocupante regresión cultural, y son muchos los capaces de conectar con otras culturas y descubrir lo bello y lo distinto por encima de absurdas fronteras nacionales. Como es el caso, entre los mas relevantes, de Pedro Almodóvar.
De todas las películas creadas hasta aquí por Lucrecia Martel, "La mujer sin cabeza" es, quizá, la más pegada al clima local, a lo singular de la cotidianidad salteña, sin que tales características la conviertan en un objeto localista, folklórico, de esos que dejan "in albis" hasta a nuestros buenos vecinos tucumanos.
Pienso, por el contrario, que en su relato fílmico hay elementos estéticos y humanos suficientemente universales, aun cuando algunos aparezcan teñidos de color local.
Globalmente considerada, la obra de Lucrecia Martel marca el punto más alto de la expresión cinematográfica construida sobre elementos salteños y representa, entre otras muchas cosas, el final del ciclo abierto a comienzos de los sesenta con "Taras Bulba", película donde es sencillamente imposible detectar elementos locales.
En el filme protagonizado por Tony Curtis y Yul Brinner, el paisaje del área Lesser-Castellanos funciona visualmente como si se tratara de las llanuras y montañas que trajinaban polacos y cosacos; los actores salteños, seleccionados por su apostura fría o por sus rasgos asiáticos, aparecen en la película en escenas masivas sin que casi nadie pudiera reconocer en ellos a los habitantes de este suelo mestizo y pretencioso.
Por el contrario, una de las varias lecturas que admite "La mujer sin cabeza" muestra a hombres y mujeres de Salta actuando como tales y acentuando sus perfiles culturales.
La imperturbable aparición de Elisabet López, actriz local, autodidacta, que se considera asimismo "teatrera" de profesional, simboliza aquella ruptura en el mundo de la cinematografía salteña.
Hablar pausado, frases inacabadas y a veces sin sentido, palabras creadas por la confusión de lenguajes europeos y originarios, diálogos sin la utilización de los ojos (que miran al suelo o a la pared pero nunca al interlocutor), giros urbanos que identifican social y barrialmente, dificultades para armonizar la respiración con la emisión de vocablos, supresión de las eses, están presentes en el filme con una suficiente matización estamental o de clase.
El papel del personal de servicio y las relaciones de este con los patronos salteños son dos factores presentes en las tres películas principales de Martel. Domésticas que toman el control del hogar ante la dimisión de los señores, asistentas mas despiertas y decididas que sus empleadores, mozos de mano que guardan respeto ante la insinuante espalda de la señora, muestran una realidad que, originada sin duda en la vieja Europa señorial, se conserva entre nosotros como un artículo en vías de extinción.
Una de las cultas damas que me acompañaron a la exhibición de "La mujer sin cabeza", me acotó algo ciertamente sorprendente pero rigurosamente fiel a las costumbres salteñas: Mientras que en "La ciénega" las señoras de la aristocracia llaman "chinas" a sus empleadas, en "La mujer sin cabeza", las señoras de la clase media muestran un trato más comedido.
En cualquier caso, estas relaciones que los juristas en su mente encorsetada por el derecho denominan "de dependencia", conservan entre nosotros un valor diferente que, por ejemplo, lleva a las familias a incluir en las esquelas funerarias de las señoras principales la enumeración de las llamadas "hijas en el cariño" o "sus fieles servidoras", como acaba de ocurrir tras el óbito de una de estas damas que tenía a su servicio nada menos que nueve "fieles servidoras".
El proverbial desorden de los hogares salteños (sobre todos en los de cierta clase media), el bullicio de las conversaciones cruzadas donde todos hablan a la vez, las averías domésticas que se eternizan o se resuelven chapuceramente, la proliferación de niños y jóvenes en reuniones familiares a las que asisten con la novedad de que no respetan, como antaño, jerarquías ni pautas de esas que vertebran a las sociedades más organizadas, forman parte –qué duda cabe- de nuestras señas de identidad social.
A diferencia de lo que sucede en los barrios pobres salteños (muy bien reflejados en la película "Luz de Invierno"), las familias pudientes de Lucrecia Martel, como ocurre en la realidad, no viven rodeadas de decenas de animales domésticos. Bien es verdad que la ausencia absoluta de perros y de gatos en los hogares de los protagonistas pudiera deberse a una especial antipatía de la directora, educada en un barrio donde los perros pilas eran -erróneamente- vistos como emisarios del demonio. Algo de esto ocurre, bien que de manera inversa, en las películas de Buñuel con ciertos animales que obsesionan al genial aragonés.
La escasa productividad de amplios sectores de la vida económica y administrativa salteña está, como no, brillantemente narrada en la película. La actitud, el discurso y el desempeño del vendedor de macetas de barro cocido, además de su belleza fílmica, son un verdadero tratado de la ineficiencia e ineficacia en el ámbito de la producción local que, por lo demás, guarda estrecha relación con nuestra realidad cotidiana.
La escena donde la protagonista, en su condición de odontóloga que trabaja para el plan "Sonrisa Feliz" como encargada del cuidado de la salud bucal de los niños, encierra, mas que una anécdota cargada de fina ironía, una severa crítica a los pésimos manejos de los "planes sociales" en los que predomina la informalidad, lo campechano, la intención de cubrir las apariencias y rellenar formularios sin preocuparse por el cumplimiento efectivo de los objetivos y, en última instancia y en este caso, de la mejora de la salud de los escolares salteños.
Párrafo aparte merecen las sutiles y eficaces maniobras de los familiares para borrar las huellas del homicidio accidental ("preterintencional") con la complicidad de la policía, del hospital y del hotel, son parte esencial de nuestra cotidianidad, donde abundan funcionarios dispuestos a "hacer la vista gorda".
Siempre dentro de este repaso al plano sociológico de "La mujer sin cabeza", hay dos elementos que llaman mi atención:
En primer lugar, una ambigua referencia crítica a nuestro antiguo Arzobispo, monseñor Carlos Mariano Pérez.
En segundo lugar, las conductas sexuales extrañas (al menos para un observador desprejuiciado pero nacido en los años cuarenta) que aparecen muy bien narradas en la película, tales los amores incestuosos heterosexuales y homosexuales.
Siguiendo esta línea de análisis y para cerrar esta crónica, una referencia a una escena que hiere lo que resta de mi patriotismo salteño:
La torpeza con la que el afortunado acompañante de aquella noche donde la protagonista resulta descabezada responde a los apremiantes reclamos de una mujer madura que, dejando de lado prejuicios y normas del buen hacer erótico, arrebata breves instantes nocturnales de pasión casi unilateral a un señor que, si mi memoria no me traiciona, es además pariente de la descabezada.
Fue para mi una verdadera sorpresa comprobar que existen en Salta amantes ocasionales tan rudimentarios
No hay comentarios.:
Publicar un comentario