Presencia de la posteridad
Por Guillermo Jaim Etcheverry
¿Qué sucedería si una explosión solar inesperada esterilizara a todas
las personas que en ese momento se encontraran en la mitad de nuestro
planeta iluminado por el Sol? Esa imaginaria catástrofe inspira a
David Brooks, columnista de The New York Times, numerosas reflexiones
acerca de las consecuencias que esto tendría, reflexiones que no
resulta posible reproducir aquí.
En esencia, Brooks sostiene que si bien las personas continuarían casi
normalmente con sus vidas durante un período prolongado, con el correr
del tiempo aparecerían numerosos y perturbadores efectos, ya que,
sostiene, nuestras vidas no sólo son individuales, sino que integran
un todo con las de los muertos, las de los vivos y las de quienes aún
no han nacido. La importancia de pensar en ese accidente, en el que
estos últimos son eliminados, reside precisamente en recordarnos el
poder que la posteridad ejerce sobre nuestra vida. La esperanza, la
fe, le dan finalidad y le aportan significado. Además, un
emprendimiento que justifique ser llevado a cabo, como el concretar
cualquiera de los grandes ideales de la humanidad, resulta del trabajo
acumulado de muchas generaciones. Todo gran proyecto responde al ansia
de trascendencia que define al ser humano, basado en la convicción de
que habrá próximas generaciones. Un científico, un artista, un líder
político o social, piensan en la inmortalidad que les dará la fama
debida a su logro.
Por eso, si las personas estuvieran convencidas de que su nación, su
grupo, su familia, están condenados a no perdurar -sostiene Brooks- no
se construirían edificios duraderos, no se crearían empresas, no
habría compromiso con la preservación del medio ambiente, nadie
ahorraría ni invertiría.
Esas reflexiones tienen la virtud de dirigir nuestra atención hacia la
realidad de la sociedad en la que hoy vivimos y en la que observamos
conductas que no parecen responder a ese convencimiento de que nuestro
entorno está destinado a permanecer. La cultura de lo descartable, en
la que nos introducimos velozmente, nos hace perder la dimensión de
perdurabilidad de nuestros esfuerzos. Es como si pensáramos que, con
cada uno de nosotros, la civilización no sólo comenzó, sino que
también se acabará, lo que -por otra parte- no parece preocuparnos
mucho. Por eso mismo, al no justificarse construir para el futuro,
decidimos, por el contrario, vivir el aquí y el ahora. Esa sensación
explica no sólo la exaltación del individualismo sino también el
escaso interés por educar a las nuevas generaciones, dejándolas en un
estado de infancia permanente, carentes de un horizonte de futuro. Es
éste el que, al dar significado a sus vidas, los impulsa a participar
en la construcción común de un mundo que está allí cuando llegaron y
seguirá allí cuando lo abandonen.
Muchas otras apasionantes consecuencias extrae Brooks del imaginario
accidente. Pero tal vez lo más significativo es que arroja esa
poderosa luz sobre la trascendencia que para la construcción del
presente tiene el futuro, sobre el hecho de que resulta imprescindible
para la existencia misma del presente. Al no comprender esa dimensión
de porvenir, el hoy pierde sentido y la civilización se detendría
carente de grandes proyectos, de metas ambiciosas, de utopías
realizables, de la sensación compartida de un destino común.
Brooks introduce un matiz optimista al afirmar que, en vez de sufrir
tan fantasiosa catástrofe, fuimos bendecidos con el poder
disciplinador de nuestra posteridad. Dependemos -dice- de esa fuerza
poderosa, invisible e indescifrable que los millones de seres por
nacer ejercen sobre nosotros, seres a quienes nunca conoceremos, pero
que, como anticipamos su existencia, definen nuestro modo de vivir.
Tal vez esa fuerza siga operando en los estratos más profundos de la
conciencia de la sociedad actual. Pero los signos visibles de nuestro
comportamiento cotidiano parecerían mostrar que ese poder de la
posteridad se debilita aceleradamente.
El autor es actor y escritor
--
Eduardo de la Cruz.



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