domingo, 23 de agosto de 2009

MI CLONAZEPAM invita nuevamente a un viaje màgico y misterioso.

Los invito esta noche a ver la penùltima funciòn de MI CLONAZEPAM en
el Hugo del Carril a las 21 horas.
Un recorrido por criaturas salvajamente deliciosas y empastilladas.
Un trabajo que vale la pena ver y disfrutar para ver que entendemos
por felicidad.
No dejen de ir y de regalo les dejo la nota que publicò ayer la
revista Ñ sobre el tema y que la obra ( escrita y estrenada en Còrdoba
hace un año) trabaja de manera central desde el humor y con estètica
de varietè.
No dejen de ir y a disfrutar de esta bella tarde sin ningùn ansiolìtico.

Diván y talismán (químico)
Marìa Moreno.

"Si me apuran –dice la autora de Banco a la sombra– podría
decir, si no que soy más feliz, que puedo tomar la porción de
felicidad que me permite el síntoma". A continuación, un ensayo en
torno al clonazepam a la luz de su propia búsqueda de respuestas para
combatir una fobia escénica.

La conjunción copulativa puesta entre psicoanálisis y crisis hace
sospechar que, en este caso, separa más de lo que une. Es como si el
segundo término obligara al primero a declarar su impotencia, a
lavarse las manos como Pilatos y derivar al Estado, la asamblea
barrial, el sindicato, la terapia prêt a pôrter o al psicofármaco.

Suponer que la crisis instala en cada uno un real homogéneo que sólo
puede tratarse como emergencia y límite es negar lo que el
psicoanálisis vino a proponer: el escuchar a cada uno en la
singularidad de su sufrimiento. En la década del setenta, el
psicoanalista Blas de Santos, crítico con que el advenimiento de sus
colegas a la política a menudo los convirtiera en sus instrumentos
ciegos mientras les hacía abandonar los principios más fecundos de la
teoría psicoanalítica, escribía sobre ese "prejuicio domesticador de
que los sujetos cuando pobres sólo se interrogan y no merecen ser
analíticamente escuchados, acuciados por la inmediatez de sus
necesidades insatisfechas, negando la potencialidad que, por el
contrario, genera siempre el alivio de la desesperanza y de los
apremios deshumanizantes".

Pero ¡salgamos de este tono y hagamos sociales!

Más allá de diferencias teóricas, políticas internas, intereses
corporativos y matices escolásticos, hay un fashion psi que cambia por
temporadas, si no anuales, lo suficientemente largas y comunes como
para permitir el goce neurótico de generalizar. Generalizar en estos
casos es hablar desde "La Voz del Paciente" como ése que, irreverente
y jocosamente, llama "terapia" a la práctica que realiza con un
profesional psi, sea sistémica, lacaneana, cognitiva o gestáltica y
"mi psicólogo", hasta al médico formado por el pionero Oscar Masotta y
luego entronizado en el sistema de estrellas de la EOL (Escuela de
Orientación Lacaneana).

Generalicemos: si en una época los psicoanalistas ponían a producir
angustia en seco sobre el diván, empecinados (y con razón) en la alta
costura, y por eso de larga confección, del evasée simbólico en lugar
del chaleco químico, hoy suelen enviar al psiquiatra, suspendiendo las
diferencias disciplinarias en un reparto de territorios.

Como también hacen la Robin Hood cobrando de máxima al empresario y
becando al indigente, de acuerdo con caprichosas regulaciones
autogestionarias. Me he analizado por el lapso de cuarenta años, es
decir he cambiado el fin del análisis por el análisis sin fin. Como
todo paciente, en el doble sentido de la palabra, voy pasando sin
dejar de pasar de la novela familiar del neurótico a la novela a secas
del analizado que sigue siendo neurótico y vive en familia. Si me
apuran podría decir, si no que soy más feliz, que puedo tomar la
porción de felicidad que me permite el síntoma, que conozco el límite
(una fobia que no cesa) pero también las tretas: "Sublimación y
sudor". Porque, durante todos estos años, mi llamada fobia escénica,
que seguramente ha sido un límite dramático para algunas ilusiones
intelectuales –participar de debates públicos, congresos, entrevistas
y otras "mundanas"– no ha cedido sino en un aspecto fundamental: la
enfrento. Y es al hacerlo, que un familiar barato del rivotril, me
permite, la boca pastosa, en la semi consciencia de un trance de
macumba, el texto monocordemente leído, participar a veces sí, a veces
no. La pastilla anestesia el carne viva del pánico, desconcentra el
martilleo lacerante de la maquinación inútil, sosiega el corazón
batiente y permite la modulación clara a pesar del impulso constante
de hacer una lectura en ráfaga y desaparecer por el foro.

Ojo, no me estoy refiriendo al psicotrópico de gran formato ni a la
pastilla devenida "pasta" por los circuitos ilegales, ni a la que
convierte el querer dormir en llegar a morir o a la que hace de los
viejos –no siempre medicalizados por instituciones o políticas
familiares represivas como se denuncia– drogones furtivos que transan
en farmacias de turno como cuando Tanguito pedía su Artane, si no a
esa otra secular y de consumo semidemocrático como las vintage Valium
y Lexotanil. A veces basta con llevarla en el bolsillo como un
talismán o una garantía o dividirla esperanzadamente en cuartos y
medios, siguiendo la hendidura como se seguiría a un gurú. Pero por
más neurociencia y avanzada cognitiva que valga, su poder es tan
coyuntural, tan aquí y ahora, que usada en el diván no ahorrará los
angustiosos desfiladeros de la Vía Regia aunque tampoco enmudecerá sus
asociaciones. Y cualquiera que, como yo, haya trabajado lo suyo a
través del psicoanálisis, conoce que cuando el análisis sucede, es
decir, cuando de pronto se sabe algo que no ha sido transmitido ni se
buscaba, y se pregunta de dónde viene porque no estaba en el cálculo
propio o del analista –aunque es su mérito haber permitido que eso se
presente–, se trata de una experiencia más cercana al arte que al
causa-efecto del ya me siento mejor del consumo de la píldora
favorita. Y eso no se mide por su utilidad o por su impotencia, por
ejemplo ante la crisis, porque no es un producto. Es por eso que el
buen psicoanálisis también enseña a leer algo diferente a hacer
psicoanálisis aplicado, como lo demuestran las geniales invenciones
críticas de Freud cuando lee ya sea de oído en los sueños de sus
pacientes –mi preferido es el de la bella carnicera, más comedia de
bulevar y más under que el melodrama Dora– como con los ojos puestos
en La Gradiva de Jensen, o del Lacan que descubre en El rapto de Lol
V.Stein de Marguerite Duras eso que ella sabe sin él. Y estas líneas
sólo pueden provenir de un agradecimiento crítico –un analista decía
que en mí la transferencia era crítica ¿no debería serlo siempre?

El hecho de que, más allá de sus iglesias negras y sus cotilleos
corporativos, el psicoanálisis, alguna vez autobautizado peste, sea
sometido a espasmódicas inquisiciones por el higienismo de turno
prueba la imposibilidad de desactivarlo ya que, como dicen William
Burroughs & Laurie Anderson, el lenguaje es un virus, claro que de
mutación infinita –siempre habrá una nueva cepa propagándose– pero
capaz de prorrogar la muerte probándole metáforas, lapsus, malos
entendidos, chistes.


Los espero esta noche a las 21 hs en Bv. San Juan 49 a pasar un buen rato.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario