sábado, 15 de agosto de 2009

Historia de una fraternidad mediante cartas, afectos y debates.

Cartas de una hermandad, de Horacio Tarcus intenta dibujar,
cartografiar un etapa intelectual del paìs donde aùn se podìa pensar,
debatir, discutir un paìs, una estètica y posiciones ideològicas...
Hoy tal vez tambièn se pueda hacer pero creo sin la riqueza de
aquellos tiempos, sin la "fraternidad" de la amistad y las
posibilidades ricas que ciertos espiritus de la època permitìan hacer.
Tarcus trata de bucear en aquellos vìnculos, en aquellas filiaciones
donde se podìan realizar cruces, discusiones y polèmicas.
La carta, la nota periodìstica y la intervenciòn pùblica eran los
modos y gracias al trabajo de conservaciòn, de archivo y de memoria
històrica podemos asistir a libros como estos que son de una riqueza
absoluta.
Por ello rescatamos esta entrevista de Tarcus con el diario Crìtica
para invitarnos a pensar con èl.
Invitaciòn por demàs interesante y en estos tiempos subversiva.
Para aceptar el convite.

Historia de una hermandad.

Leopoldo Lugones fue el padre de una hermandad conformada por Horacio
Quiroga, Ezequiel Martínez Estrada, Luis Franco y Samuel Glusberg. Una
comunidad espiritual surgida en los años veinte y que, en la década
del treinta, se dispersó geográficamente, pero se sostuvo desde el
intercambio de correspondencia. "Las cartas dan una idea de cómo
funcionaban, qué los unía y qué los separaba, y permiten seguir con
atención la vida política y literaria del país", dice Horacio Tarcus,
el historiador que reunió 179 de las cartas cruzadas y las publicó,
varias de ellas por primera vez, en Cartas de una hermandad (Emecé).
La riqueza de esta recopilación está, para el investigador, en que "el
género epistolar se presta a la confesión descarnada".

Tarcus es investigador y docente de la Universidad de Buenos Aires,
fue subdirector de la Biblioteca Nacional –de donde tuvo una salida
ruidosa en 2006–, entre sus libros se encuentran Mariátegui en la
Argentina o las políticas culturales de Samuel Glusberg (2002) y el
Diccionario biográfico de la izquierda argentina (2007) y es fundador
y director del Centro de Documentación e Investigación de la Cultura
de Izquierdas en Argentina (Cedinci), donde recibió a Crítica de la
Argentina.

–¿Cómo funcionó esta hermandad de la que Leopoldo Lugones fue el hermano mayor?

–Fue un grupo raro que tuvo todas las características de una comunidad
de pensamiento. Individuos reunidos no por acuerdos políticos o
ideológicos, sino por afinidades electivas porque es lo único que
puede explicar el porqué de esta hermandad. Yo me preguntaba ¿cómo
tipos tan distintos tienen este vínculo tan intenso?

–Usted habla de un acuerdo antiburgués y antipolítico entre ellos. ¿La
unidad estuvo dada por ese núcleo?

–Creo que sí. Hay una unidad evidente que es la estética y la
sensibilidad modernista. Pero hay cierto espíritu libertario porque
todos ellos, cada uno a su modo, rechaza el orden burgués, el de los
partidos y el de la política. Las cartas están fechadas en un momento
de crisis del liberalismo y de los partidos políticos, sobre todo
después de 1930. Todos fueron libertarios en su juventud. Si bien los
caminos son divergentes, mantienen algo antiburgués. Es cierto que
había un rechazo casi estético y aristocrático cuando se reían de
Manuel Gálvez, tan preocupado por el dinero, la venta de sus libros y
la autopromoción. Ellos pueden tener su momento festivo, pero no tiene
que ver con un afán de notoriedad y mercantil que ellos identificaban
en Gálvez. Todos tienen esta marca antipolítica.

–Cuando Lugones resulta menos defendible por sus ideas fascistas, la
hermandad se sostiene desde otro lugar. ¿Cómo funcionaba eso?

–Es compleja la relación que tienen los hermanos menores con Lugones
porque no participan del parricidio de la generación de los años
veinte y, si bien les incomoda ser los hijos o hermanos menores de
Lugones en los treinta, cuando él asume las posiciones más belicistas
y reaccionarias, tienen una lealtad personal frente al hombre que los
reconoció como escritores, y al hacerlo los incluyó en el campo
intelectual. Consideran que hay una tragedia en Lugones y que debe ser
respetada. Franco dice: "Parecería que este Lugones que se vincula con
los militares se falta el respeto a sí mismo. Él, que es un grande, se
junta con estos pigmeos". Una voluntad de defender a Lugones a pesar
de Lugones. Lo ven como un tipo que a la vez es un desencontrado: con
todo su reconocimiento continental como poeta, con proyecciones
mundiales, es un hombre que tiene un puestito bastante menor, como
director de la Biblioteca del Maestro, y es publicado por un pequeño
editor como Samuel Glusberg. Entienden que hay que defenderlo sin
tomarse en serio su nacionalismo.

–Más allá de que en un primer momento quien los aglutina es Lugones,
la figura oculta de la hermandad, que los publica y sostiene,
parecería ser el editor Samuel Glusberg. Él no trasciende y sus
escritores llegan a publicar gracias a él. ¿Es casi como el editor
ideal?

–Sí, es así. Hice una apuesta con este libro de llamar la atención
sobre la labor del editor poniéndolo dentro de la comunidad
intelectual, porque su labor es, parafraseando a las feministas, un
trabajo invisible. Recién se visibiliza cuando logra un catálogo, y
Glusberg construye un catálogo desde un préstamo de 200 pesos de un
tío. Tres años después monta la editorial Babel. Y me parece que la
obra de un editor hay que leerla a través de un catálogo porque de ahí
se desprende una política cultural. El tipo que no sólo es el editor
de todos, sino que aconseja, sugiere, propone, estimula. Glusberg es
el que estimula a Martínez Estrada a escribir Radiografía de la pampa.
Es el que le insiste que lea Martín Fierro y de sus conversaciones
surge Muerte y transfiguración de Martín Fierro. Y es el que toma toda
una serie de medidas político-institucionales, como la primera feria
del libro realizada en el país o la creación de la Sociedad Argentina
de Escritores (SADE). Diría que los editores son intelectuales menos
visibles, pero tanto más influyentes que los escritores.

El Cedinci, la ceguera estatal y la falta de apoyo

En 1998, Horacio Tarcus fue uno de los fundadores del Centro de
Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas en Argentina
(Cedinci). Once años después, el lugar, que no depende de ninguna
institución, se mantiene gracias al aporte de sus cerca de 1.500
socios adherentes y al trabajo de quienes dirigen –entre ellos Tarcus–
el centro, que posee el mayor acervo documental sobre el movimiento
obrero y la izquierda en la Argentina.

–¿Qué fue lo más difícil de lograr para que el Cedinci perdure?

–Lo más difícil es sostenerlo económicamente, porque tenemos un Estado
ciego ante este tipo de cosas. En otros países esta tarea la cumple la
Biblioteca Nacional. Lo que tenés acá es apoyo de la sociedad civil,
que dona publicaciones y colabora de manera espontánea. Nos
presentamos a subsidios de la Secretaría de Cultura de la Nación y no
salimos; ya van varias veces. En el exterior nos consideran: ganamos
en Alemania, en Holanda, en Estados Unidos, en Francia. Y acá el
Estado, nada. Pero, bueno, es el país que nos tocó: maravilloso por
todo lo que produjo, por su efervescencia social, política y cultural
única –el 80% de las producciones que tenemos se hizo en la Argentina–
y un Estado de mierda porque funciona para la faz represiva, pero no
para la constructiva. Desde el punto de vista del patrimonio, es el
país que está peor parado en América Latina.

Buena noche y a disfrutar del fin de semana.

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