lunes, 31 de agosto de 2009
Llegò septiembre e invita a festejar, celebrar y brindar... chin chin desde las alturas de alberdi..
al octavo mes... y ya estamos en septiembre donde todo renace, florece
y despierta, asì que a seguir celebrando la vida con los afectos,
amores varios y con la reina con quien celebramos 17 temporadas de
pasiòn, humor y amor. No todos pueden mostrar tal marca. Solo
nosotros no??? Amote y seguramente tendremos a puros festejos en donde
rendiremos culto a estos años que hemos sido còmplices, compañeros de
caminos, rutas y deseos y por todos los que vendràn.
A los verdaderos afectos tambièn con quienes festejaremos estar
juntos una primavera màs y a los nuevos amigos que hemos sumado a esta
loca y linda familia que construimos dìa a dìa.
Un lindo mes que invita a moverse, celebrar y estar cerca, que es muy bueno.
Felicidades a todos y excelente comienzo de mes.
El humor inteligente tiene su lugar en la pantalla: Peter Capusotto y sus videos vuelve con nueva temporada.
domingo, 30 de agosto de 2009
Tu Clonazepam! Ultima función
viernes, 28 de agosto de 2009
Dadá Mini presenta su edición No. 8 y lo hace a toda marcha en el Caraffa.
Una muestra para estar en ORBITAS...
jueves, 27 de agosto de 2009
El placer de la buena mesa y de los ritos familiares.
que hemos leido y por sus filmes anteriores que esta gran cena filmada
por Abdellatif Kechiche merece ser viste.
El tema de la inmigraciòn en Francia, los lazos familiares, las
tradiciones y la memoria cultural y familiar son algunos de los ejes
que en este filme se trabajan todos rociados con ricos aromas y
colores...
Es por ello que recomendamos pasar a ver Cous, Cous la gran cena y
disfrutar de esta exquisitez cinematogràfica que por unos dìas se
exhibe en Còrdoba. Les dejo, para convecerclos que asì lo hagan la
crìtica que la revista especializada El amante publicò el mes pasado.
No dejen de pasar por el cine y de probar este rico banquete.
Cous cous, la gran cena
La Graine et le mulet
Francia, 2007, 151'
dirección
Abdellatif Kechiche
guión
Abdellatif Kechiche
producción
Claude Berri
montaje
Ghalia Lacroix
fotografía
Lubomir Bakchev
intérpretes
Habib Boufares, Hafsia Herzi, Farida Benkhetache, Abdelhamid Aktouche.
Polleras coloradas
Por Marcela Gamberini
Cous cous, la gran cena empieza y termina con una imagen similar. Una
mujer seduce enfundada en una pollera colorada. No es la misma mujer,
pero eso es lo de menos; la imagen suscita deseo, placer y sudor.
Riesgo. Seducción. El deseo se desboca y entra en la pantalla de la
mano de las caderas de las mujeres, desde el principio hasta el final.
Porque efectivamente es ésta una película de mujeres. Ellas llevan la
fuerza del relato, lo empujan, lo seducen y lo muestran al espectador
en su estado más puro. Una pollera colorada. Un baile caliente. Una
comida casera. Una charla amena. Un llanto conmovedor.
La historia es sencilla. Una familia de inmigrantes magrebíes en
Francia vive en una ciudad ubicada en la ribera del Mediterráneo. El
padre de esa familia se queda sin su trabajo de años en el puerto y su
última acción para con los suyos va a ser repartir pescado, comida a
sus allegados. Este padre tiene varios hijos e hijas, suyos y de su
actual mujer. Los míos, los tuyos, los nuestros, como se suele decir.
Agobiado, va a intentar el negocio de su vida: abrir un restaurante en
un barco abandonado. Y ésa es la película: cuenta la historia de un
grupo familiar que, mancomunado, intenta una vía de escape a la
situación que el contexto social europeo les propone. Cous cous… se
hace cargo de las dificultades de los inmigrantes en un país europeo;
todo se torna más difícil para ellos, pero la solidaridad y el
acompañamiento de unos y otros es lo que los salva. Es interesante ver
cómo estos inmigrantes, a pesar de las adversidades, nunca pierden su
identidad, aunque convivan con franceses y esta identidad esté
representada en el cous cous, plato hecho a base de sémola de trigo,
típico de muchos pueblos del norte de África.
El cous cous va y viene en la película. Crudo, cocido, hecho con
verduras o con pescado. Sigue el movimiento de los personajes, que
resultan en la mayoría de los casos entrañables y queribles. La cámara
de Kechiche, siempre atenta a sus criaturas, los enfoca en la mesa,
hablando, cocinando, traicionándose, llorando. Siempre es una cámara
ávida y certera, con planos cerrados sobre los rostros de los
integrantes de la familia; creando un clima de intimidad doméstica y
de pura intensidad. Un buen ejemplo de esto es la comida que comparten
en familia, todos abarrotados alrededor de una mesa tal vez pequeña
para albergar a tanta gente pero que la cámara de Kechiche sabe
contener y retratar. En esta comida las miradas de las mujeres son
amplias y profundas, se cruzan y se descruzan todo el tiempo entre
ellas y con los hombres de la familia, demostrando su fuerza, su
inventiva, su resolución.
Ser mujer en la mirada de Kechiche es una construcción social, no es
una mera definición normativa. Ser mujer es llevar el peso de la
tradición, es resolver las cuestiones no sólo domésticas, es poner en
escena cuerpos que se mueven constantemente. Y ésta no es la mujer
francesa, ni europea, ni americana; las que están presentes en la
película son mujeres magrebíes, que llevan pegado a su cuerpo la
identidad africana y no están dispuestas a perderla. Son fuertes y
parlanchinas, son verborrágicas. Se atoran de palabras y de acciones.
Hablan y hacen a la vez. Se ríen y sufren, lloran y se atreven a más.
Familias matriarcales en las que el discurso femenino no sólo es el
dominante sino que además excede los límites de la narración. La mujer
es la que se ofrece, es la que se exhibe y también la que hace, la que
lleva a cabo, la que consigue, la que puede atravesar la realidad y
desarticularla. Los hombres, en la película, son débiles satélites que
giran alrededor de las figuras femeninas. Ellos son imperceptibles,
traicionan, se equivocan, corren detrás de la nada, lo que se
representa en la secuencia del hombre que corre agitado tras la moto
perdida, cayendo, finalmente, derrumbado por las circunstancias.
Kechiche es el que redefine el imaginario femenino, anclándolo en una
clara conciencia social, una tradición, una ideología.
Cous cous es el tercer largometraje de Abdellatif Kechiche, director
tunecino que supimos conocer con Juegos de amor esquivo (L'Esquive,
2003), una película también entrañable sobre un grupo de adolescentes
que representa una obra de teatro. Ya en esa película, Kechiche nos
hablaba de la fuerza de las mujeres, de las dificultades de los
inmigrantes, del poder de la seducción, del juego erótico de los
cuerpos. Este director arma potentes relatos, con buen ritmo
narrativo, tratando a sus criaturas con una gran dosis de ternura y
afecto. Es evidente que el cine no cambia al mundo, pero a veces se
puede, como Kechiche, sugerir que otro mundo, más justo, más amable,
más arriesgado es posible.
Buena noche y mejor trasnoche de viernes ideal para tantas cosas....
miércoles, 26 de agosto de 2009
Leer a Capote, un placer fugaz e intenso como las buenas pasiones.
Se cumple un cuarto de siglo de la muerte del padre de la novela de no ficción
Cafè de los cronopios....
martes, 25 de agosto de 2009
Big Brother està al acecho y Fringe lo cuenta en clave ficcional.
domingo, 23 de agosto de 2009
MI CLONAZEPAM invita nuevamente a un viaje màgico y misterioso.
el Hugo del Carril a las 21 horas.
Un recorrido por criaturas salvajamente deliciosas y empastilladas.
Un trabajo que vale la pena ver y disfrutar para ver que entendemos
por felicidad.
No dejen de ir y de regalo les dejo la nota que publicò ayer la
revista Ñ sobre el tema y que la obra ( escrita y estrenada en Còrdoba
hace un año) trabaja de manera central desde el humor y con estètica
de varietè.
No dejen de ir y a disfrutar de esta bella tarde sin ningùn ansiolìtico.
Diván y talismán (químico)
Marìa Moreno.
"Si me apuran –dice la autora de Banco a la sombra– podría
decir, si no que soy más feliz, que puedo tomar la porción de
felicidad que me permite el síntoma". A continuación, un ensayo en
torno al clonazepam a la luz de su propia búsqueda de respuestas para
combatir una fobia escénica.
La conjunción copulativa puesta entre psicoanálisis y crisis hace
sospechar que, en este caso, separa más de lo que une. Es como si el
segundo término obligara al primero a declarar su impotencia, a
lavarse las manos como Pilatos y derivar al Estado, la asamblea
barrial, el sindicato, la terapia prêt a pôrter o al psicofármaco.
Suponer que la crisis instala en cada uno un real homogéneo que sólo
puede tratarse como emergencia y límite es negar lo que el
psicoanálisis vino a proponer: el escuchar a cada uno en la
singularidad de su sufrimiento. En la década del setenta, el
psicoanalista Blas de Santos, crítico con que el advenimiento de sus
colegas a la política a menudo los convirtiera en sus instrumentos
ciegos mientras les hacía abandonar los principios más fecundos de la
teoría psicoanalítica, escribía sobre ese "prejuicio domesticador de
que los sujetos cuando pobres sólo se interrogan y no merecen ser
analíticamente escuchados, acuciados por la inmediatez de sus
necesidades insatisfechas, negando la potencialidad que, por el
contrario, genera siempre el alivio de la desesperanza y de los
apremios deshumanizantes".
Pero ¡salgamos de este tono y hagamos sociales!
Más allá de diferencias teóricas, políticas internas, intereses
corporativos y matices escolásticos, hay un fashion psi que cambia por
temporadas, si no anuales, lo suficientemente largas y comunes como
para permitir el goce neurótico de generalizar. Generalizar en estos
casos es hablar desde "La Voz del Paciente" como ése que, irreverente
y jocosamente, llama "terapia" a la práctica que realiza con un
profesional psi, sea sistémica, lacaneana, cognitiva o gestáltica y
"mi psicólogo", hasta al médico formado por el pionero Oscar Masotta y
luego entronizado en el sistema de estrellas de la EOL (Escuela de
Orientación Lacaneana).
Generalicemos: si en una época los psicoanalistas ponían a producir
angustia en seco sobre el diván, empecinados (y con razón) en la alta
costura, y por eso de larga confección, del evasée simbólico en lugar
del chaleco químico, hoy suelen enviar al psiquiatra, suspendiendo las
diferencias disciplinarias en un reparto de territorios.
Como también hacen la Robin Hood cobrando de máxima al empresario y
becando al indigente, de acuerdo con caprichosas regulaciones
autogestionarias. Me he analizado por el lapso de cuarenta años, es
decir he cambiado el fin del análisis por el análisis sin fin. Como
todo paciente, en el doble sentido de la palabra, voy pasando sin
dejar de pasar de la novela familiar del neurótico a la novela a secas
del analizado que sigue siendo neurótico y vive en familia. Si me
apuran podría decir, si no que soy más feliz, que puedo tomar la
porción de felicidad que me permite el síntoma, que conozco el límite
(una fobia que no cesa) pero también las tretas: "Sublimación y
sudor". Porque, durante todos estos años, mi llamada fobia escénica,
que seguramente ha sido un límite dramático para algunas ilusiones
intelectuales –participar de debates públicos, congresos, entrevistas
y otras "mundanas"– no ha cedido sino en un aspecto fundamental: la
enfrento. Y es al hacerlo, que un familiar barato del rivotril, me
permite, la boca pastosa, en la semi consciencia de un trance de
macumba, el texto monocordemente leído, participar a veces sí, a veces
no. La pastilla anestesia el carne viva del pánico, desconcentra el
martilleo lacerante de la maquinación inútil, sosiega el corazón
batiente y permite la modulación clara a pesar del impulso constante
de hacer una lectura en ráfaga y desaparecer por el foro.
Ojo, no me estoy refiriendo al psicotrópico de gran formato ni a la
pastilla devenida "pasta" por los circuitos ilegales, ni a la que
convierte el querer dormir en llegar a morir o a la que hace de los
viejos –no siempre medicalizados por instituciones o políticas
familiares represivas como se denuncia– drogones furtivos que transan
en farmacias de turno como cuando Tanguito pedía su Artane, si no a
esa otra secular y de consumo semidemocrático como las vintage Valium
y Lexotanil. A veces basta con llevarla en el bolsillo como un
talismán o una garantía o dividirla esperanzadamente en cuartos y
medios, siguiendo la hendidura como se seguiría a un gurú. Pero por
más neurociencia y avanzada cognitiva que valga, su poder es tan
coyuntural, tan aquí y ahora, que usada en el diván no ahorrará los
angustiosos desfiladeros de la Vía Regia aunque tampoco enmudecerá sus
asociaciones. Y cualquiera que, como yo, haya trabajado lo suyo a
través del psicoanálisis, conoce que cuando el análisis sucede, es
decir, cuando de pronto se sabe algo que no ha sido transmitido ni se
buscaba, y se pregunta de dónde viene porque no estaba en el cálculo
propio o del analista –aunque es su mérito haber permitido que eso se
presente–, se trata de una experiencia más cercana al arte que al
causa-efecto del ya me siento mejor del consumo de la píldora
favorita. Y eso no se mide por su utilidad o por su impotencia, por
ejemplo ante la crisis, porque no es un producto. Es por eso que el
buen psicoanálisis también enseña a leer algo diferente a hacer
psicoanálisis aplicado, como lo demuestran las geniales invenciones
críticas de Freud cuando lee ya sea de oído en los sueños de sus
pacientes –mi preferido es el de la bella carnicera, más comedia de
bulevar y más under que el melodrama Dora– como con los ojos puestos
en La Gradiva de Jensen, o del Lacan que descubre en El rapto de Lol
V.Stein de Marguerite Duras eso que ella sabe sin él. Y estas líneas
sólo pueden provenir de un agradecimiento crítico –un analista decía
que en mí la transferencia era crítica ¿no debería serlo siempre?
El hecho de que, más allá de sus iglesias negras y sus cotilleos
corporativos, el psicoanálisis, alguna vez autobautizado peste, sea
sometido a espasmódicas inquisiciones por el higienismo de turno
prueba la imposibilidad de desactivarlo ya que, como dicen William
Burroughs & Laurie Anderson, el lenguaje es un virus, claro que de
mutación infinita –siempre habrá una nueva cepa propagándose– pero
capaz de prorrogar la muerte probándole metáforas, lapsus, malos
entendidos, chistes.
Los espero esta noche a las 21 hs en Bv. San Juan 49 a pasar un buen rato.