domingo, 27 de abril de 2008

Una experiencia religiosa: leer a Houellebecq.

A Houellebecq ( que despues de su reciente visita a Biei aprendi a pronunciar) se lo ama o se lo odia. Yo estoy entre los primeros y recomiendo su lectura obligatoria asi que a buscar sus libros (que desde ya aviso no son baratos)

Es un hijo del mayo francés y un habitante de la europa contemporánea y en sus libros esas dos situaciones estan muy presentes y las desemenuza cual entomologo.

Recomiendo empezar con Las particulas elementales, seguir con Plataforma y si hasta alli siguen con ganas retomar sus primeros textos Ampliacion del campo de batalla y El mundo como supermercado. Y despues si hay neurona que lo soporte empezar con La posibilidad de
una isla una gema preciosa de la literatura francesa. Aqui algunas de sus opiniones asi que pasen y lean.

Luego de ello a buscar sus libros.


Del 'no hay futuro' al cinismo radical
Michel Houellebecq y Richard Hell conversan sobre el desquiciado mundo de hoy

Estuvieron cada uno por su cuenta en la Noche de los Libros que la
Comunidad de Madrid organiza cada 23 de abril. Michel Houellebecq dio
una conferencia en la que habló de sus lecturas preferidas. Se refirió
a una biblioteca que frecuentó de niño y que le permitió conocer a
Homero, Shakespeare, Cervantes...

Estuvieron cada uno por su cuenta en la Noche de los Libros que la
Comunidad de Madrid organiza cada 23 de abril. Michel Houellebecq dio
una conferencia en la que habló de sus lecturas preferidas. Se refirió
a una biblioteca que frecuentó de niño y que le permitió conocer a
Homero, Shakespeare, Cervantes... Pero destacó como sus más
"exaltadas" influencias a Baudelaire, Dostoievski y Balzac. Richard
Hell estuvo, más o menos a la misma hora, en el Ateneo. Lo acompañaron
los sonidos grabados de la guitarra de un viejo colega de su grupo
Voidoids, Robert Quine, mientras recitaba unos poemas. Luego
interpretó, junto al guitarrista Javier Alonso (del grupo Novak), unas
cuantas canciones y, al final, puso un cortometraje que filmó hace
unos años, Theresa Stern.

Ampliación del campo de batalla, Las partículas elementales,
Plataforma y La posibilidad de una isla, entre otras, son obras de
Michel Houellebecq (Reunión, Francia, 1958): cinismo en estado puro,
una visión descarnada del hombre de nuestro tiempo, ninguna concesión
a la hora de retratar el vacío. Richard Hell (de familia, Meyers)
nació en Lexington (Kentucky, Estados Unidos) en 1959 y, después de
dar tumbos con su amigo Tom Verlaine (el fundador de Televisión, esa
banda imprescindible), en 1977 irrumpió en la escena musical al frente
de su banda The Voidoids con su tema Blanc Generation. Hablaba allí
también del vacío y se adelantaba un cuarto de hora a la irrupción
oficial del punk. Cuentan que Malcom McLaren se inspiró en su manera
de vestir para poner de moda los pelos de punta, los imperdibles, las
camisetas rotas (las que luego popularizaría Johnny Rotten con los Sex
Pistols). Hell está ahora orgulloso porque Kate Moss lleva una
camiseta con una imagen suya de 1980. Los cotilleos hablan del nuevo
novio de la modelo, pero se trata de él. "La ha comprado en mi página
web y ahora soy un tipo feliz: todo el día pasa mi cara por las tetas
de Kate Moss".

He aquí, mano a mano, a dos expertos en el vacío. "Todo ha sido un
malentendido", dice Richard Hell. "Cuando escribí Blanc Generation yo
no quería hablar de una generación, sólo quería contar las cosas que
me pasaban a mí". Houellebecq cuenta que su relación con la música
tiene picos. "Me pasa, en realidad con todo. Puedo estar 10 años
desentendido de los libros y los discos. Hace poco pasé todos mis CD
al ordenador y ahora tengo un problema: oigo música pero toda la
información que tengo es que se trata de pista 1 (varias veces), pista
2 (varias veces) y así sucesivamente". "Yo no oigo música", dice Hell.
"Algo llevaras en el coche...", le espeta Houellebecq. "Ahora no
conduzco", tercia el otro.

Pero termina por contarlo. Escucha a Monteverdi por influencia de su
mujer y ha descubierto a Beethoven, Chopin y Shostakovich. "Bueno,
cuando conducía", le dice al escritor francés, "ponía a los grupos que
me influyeron de joven, a los Who, a los Kingsmen...". "¿Y no te gusta
Wagner para las autopistas?", le pregunta Houellebecq. "Me encanta,
pero es muy peligroso. Con su música te crees todopoderoso".

¿Por qué ese afán por saltar de medio de expresión? Richard Hell dejó
hace un tiempo la música y ahora escribe novelas, Houellebecq ha
probado con el cine. "Fue una buena experiencia, la de adaptar yo
mismo una obra mía a la pantalla", comenta al respecto. "Ves lo que se
puede hacer y lo que no se puede hacer. Estás rodeado de mucha gente,
haces una vida saludable". "El rock es muy engañoso. Piensas que es el
mundo de la disipación total, de la mayor libertad. Y es justamente lo
contrario. Tienes que levantarte a las ocho, preocuparte de la gente
de tu banda, ensayar, meterte en una furgoneta, ir de un sitio a otro.
Una desgracia de vida. Escribir me permite hacer lo que quiero y donde
quiero, sin estar pendiente de nada", dice Hell.

Por aquello de la vida saludable, han hablado un rato de drogas.
Houellebecq: "La peor de todas es la nicotina, no hay manera de
dejarla. Ni la morfina ni la heroína enganchan tanto. No sé qué pasará
con el crack, no lo he probado". Hell también echa pestes de la
nicotina. Luego vuelve a referirse al mundo del rock: "Lo peor que
tiene es que digas lo que digas aquello se convierte en una fórmula en
la que se refleja y proyecta un montón de gente. Y yo sólo quería
contar mis cosas. Pero tiene algo bueno: la cuestión física. Estás
ahí, en contacto con el público, lo tocas, te empuja, das brincos...".

Michel Houellebecq. Yo tenía un proyecto hace un tiempo. Quería ir a
Estados Unidos y tirarme allí un año. En un lugar pequeño de Iowa, por
ejemplo. Para entender lo que pasa, para meterme en su mentalidad. Tú
eres de allí, ¿no?

Richard Hell. Sí. No hay otra, es mi destino.

M. H. ¿Qué me recomiendas que haga para entenderlos? ¿Dónde debería ir?

R. H. De un lado a otro. Por la carretera. Es la mejor forma. Alquilas
una habitación en un motel, sales a dar un paseo, le preguntas a la
gente qué tal, te responde. Te vas enterando.

M. H. ¿Pero hablan de todo? Quiero decir, yo no entiendo lo que les
pasa con Dios, por ejemplo. No sé si se lo creen del todo.

R. H. No siempre se les puede comprender. Yo tengo que hacer lo mismo
que tú, pero con Los Ángeles. Ir un año. Igual así me entero.

M. H. Estuve leyendo un montón de thrillers. Me encantan. Cosas de
Theodore Roszak, esa historia de El diablo y Daniel Silverman, por
ejemplo. O John Grisham. Bueno, me asombra lo cínicos, fríos y
distantes que son para retratar las cosas que ocurren en el mundo del
trabajo. Pero se vuelven sentimentalones cuando hablan de la familia.

R. H. Pasa mucho con la familia. Pero con la nación también, o con la
religión. Buscan un grupo compacto en el que sentirse integrados y
protegidos. Contra todos lo demás.

M. H. Es asombroso lo de la familia. Siguen pensando que su mujer es
la mujer más sexy, aun cuando eso, por la edad, resulte ya imposible.
Y con los niños. ¡Cómo se portan con los niños! Saltan de alegría en
cuanto los ven...

R. H. Debe de ser porque no tenemos raíces. No hay nada que rascar, no
hay valores que vengan de atrás. Sólo está la televisión. La gente
hace lo que ve en las sit-com, esas comedias donde todos sonríen y se
toman muy en serio.

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