sábado, 2 de noviembre de 2013

Sostiene Marc Fumaroli y la discusión se abre en torno a los libros y lo digital

Comparte esta entrevista que invita a ahondar en ciertas cuestiones de
rigurosa actualidad.
Pasen y lean
y pensemos que mundo virtual/ real queremos habitar...


"Amazon son ladrones, unos vampiros"





El erudito Marc Fumaroli, catedrático de la Sorbona y del Collège de
France, célebre por sus estudios culturales y sus tratados sobre
literatura francesa, rastrea en su nuevo libro, La República de las
letras(Acantilado), la existencia de una comunidad transnacional de
hombres de la cultura que mantuvo fértiles relaciones desde el
Renacimiento hasta el siglo XVIII. Un civismo ilustrado que se basaba
en el ocio y la retórica, y que murió cuando el romanticismo propuso
conceptos contrarios: la autoexpresión, el nacionalismo, las
vanguardias…

Pregunta. Parece que todos los autores de los que habla en su libro
fuesen excelentes personas. ¿Es una cualidad imprescindible para ser
un buen escritor, o más bien sucede lo contrario?

Respuesta. [Risas] Es una buena cuestión, que ya se planteó Gide. Dijo
que no se hace literatura con buenos sentimientos. Y creo que tiene
razón. Las bellas artes no tienen nada que ver con ninguna ortodoxia
moral. ¡Al contrario! La complejidad del hombre hace que no se pueda
limitar a reglas estrictas, fijas.

El autor de 'El Estado cultural' publica en España 'La República de las letras"

P. Pensaba en casos como Sade, tan apreciado por los literatos
franceses, o, ya en el siglo XX, Céline o Brasillach, tres autores tan
importantes como dañinos.

R. Bueno, son diferentes. Brasillach fue un maravilloso escritor, un
joven genio, que se equivocó, pero yo no lo colocaría en la misma
categoría. Céline era un genio. Y en cuanto a Sade, se ha exagerado
mucho en Francia con él. Fueron las vanguardias las que lo presentaron
como un genio cuando en realidad nadie lo lee, es demasiado aburrido.

Las bellas artes no tienen nada que ver con ninguna ortodoxia moral"

P. ¿Por qué detiene sus estudios sobre la República de las letras en
el siglo XVIII?

R. No paso al XIX porque los pilares, los principios sobre los que
descansaba la existencia de una república de letras europea que
trascendía naciones, religiones, diferentes opiniones, filosofías e
incluso géneros literarios, desaparecieron en el siglo XIX. En primer
lugar, en el Antiguo Régimen el valor central es el ocio. Es decir,
desde la antigüedad, el otium, pero no en el sentido de pereza, sino
que el valor central de la vida era dedicar el tiempo libre a
consagrarse a las actividades más dignas del hombre libre. Ahora bien,
en el Antiguo Régimen la Iglesia, la monarquía, distribuían pensiones,
becas… el número de personas que tenían medios de vivir para las cosas
del espíritu era muy numeroso, mucho. Y eso explica esa clase de ocio
que se ha calificado de República de Letras, y que efectivamente
enriqueció el conocimiento y la literatura, las artes, las letras.
Mientras que en el mundo industrial, moderno, el valor central es el
trabajo. Es el beneficio, ganar, un mundo en que artes y letras están
cada vez más marginalizados, no son de la misma necesidad que en un
mundo centrado en el ocio. Este es un primer punto. El segundo es que
en el Antiguo Régimen estábamos todavía en la tradición retórica,
mientras que en el siglo XIX entramos en el romanticismo que condena a
la retórica, y en las vanguardias, que no sólo la condenan sino que la
quieren subvertir. ¿Y qué es la retórica?

P. ¿El arte de la persuasión?

R. Exactamente, el arte de dialogar, de adivinar al otro para poder
persuadirle, es toda una ciencia de superar el ombliguismo, el egoísmo
y la subjetividad absoluta. Esto es fundamental en la Retórica,
mientras que en el sistema romántico se trata de expresarse, y para
"expresarse" hay que recurrir ¿a qué?

P. Al lenguaje.

R. ¡Sí, y por desgracia, el lenguaje no se expresa! El lenguaje, ¿sabe
usted? Es una cosa muuuuuy vieja. Cada palabra, cada frase, ha sido
utilizada un millón de veces. El romanticismo planteará una
contradicción casi intolerable para el ejercicio de la literatura: hay
que expresar el "yo interior", y para expresarlo hay que recurrir a
palabras, ¡a frases que todo el mundo utiliza! De ahí, tres poetas
terribles, Rimbaud, Lautréamont, Mallarmé, que hicieron de esto un
principio trágico que hace la literatura imposible… Además, las
vanguardias rechazan todas las categorías retóricas: lo suave, lo
bello, lo elegante, etcétera, son reputados como innobles, populistas,
vulgares, propiedad de todo el mundo o sea de nadie, y a eso oponen la
categoría de "lo sublime". ¡Todas las vanguardias son sublimes! En
pintura es la abstracción, que destruye toda figuración, en poesía el
surrealismo, que remite a los sueños porque de ahí viene algo inédito,
trastornador, no quieren más que ser trastornados, revolucionados,
atormentados… hasta volverse locos. La literatura moderna quiere
liberarse de lo vulgar a cualquier precio. ¡Es paradójico, en los
regímenes democráticos!... Toda mi obra está orientada en torno a un
libro magnífico de Jean Paulhan que plantea esto. Ahí se explica muy
bien cómo la retórica es el paraíso de la comunicación, mientras que
la anti-retórica es es el terror. Él llama "el régimen del terror" al
régimen moderno de la literatura.

P. ¿Cómo sintió usted la llamada de las letras?

R. En 1940 o 1942 yo tenía unos 10 años y vivía en Marruecos. En 1942
desembarcaron los americanos y las comunicaciones con Francia quedaron
suspendidas hasta 1945. Ya no recibíamos libros de Francia. Pero en
casa tenía libros. ¿Cuáles? Molière, Corneille, Racine, La
Rochefoucauld, y los leía con una felicidad increíble. Molière me
parecía tan divertido, tan revelador… Era como si todas las paradojas
de la condición humana se me revelasen de repente. Me reía solo, en mi
cuarto. Y a partir de ahí traté de descubrir el misterio de aquel
clasicismo francés que me parecía a la vez límpido, accesible a todos
y muy profundo, muy irónico, acorde a la naturaleza humana en lo que
tiene de más inquietante y más bello. Ese fue mi principio: tuve la
suerte de estar privado de libros que no fueran los clásicos.

P. Por cierto, que La República de las letras menciona a un escritor
español, Juan de Huarte, autor de el Examen de los espíritus. Pero
aparte de eso apenas menciona usted la literatura española, que en el
siglo XVII influyó tanto sobre la francesa…

R. Los maestros de Europa son los italianos. Ustedes y nosotros somos
sus alumnos. La pareja, en mi libro, es el maestro italiano y el
alumno francés. No podía añadir además a España, no se puede hablar de
todo a la vez. Aunque es cierto que en París hasta el reino de Luis
XIV estaban los mayores hispanistas de la época, Corneille saqueó su
teatro, la reina de Francia era española… Pero yo he publicado un
largo prefacio al Oráculo manual de Gracián y allí efectivamente hablo
de todo aquella cultura francoespañola que duró mucho tiempo, porque
incluso a principios del siglo XVIII cuando España tuvo Borbones… Una
de nuestras novelas más famosas, de Lessage, Gil Blas de Santillana,
es una versión francesa de vuestra picaresca, y es uno de los grandes
clásicos de la literatura francesa, y Don Quijote apasionó a todo el
siglo XVIII francés, a pintores, a poetas, a Voltaire…

P. Usted, que escribió El estado cultural, contra la política
ideologizante¿cómo valora la defensa estatal de los libreros franceses
contra Amazon?

R. Estoy a favor de las librerías. ¡Es el combate de David contra
Goliat! ¡Esas enormes maquinarias internacionales como Amazon que
comen dinero y no pagan impuestos son ladrones, son vampiros, los
detesto, no hay nada más horrible que esos Steve Jobs y compañía! En
El Estado cultural yo no dije que el Estado no tiene que intervenir en
los temas culturales; lo que dije es que debe apoyar solo lo mejor, y
no derrochar en apoyar el rock o el rap y esas cosas que se venden muy
bien solas. ¡Apoyar el libro, sí, al cien por cien! O nos
convertiremos en subamericanos. En Nueva York todas las librerías
interesantes han cerrado, quedan un par de Barnes and Noble, nada
más...

Retórica y literatura

Marc Fumaroli (Marsella, 1932) es catedrático de La Sorbona, miembro
de la Academia Francesa y del Collège de France. Ha dedicado gran
parte de su carrera al estudio de la retórica y de la literatura
francesas. Además, es autor de importantes ensayos sobre figuras de
las letras francesas comoRabelais, Montaigne, Poussin, Corneille,
Pascal, Retz, Perrault, La Tour oLa Fontaine. Estas son algunas de sus
obras de referencia:

El Estado cultural. Ensayo sobre una religión moderna (1991).

La educación de la libertad (1994).

Historia de la retórica en la Europa moderna (1999).

Las abejas y las arañas: las querellas entre los antiguos y los modernos(2000).

La diplomacia del ingenio (2001).

Chateaubriand: poesía y terror (2004).

Pintura y poder en los siglos XVII y XVIII: de Roma a París (2007).

París-Nueva York-París (2010).

La diplomacia del ingenio (2011).

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