Recomiendo tomarse un instante para leer este texto que se publicó el fin de semana pasado y habla de la tarea de educar.
Tarea dificil, compleja, apasionada que cada veaz tiene menos adeptos.
Por eso las crisis de la escuela, de la educación y de la sociedad en la que vivimos.
Fallamos en la manera de enseñar a Ser a nuestros alumnos, a nuestros hijos, a nuestros padres.
Fallamos en no dejar crecer en nosotros las ganas de hacer, de producir y de soñar.
Mientras esas cuestiones no las resolvamos tendremos una gran crisis cultural y, por que no decirlo sin temer a la palabra, un problema moral y ético.
Para pensarlo profundamente y ponernos a la altura de las circunstancias.
Para complementar la lectura del brillante texto de Guillermo Jaim invita a ver la obra de arte que nos regaló Laurent Cantet sobre el mismo tema Entre los muros y que llegan por caminos distintos a las mismas conclusiones.
Buen martes y a dejarse Ser....
La capacidad de Ser
Por Guillermo Jaim Etcheverry
En época imprecisa, que los historiadores sitúan alrededor de los
siglos VIII o VII a.C., el poeta griego Hesíodo, quien suele ser
considerado contemporáneo de Homero, afirmó: "La educación ayuda a la
persona a aprender a ser lo que es capaz de ser".
Se trata de una frase de superficial simpleza y cierto hermetismo.
Pero, a poco que se la analiza, surgen los elementos con los que hoy,
2800 años más tarde, podríamos intentar recuperar nuestra educación en
crisis. En primer lugar, la centra en la persona, a la que concibe
como destinataria de una ayuda, que no es sino el apoyo y la guía de
otros: sus padres y sus maestros.
¿Una persona ayudada a hacer qué? A aprender, que según el diccionario
supone "adquirir el conocimiento de algo por medio del estudio o de la
experiencia, tomar algo en la memoria". Persona ayudada, entonces, a
conocer, es decir, a "averiguar por el ejercicio de las facultades
intelectuales la naturaleza, cualidades y relaciones de las cosas;
entender, advertir, saber, echar de ver".
Queda en evidencia que en el proceso de educar, por medio del estudio
o de la experiencia, se ponen en juego las facultades intelectuales.
Además, lo aprendido tiene que ver no sólo con lo que las cosas son,
sino también con las relaciones que se establecen entre ellas. Ambos
elementos resultan imprescindibles para entender, para saber; en suma,
para construir una visión personal del mundo. Hasta la hoy tan
desprestigiada memoria ocupa una posición importante en el
aprendizaje, porque lo que se consigue saber y las relaciones que se
logran establecer entre las cosas deben poder ser recordadas para
aplicar ese conocimiento a otras situaciones y, sobre todo, para
conseguir identificar nuevas relaciones entre cosas y hechos que
parecen no tener nada en común. La inteligencia reside, en gran
medida, en descubrir esos vínculos que antes nadie vio. Claro que eso
se consigue operando con saberes concretos y desplegando el necesario
entrenamiento intelectual para relacionarlos.
Hesíodo va más allá cuando orienta el aprendizaje hacia el ser de cada
uno; en realidad, hacia lo que cada uno es "capaz de ser." Esas pocas
palabras bastan para dar sentido al aprendizaje. Cuando en la
descreída sociedad actual, tanto padres como niños y jóvenes se
interrogan acerca de la utilidad de la educación, bastaría con
recurrir a ellas para que comprendieran el sentido profundo que tiene
para la persona estar en disposición de dejarse ayudar a aprender -es
decir, en actitud de alumno-, porque eso determinará la posibilidad de
ser todo lo que cada uno es capaz de ser.
En su expresión más simple, la educación nos devela el repertorio de
nuestras posibilidades. No sólo nos deja el conocimiento -también el
conocimiento- sino, sobre todo, la intuición de cómo opera el mundo y
de cómo somos en tanto humanos, es decir, de las posibilidades con las
que contamos para desarrollar nuestra vida. Aunque no nos dediquemos a
la matemática, aprenderla nos deja una marca indeleble en la manera en
que razonamos. Conocer la lengua nos proporciona una llave maestra
para comunicarnos y para describir el mundo, y hasta para imaginar
otros mundos. Adquirir cierto sentido del devenir histórico nos
proporciona una dimensión de trascendencia. Adentrarnos en la
intimidad de los organismos vivos nos hace más humildes al descubrir
nuestra propia vulnerabilidad.
Por eso, educar es ayudar al otro a aprender a ser todo lo que es
capaz de ser. Desplegarle las posibilidades de lo humano, mostrándole
lo que han hecho, pensado y sentido sus semejantes. Guiar a las nuevas
personas en los estudios, facilitarles las experiencias -ambas tareas
sacrificadas y no siempre sencillas- son ayuda imprescindible en una
exploración que les permitirá llegar a intuir todo lo que son capaces
de ser.
Hesíodo lo dijo mejor, con menos palabras y hace casi tres mil años...
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