lunes, 29 de julio de 2013

El dulce encanto de enseñar y aprender...

Comparto estas reflexiones dominicales
que sirven para empezar la semana y reflexionar en torno a la tarea docente.

Sirve para ver como podemos insuflar en nuestros adolescentes y
jóvenes aire de vida, pasión e intensidades varias...


Reflexiones

Las puertas entornadas

Por Guillermo Jaim Etcheverry | Para LA NACION



¿Por qué me atraen la plástica, la música o la literatura? Ese
interrogante reapareció hace poco cuando, en un anochecer otoñal de la
primavera neoyorkina, Evgeny Kissin dejó caer las notas iniciales de
la última de las sonatas para piano de Beethoven. El poder evocador de
la música me retrotrajo a mi niñez cuando mis padres se sentaban a
escuchar esas obras que, para mí, eran sólo el fondo de otros sonidos,
otros estímulos. Sin embargo, a pesar de no compartir entonces sus
intereses, ellos persistían en sugerirme con la contundencia de su
ejemplo callado que, además de la realidad cotidiana que entonces no
era tan atronadora como hoy, había todo un mundo por explorar.

Gracias a ese interés en señalar para mí puertas que de no ser por
ellos hubieran permanecido invisibles, es que décadas después me
interesé por establecer una relación casi personal con algo de lo
mejor que han producido los seres humanos, lo que me permitió vivir
muchos momentos inolvidables. Esas experiencias, que hoy más que nunca
están al alcance de todos, son las que contribuyen a que logremos
imaginarnos distintos, vayamos más allá de nosotros mismos, nos
enriquezcamos como seres humanos. Lo que llamamos arte es, en
realidad, lo que logra cambiarnos porque nos ayuda a explorar nuestro
interior, nos acompaña en la búsqueda de lo que hay de esencial en
nosotros. Como afirma el músico Brian Eno, "quisiéramos pensar que el
arte nos modifica de alguna manera, nos hace personas más profundas,
mejores".

Pero esas experiencias, no sólo las limitadas al arte sino las que
involucran al conjunto de la obra humana, sólo son posibles si alguien
se toma el trabajo de guiarnos hacia ellas, dejando puertas
ligeramente entornadas para que, tal vez algún día, decidamos
atravesarlas. El despertar interés, la esencia de la educación, no
resulta hoy tarea sencilla porque los adultos nos hemos retirado de la
responsabilidad de introducir en el mundo a los "recién llegados" a
quienes consideramos autosuficientes. Lo expresa de manera magistral
Hannah Arendt en su análisis de la crisis de la educación: "La cultura
contemporánea reconoce la existencia de un mundo infantil autónomo,
cuyo gobierno ha entregado a los propios niños. Como la autoridad que
establece las normas está dentro del mismo grupo infantil, el adulto
queda inerme frente al niño, con el que se rompen las relaciones
normales entre niños y adultos. Estos niños, desterrados del mundo de
los mayores, emancipados de su autoridad, no se han liberado. Han
quedado librados a sí mismos o a merced de la tiranía de su propio
grupo del que no se pueden apartar para ir a otro mundo porque el de
los adultos les es ajeno. Los niños reaccionan refugiándose en el
conformismo o en la delincuencia. A menudo en ambos".

Bastaría con seguir reproduciendo a Arendt, quien sobre esta cuestión
parece haberlo dicho todo y tan bien. Sólo la glosaré cuando señala
que al educar decidimos si amamos al mundo lo bastante como para
asumir la responsabilidad por él y así salvarlo de una ruina que, de
no ser por la llegada de los jóvenes, sería inevitable. Pero también
al enseñar ponemos de manifiesto si amamos a nuestros hijos lo
bastante como para no expulsarlos de nuestro mundo dejándolos librados
a sus propios recursos. En fin, si los respetamos lo suficiente como
para prepararlos con tiempo para la tarea de renovar la realidad que
nos es común.

Hay que volver a asumir la tarea de mostrar el mundo a los recién
llegados, incluyendo lo mejor que ha logrado crear el ser humano, para
evitar entregarlos inermes al poderoso aparato publicitario que hoy
monopoliza la visión que sobre él adquieren. En este anochecer
primaveral del invierno porteño y sorprendido por una inesperada
metáfora -intento volver a escuchar la Sonata opus 111 de Beethoven en
desigual lucha con la ensordecedora cumbia que proviene de la plaza
pública- comparto estas reflexiones en reconocimiento a quienes les
importé tanto como para asumir la responsabilidad de ampliar mi visión
de lo humano

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