lunes, 29 de octubre de 2012

Reflexiones para el inicio de la semana y para despedir el mes dècimo...

Lindo texto para iniciar la semana
y para descubrir como la lengua opera el poder, las instituciones
educativas y los entresijos de la vida cotidiana...
UN lindo texto que vale la pena para comenzar la semana...


La lengua del saber
Por Diego Tatián *
En diversos coloquios y encuentros académicos en los que la
universidad busca pensarse a sí misma en sus rutinas de transmisión
del saber y producción del conocimiento, puede corroborarse un retorno
de la pregunta por la crítica, término que designa la herencia mayor
del proyecto histórico, social y político que lleva el nombre de
Ilustración. ¿Cuándo un conocimiento es crítico? Cuando el trabajo con
las palabras, los materiales y las ideas que llamamos investigación no
se desentiende de un conjunto de preguntas (cuya pertinencia no tiene
por qué ser considerada privativa de las ciencias sociales) que
acompañan –y a veces incomodan– la producción y transmisión de
conocimientos: ¿para qué?, ¿para quién?, ¿con quién?, ¿quién lo decide
y por qué?, ¿a quién le sirve?, ¿qué intereses satisface?, ¿contra
quién puede ser usado?

Cuando se habla de crítica no se alude a ninguna incumbencia exclusiva
de la filosofía, las humanidades o las ciencias sociales, sino a los
nuevos lenguajes e ideas que son capaces de concebir las ingenierías;
a los múltiples saberes acerca de la salud y enfermedad que irrumpen
en la medicina; a una reflexión del mundo económico capaz de
desnaturalizar modelos que se presentan como ineluctables y
necesarios, y así sucesivamente con las ciencias naturales, el
derecho, la arquitectura...

Conforme esta acepción, la crítica sería el acompañamiento del trabajo
académico e intelectual por una reflexión acerca de su sentido que
precisamente resguarda al conocimiento de su captura por el mercado o
por poderes fácticos de cualquier índole; es decir lo resguarda de las
heteronomías que lo politizan de hecho, en favor de un compromiso
social explícito y lúcido que, por tanto, no mengua su libertad sino
más bien la expresa.

Frente al progresismo reaccionario que hoy disputa el sentido del
estatuto universitario, acusando de "conservadores" a quienes de una
manera u otra resisten la conversión de la universidad en una empresa
de servicios, la interlocución con la historia, la anamnesia y la
anacronía pueden esconder un insospechado contenido crítico. En ese
aspecto, una universidad democrática mantiene una importante dimensión
conservacionista, capaz de invocar contenidos antiguos en alianza con
otros nuevos, contra el paradigma de una eficiencia definida en
términos del mercado, que se busca hacer prosperar y naturalizar como
pura prestación de servicios determinada por la demanda estricta –de
consumidores, de empresas, de grandes capitales–. En ello, en la
encrucijada crítica de memoria e invención, radica quizá la mayor
contribución democrática de la universidad pública.

Una tarea de principal importancia bajo esta misma inspiración crítica
es la recuperación del español como lengua del saber, como lengua
científica y filosófica. Lo que no equivale a promover un
provincianismo autoclausurado y estéril, sino un universalismo en
español que se acompaña con el aprendizaje de muchas otras lenguas
para acceder a todas las culturas y entrar en interlocución con ellas
contra la imposición de una lengua única. El desarrollo del español
como lengua del saber, del pensamiento y del conocimiento académico
postularía un internacionalismo de otro orden, babélico y no
monolingüe, y requeriría un cambio radical en nuestra cultura de
autoevaluación universitaria y científica.

Ese cambio consiste en la decisión de no reducir el propósito de la
actividad científica a una comunicación de resultados en inglés para
especialistas a través de revistas –paradójicamente llamadas de "alto
impacto"– que efectivamente garantizan la calidad de las
publicaciones, sino también –sin sacrificar lo anterior, además de
ello– promover el español como lengua capaz de acuñar conocimientos e
interpretar el mundo de manera singular.

La tarea de volver al español una lengua hospitalaria de la ciencia y
una herramienta para su transmisión requiere de una decisión política
–de la universidad, del Conicet, pero también de los investigadores,
cuyo trabajo, de manera explícita o tácita, se halla confrontado con
cuestiones políticas por relación a la lengua–. Dicha opción no es
convertible con un chauvinismo resentido y autorreferencial sino todo
lo contrario. Plantear para la filosofía y las ciencias algo así
convoca –por supuesto de manera no directamente trasladable– la
experiencia literaria borgiana y la transformación en la manera de
percibir el mundo de los argentinos después de ella.

En efecto, la tarea de explorar el español en sus posibilidades
ocultas y de haberlo llevado a su máxima expresión no abjura de su
puesta en interlocución con todas las lenguas, más bien la presupone.
Entre el inglés de la infancia y el árabe que había comenzado a
estudiar en Ginebra poco antes de morir, Borges conjugó la lengua de
los argentinos con muchas otras, vivas y muertas, sin no obstante
desconocer que "un idioma es una tradición, un modo de sentir la
realidad, no un arbitrario repertorio de símbolos.

El estatuto de la literatura, la ciencia y la filosofía no son
cuestiones menores en la actual experiencia latinoamericana que emerge
finalmente como laboratorio democrático, cuyo litigio central es la
conquista de la igualdad, y constata una irrupción de movimientos
populares orientados a desactivar lo que la filósofa brasileña
Marilena Chaui llamó el "discurso competente", la ideología de la
competencia explicitada en la llamada "sociedad del conocimiento",
conforme la cual el conocimiento, convertido en una mercancía entre
otras, se determina como una fuerza productiva de capital y el
principal activo de las empresas.

En la "sociedad del conocimiento", el pensamiento y las ideas
"improductivas" (en sentido marxiano, es decir no subordinadas a la
reproducción del capital) se hallan "fuera de lugar"; la ideología que
la sustenta es un progresismo tecnocrático conforme el cual nada –nada
nuevo– podría o debería suceder; un progresismo inmune a los riesgos y
las implicancias emancipatorias de un saber instituyente que pudiera
"hacer un hueco" en el conocimiento instituido.

El discurso competente –la delegación de las decisiones políticas en
"especialistas" y, en términos generales, la subordinación de la
política a la economía– presupone un saber alienado de la vida
colectiva, y su captura como propiedad privada e instrumento de
dominación. La ideología de la competencia (en el doble sentido del
término) presupone pues la destrucción misma del principio que afirma
la comunidad del pensamiento, el pensamiento como lugar común, la
lengua compartida como tesoro acumulado por muchas generaciones de
escribientes y de hablantes en las que encontrar palabras que nos
permitan abrir la historia y decir cosas nuevas, y opera su
sustitución por el principio opuesto que afirma la incompetencia de
los muchos y la competencia especializada de unos pocos. Es éste uno
de los núcleos de la despolitización neoliberal.

Contra el discurso competente, mantener abierta la cuestión
democrática en la aventura latinoamericana presupone una reflexión
sobre el saber –un saber de las condiciones del saber– que reconoce la
radical igualdad de los seres humanos como sujetos capaces de acciones
y pensamientos. Esa comunidad del pensamiento (y, si nos fuera
permitido acuñar este término, el "comunismo del conocimiento") nada
tiene que ver sin embargo con una transparencia de los significados
culturales ni con la impugnación resentida de todo lo que no puede ser
entendido por todos de la misma manera. Semejante ilusión de
transparencia no sólo es imposible, es además indicio de una pulsión
antiintelectual reaccionaria que censura la experimentación con la
lengua, con las formas y con las prácticas. Lo común no equivale al
sentido común ni a la opinión pública –que no obstante el adjetivo
suele ser privada, estar privada–. Lo común no aspira a un mundo de la
comunicación total.

Diríamos más bien que se desarrolla paradójicamente como la generación
de muchas "lenguas menores" cobijadas por el español, y también como
resguardo de lenguajes extraños, no comunicativos ni argumentativos,
en la conversación pública latinoamericana de los seres humanos
respecto de sí mismos. Lo común no es uniforme ni algo ya dado sino
siempre una conquista del saber, del pensamiento, del arte y de la
política; un trabajo, un anhelo, una opacidad; el objeto de una
interrogación y de un deseo. Lo que está siempre ya dado es más bien
la "opinión pública", que Marx llamaba ideología y, antes, Spinoza
llamó superstición: es decir, una elaboración del miedo que lo
perpetúa y perpetúa el estado de cosas que lo genera para así bloquear
cualquier transformación.




y para seguir reflexionando que hacemos con la lengua y como nos
vinculamos con ella ( y no)
Buen incio de una semana que se viene tòrrida...

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