alguna manera..
Son tiempos distintos al volver de viaje, de vacaciones o de trabajar...
Es un tiempo nuevo, distinto y al que de a poco nos iremos acostumbrando.
Reconstruyendo nuevamente la dinámica hogareña y entretanto comparto
este texto que leí hace una semana y me parece que me reconocilia con
lo que uno siente, piensa y necesita.....
Se los dejo como lectura dominical y a salir por alli gritando ese
título que me gustó tanto y me sirvió para empezar uno de los teóricos
del Ingreso esta semana...
Lo quiero todo
JAVIER GOMÁ LANZÓN
Lo grande y lo menudo, la ebriedad y la rutina, la pasión y la
felicidad ... No hay por qué renunciar a nada, aunque debamos padecer
la fatalidad de algunos sufrimientos
Me decían: "Todo no se puede tener; hay que elegir". Me dominaba
entonces una ansiedad inflamable que no se acomodaba a nada y me
aconsejaban con frecuencia: "Hay que adaptarse". Y adaptarse parecía
significar renunciar a la mayoría de las cosas buenas que ofrece la
vida para recibir a cambio una escasa pero segura porción de ellas.
Porque, en efecto, toda la vida del hombre es un largo ejercicio de
adaptación a la realidad en busca de un punto de equilibrio entre dos
extremos. A estos dos extremos los medievales, tan exactos siempre en
la definición epigramática, los llamaron praesumptio y desperatio.
Incurre en lo primero el presuntuoso que se hace demasiadas ilusiones
con respecto a lo que la realidad puede dar al hombre: como es capaz
de darle algunas flores, el mencionado presume indebidamente que todo
el orbe es un jardín. Naturalmente este exceso es propio de las
personas que aún no han recibido el correctivo que la experiencia
administra a quienes se empeñan en negarla. La visión del lado soleado
del mundo despierta la violencia de nuestros deseos y nos hace
concebir esperanzas supernumerarias sobre nuestras posibilidades
reales y sobre nosotros mismos. Esa cultura tan maravillosamente
mesurada que fue la griega designó el pecado de desmesura con el
nombre de hybris: el cosmos exhibe un orden justo y quien con un acto
de injustificable arrogancia se atreve a ignorar el Derecho
establecido por los dioses recibe un castigo que lo restituye a su
posición original o, más frecuentemente, aún más abajo. Un presuntuoso
es un pecho opulento de expectativas y, como dice Solón, la opulencia
conduce a la hybris y ésta a la ruina, como le sucedió al bueno de
Prometeo, que sufrió cadenas. De manera que este primer exceso con
frecuencia genera su opuesto, la desperatio.
Si el error de la presunción consiste en pretender poseer ya lo que en
puridad sólo nos es dado anhelar, el de la desesperación estriba en la
impaciencia de anticipar demasiado pronto el nihilismo de la muerte
que algún día vendrá pero que todavía no ha llegado. El desesperado
insiste con lúgubre acento en la vanidad de toda empresa humana y para
él, como dice el célebre parlamento de Segismundo al final de la
segunda jornada de La vida es sueño, la vida es una ilusión que carece
totalmente de entidad, "pues estamos / en un mundo tan singular / que
el vivir es soñar / y la experiencia me enseña / que el hombre que
vive sueña / lo que es hasta despertar". Hay aquí una evidente
precipitación: de acuerdo, la acción devastadora del tiempo se
extenderá algún día a todo cuanto existe pero, de momento, no
desesperemos adelantando acontecimientos, pues hay margen para hacer
algunas cosas y gozar algunas otras y en el ínterin, invirtiendo el
título del drama, hasta el sueño es vida y la realidad, nocturna y
diurna, parece tremendamente seria.
En determinado momento comprendí que adaptarse implica desarrollar un
genuino arte para administrar las expectativas humanas mientras se
envejece manteniéndolas en su punto justo de estabilidad, sin ceder a
la presunción ni a la desesperación, y arreglándolas permanentemente a
los límites dados. Presté atento oído a la voz de la prudencia que me
apremiaba a hallar ese equilibrio entre el ya y el todavía no en el
que discurre el cauce de la vida de los mortales y traté durante
muchos años de sustraerme a cuanto pudiera escorarme a uno de los
indeseables extremos, donde veía compendiados todos los peligros
imaginables. Bien mirado, ese áurea mediócritas que pondera
Aristóteles en su Ética está edificada sobre una sucesión de
contraposiciones entre extremos a los que hay que renunciar para
elegir siempre un austero término medio. Y, disciplinadamente, yo hice
mis elecciones: elegí casa, elegí oficio y me busqué una posición en
el mundo.
Y entonces me ocurrió lo que dice determinado personaje de una novela
de Jane Austen: que "por haberme comportado prudentemente en la
juventud, me voy haciendo romántico con la edad". Por supuesto, no
tengo intención ni mucho menos de renunciar a cuanto ya he elegido,
¡no tengo intención de renunciar a nada! Pero recuerdo que la gente me
decía: "No lo puedes tener todo; tienes que elegir" y ahora estoy en
condiciones de responder a la gente y responderme a mí mismo con
potente voz: "No, no quiero elegir. ¡Yo lo quiero todo!". Ya no más
dilemas, aporías, antagonismos, aut-aut kierkegaardianos, alternativas
insuperables. Lo quiero absolutamente todo. Lo grande y lo menudo, la
ebriedad y la rutina, la pasión y la felicidad, el placer y la virtud,
la vulgaridad y la ejemplaridad, la vocación y la profesión, esta vida
y la otra, la altura y el peso, la gravedad y la gracia, la ingenuidad
y la lucidez, la experiencia y la esperanza, la altura y la
profundidad, el norte, el sur, el este y el oeste, incluyendo, como
leí en algún sitio, el "cuerpo" y el "arma", y todo ello hasta
alcanzar el grado que indica el libro de Sackville-West: All Passion
Spent. Ahora que ya estoy pasablemente adaptado al mundo, lo quiero
todo sin renunciar a nada, aunque también -es importante añadir- sin
presunción.
Y si, para conseguirlo, he de padecer la fatalidad de algunos
sufrimientos, los quiero a éstos también. Mejor dicho: no los quiero
ni los invoco -hacerlo sería una jactancia muy semejante a la hybris-
pero sí los acepto deportivamente porque quien desee comerse todo el
canasto de las cerezas tendrá que conformarse con que unas se enreden
con otras y que las más ricas se confundan con las más amargas. Si los
gozos infinitos demandan penas infinitas, procuraré vivir estas
últimas sin desesperación. Y cuando alguna vez esté al borde de caer
en ella, para conjurarla recitaré como una letanía los divinos versos
de Goethe: "Todo lo concede la Fortuna a su favorito, / por completo.
/ Los gozos, los infinitos; / las penas, las infinitas, por completo".




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